Sobre Jugo, de Pablo Donzelli (La Papa Editorial, 2025 -reedición-)
Por Pablo Campos |
Rara y concentrada, esta nouvelle se despliega a partir de la voz anónima de un narrador en primera persona que relatará los hechos a medida que ocurran.
Comenzaremos por saber que este narrador trabaja en una oficina donde repite un procedimiento único, jornada tras jornada. Llaman la atención, desde el principio, los modos neutros en que tal conducta enfermiza es descripta, indolencia que al final del texto tendrá su conveniente explicación. La percepción de la normalidad aparece privada de valoraciones que nosotros lectores no podremos evitar, diferencia o asimetría que nos depara cierta dosis de impaciente extrañeza o franca inquietud. El grado del absurdo es exasperado al punto de rebasar el orden de lo meramente burocrático para desembocar en el pozo de lo anodino cotidiano.
El narrador es -él mismo (!)- destinatario de la absoluta futilidad de las tareas que se le han asignado: es un sujeto que forma parte de un aparato administrativo en tanto y en cuanto él sea el administrado. Se trata de una forma de rasparle el fondo a esa agotada categoría moderna que llamamos burocracia: la energía vital, el espectro de lo inconsciente que se manifiesta en los sueños, la ignota alteridad, cada aspecto humano, es tomado por un poder que siega la subjetividad, o la sorbe, o la nubla.
La desnudez de una oficina es el escenario donde se manifiestan las manías de un grupo de personajes: Jorgelina, que en minifalda cruza las piernas para que sus compañeros le cedan una silla; Hugo, que declama lo que significa cada número en el nomenclador de la quiniela; Carola, que cada jornada cuenta su vida al detalle, y Francisco, el que siempre usa corbata. Estas caracterizaciones, aunque adquieran un tono negativo o crítico, introducen el entrañable gramaje de lo falible en medio del vacío automatizado. Otros escenarios (esta es una novela de escenarios) serán el bar, la pensión, el gimnasio, el cine, la Cancha.
En el bar el narrador toma su almuerzo diario a cambio de unos tickets que tienen esa finalidad puntual. En ese lugar aparece por primera vez el elemento jugo: junto a la comida recibe un vaso de la infusión. Cuatro televisores en blanco y negro transmiten, cada uno, programas distintos: deportes, religión, telenovelas y noticias. La elección de estos rubros apunta a un aspecto específico de la construcción de la realidad. Combinando uno con otro podríamos hibridar varios binomios, todos igualmente efectivos. En cada caso, sin embargo, encontraríamos un elemento común: el poder, el poder de representar -narrar- el mundo a través de la imagen y el sonido. Es justa, ajustada, la elección de los televisores (imposible hoy no pensar en los teléfonos celulares) como dispositivos donde reside, fallida, la realidad.
El jugo también es ofrecido en el gimnasio donde el narrador cumple dos horas de pedaleo en una bicicleta fija que produce electricidad. La generación de esta energía sería la finalidad del sistema de explotación que padece el protagonista (y, en definitiva, toda una ciudad). Pero más allá de lo económico puro este ejercicio del poder revela otras magnitudes que el lector descubrirá en cada capítulo. El consumo del jugo genera cambios en la cognición de las personas inducidas a consumirlo: preeminencia del blanco y el negro en reemplazo de los incontables colores (este par monocromático tiñe las imágenes en los televisores, en la pantalla del cine e incluso las visiones en los sueños del narrador), efecto somnífero/narcotizante o amnésico, entumecimiento de la voluntad. Ese oscuro combo será remontado por el narrador en un proceso que podríamos denominar de pasaje inverso: no es la ingesta de una pócima lo que abre las puertas de la percepción o la iluminación personal. Ocurre aquí todo lo contrario: es la cancelación de la infausta bebida lo que abre el acceso a una realidad que no es extraordinaria sino diaria, comunitaria y personal al mismo tiempo.
Por último, cabe mencionar la presentación del amor en la figura de Leila, y de la naturaleza (la tierra fértil, la cascada, la luna llena) como una fuerza primaria que purifica, inunda de alegría y ayuda a sostener el ritmo de la marcha.
Perfecciona las búsquedas de esta novela la pronunciada tensión entre una lectura distópica y otra alegórica. Esa disyuntiva es felizmente engañosa, ya que Pablo Donzelli logró acercar ambas claves de lectura, y la complejidad de esos cruces siempre es bienvenida.

Estudiante moroso de la carrera de filosofía en la UNT. Integra el Dpto. de Artes Visuales y Literatura de la Dirección de Cultura de la Municipalidad de S. M. de Tucumán.



