Por Cecilia Vega |
El 20 de marzo en el altillo de una casa ubicada en barrio sur se inauguró Difícil Exceso, una exposición de Agustín González Goytia acompañada por textos de Mirena Muñoz, María José Medina y Gaspar Núñez. La exposición formó parte de la segunda (y última) fiesta organizada por Ruth Plaate, Camila Plaate y Gaspar Nuñez al terminarse el contrato de alquiler en la casa donde vivió Ruth por seis años. En esta fiesta también hubo teatro, música y baile; el mismo Agustín cantó sus canciones y en una misma noche convivieron su pintura, su taller y su música.
Para acceder a la sala primero había que atravesar un pasillo que desembocaba en un patio, del patio se ingresaba a la casa desde donde una angosta escalera caracol ascendía hacía un altillo, también pequeño. Allí estaban emplazadas las obras de Agustín: dos pinturas montadas en distintas paredes, y en medio de la habitación una escultura-pintura formada por viejos bastidores, la mayoría sin entelar, salpicados de pintura y ensamblados entre sí, además adheridos a estos bastidores había diversos objetos que Agustín utiliza en su taller como ser una pala, frascos, trapos manchados, baquetas pintadas y un destornillador.
Agustín desplegó en esa sala su trabajo en el taller subvirtiendo de alguna manera el proceso creativo y así los elementos que generalmente son herramientas, bocetos o soporte pasaron a ocupar otro lugar. Agustín juega con la pintura y con su larga tradición, con la manera convencional de pintar y de montar, también con el lugar que suele proponer la pintura al espectador; en este juego subvierte elementos y conceptos, los estira, gira y tensa, pero sin llegar a romperlos totalmente. La pintura está siempre presente como una fijación, una obsesión, un exceso.

Una de las pinturas de la exposición me cautivó especialmente, la primera que observé al subir por las escaleras, era un lienzo sin imprimar teñido y pintado con el fondo color verde manzana y por encima manchas azules, rojas, moradas, amarillas; primero vi una pintura abstracta, luego de un tiempo los colores parecían moverse (simulando luces y sombras) y entonces vi agua, vegetación y luz atravesando la vegetación, generando reflejos en el agua. Muchas de las pinturas de Agustín tienen como punto de partida el paisaje tucumano, tanto las yungas como el paisaje urbano. Pensé muchas cosas al momento de recordar esta pintura: primero las descripciones del agua de Juan José Saer en El limonero Real y después en un pequeño escrito de John Berger Algunos pasos hacia una teoría de lo visible, donde propone que el impulso de pintar nace del encuentro entre quien pinta y el modelo, sea lo que fuera, la pintura surge de una colaboración, pero esta colaboración se basa en el deseo, la rabia, el miedo, la compasión o el anhelo. Imagino este encuentro entre Agustín y el paisaje, entre Agustín y la pintura misma, citando nuevamente a Berger: “Acercarse significa olvidar la convención, la fama, la razón, las jerarquías y el propio yo. También significa arriesgarse a la incoherencia, a la locura incluso”.
*Registro fotográfico por Pablo Masino

Curadora independiente e investigadora en artes. Actualmente cursa la Maestría en Crítica y Difusión de las Artes en la UNA. Es Especialista en Producción de Textos Críticos y de Difusión Mediática de las Artes por la misma institución y Licenciada en Artes Plásticas de la UNT.



