Por Mario Lavaisse |
Abunda en el territorio argentino lo que llamamos la sociedad de aplausos mutuamente legitimantes. Esta nota se aproxima a esa presencia con algunas preguntas que intentan pensar sus contextos habituales. Siempre me gustaron los textos que desmontan preconceptos escarbando en el lugar menos pensado. Textos que ofrecen otra mirada. Por ejemplo, uno sobre las bondades de los videojuegos. Sobre la concentración o la tolerancia a la frustración que pueden desarrollar, cuando en principio nadie pensaba en beneficios sino en lo contrario.
Este decálogo intenta algo parecido con las sociedades de aplausos mutuos. Es posible que no lo logre. Que todo este párrafo sea puro bluff.
¿Qué son las sociedades de aplausos mutuos?
Grupos de actores que celebran sus producciones unos a otros produciendo una legitimación circular. Un doble movimiento que legitima y en el mismo acto es legitimado, dicen César Gómez y José Vezzosi. Supongo que pasó siempre y es estructural.
Imaginen la venida de Perón a Santiago del Estero para el IV centenario en 1953. ¿Quiénes lo acompañaban en primera línea? el obispo, otras autoridades religiosas, algún representante militar, el político local de mayor peso. De esas presencias se deduce lo mutuamente legitimante. En el gesto con que reconozco a otro termino siendo reconocido. No es el coronado el único que recibe el galardón, también quien pone la corona y quienes aplauden. Estamos ante una lógica consagratoria. Quien quiera explorarla puede ver el trabajo de Gómez y Vezzosi sobre el marco celebratorio del IV centenario, donde analizan cómo la historia y el catolicismo se consagraban mutuamente.[1]
Alto ahí. Porque esta nota no trata sobre legitimaciones entre políticos y sociedad civil, ni entre académicos que se citan entre sí para inflar métricas, sino entre productores culturales, en especial entre escritores. No importa el género siempre termina apareciendo el viejo intercambio de favores, materiales y simbólicos, en su variante endogámica.
Primero. Una sospecha ya insinuada: que es una dinámica siempre presente y difícil de evitar. No es exclusiva de las periferias ni de una sola generación. El mundo está lleno de gente que se siente obligada a devolver favores. A eso le llamamos gratitud ¿no? Por eso prosperan las estafas de usurpación de identidad por Whatsapp que explotan la atracción casi irresistible del pedido de ayuda que nos da ocasión de ser buenos. También están los pícaros que hacen favores calculando beneficios futuros. Y quienes no quieren deberle nada a nadie y reaccionan mal incluso ante la ayuda desinteresada, cancelando así cualquier posible intercambio de ventajas.
Segundo. Que merece consideración el áspero y pantanoso terreno de las influencias autoinventadas (giro borgeano si los hay éste) y las relaciones maestro–discípulo en las que intuimos un traspaso de capital simbólico, cierta herencia que facilita entrar en una colección, dirigir una institución o simplemente ser nombrado, aunque nadie te lea.
Harold Pinter fue aprendiz de Samuel Beckett, el discípulo más célebre de James Joyce. Joyce fue promovido por Ezra Pound, quien a su vez reconocía la influencia de Henrik Ibsen, dramaturgo que lo llevó a aprender noruego para leerlo en su lengua y del que tomó el realismo psicológico y la objetividad abstracta ambos rasgos por ejemplo presentes en el Ulises.
Algunas relaciones fueron más cercanas que otras. Sospecho que la admiración es mayor cuando solo se lee al autor que a uno lo deja pasmado.
En nuestro terruño podríamos forzar una genealogía. Martín Kohan leyendo a Piglia con la misma seriedad con que este leía a Borges. Más célebre es el padrinazgo de Borges y Victoria Ocampo con Bioy Casares, y luego el de Bioy como editor de José Bianco en Sur. No reconstruyamos la genealogía hacia arriba de Borges para no darle el gusto.
Diana Beláustegui me hizo pensar otra cosa. Una influencia también puede ser negativa. Esquivar los efectos de sentido de un autor. En su caso, Frankenstein le resultó un monstruo demasiado quejoso y neurótico y decidió evitarlo con una escritura más cercana a la de Stephen King.
Más allá de lo estilístico, un autor puede diferenciarse también por sus prácticas sociales. No aceptar invitaciones, negarse a hacer lobby o imponer condiciones. Esa diferencia construye identidad. Tal vez alguien aplauda el gesto de caminar hacia el otro lado como el pingüino solitario y al aplaudirlo se reconozca a sí mismo como un distinguido consumidor de arte alternativo. Otro más que engrosa el montón de los que no quieren ser uno más del montón diría Mafalda.
Segundo y medio. Una versión sintética sería el delfinato seguido del famoso cortarse solo, muy frecuente en la política y la farándula. Jorge Rial se separa de Lucho Avilés en los noventa y cubre su antiguo lugar con Luis Ventura en los dos mil, quien a su vez pronto permitirá el ascenso de Ángel de Brito en los dos mil diez.
Cada ruptura funda una identidad. Hacer la contra puede volverse espinoso, cosa que bien saben los hijos que intentan hacer la contraria de sus padres y terminan descubriendo que todos los caminos son de regreso, como dice un verso del poeta Juan Avendaño.
Tercero. Que conviene observar los principios de clasificación social que están operando cuando encontramos pequeñas sociedades de mutuos aplaudidores. La ciudad del centro frente a la del interior que le gana, ¿en qué le gana y en qué no? La etiqueta de regional o provinciana encrespa a más de uno porque subalterniza en un solo gesto. En cambio a los actores del centro no se les agrega apócopes.
Algunos autores rompen esa condición cuando son señalados desde el centro. ¿María Lobo dónde nació? ¿Mariana Enríquez? ¿Camila Sosa Villada? ¿O ya ascendieron a escritoras argentinas? Luciano Lamberti, también de Córdoba, es cada vez menos presentado como cordobés, mientras que a Mempo Giardinelli se lo sigue nombrando como chaqueño y a Héctor Tizón como jujeño.
María Lobo tiene varios libros que permiten pensar esto. En Ciudad, 1951 dice Benita: Venís de la provincia y la provincia no es un lugar importante. Sos mujer. Ya sabés que nadie va a prestarte atención de otro modo. Soy un caniche que salta, eso es todo. Y más adelante: Cuando alguien te pone en un lugar supuestamente importante (…) para rellenar un cupo (…) estás ahí porque alguien quiso señalar que tenés algo de valor a pesar del lugar donde naciste.
Hace poco la entrevisté para Lino (linolibros.com) y le pregunté por las sociedades de aplausos mutuos. Para ella, la literatura es intervenir el campo cultural. El aplauso no interviene, solo hace ruido. Sí legitima un estado de cosas, los temas o géneros de moda.
Lucas Cosci propone pensar el aplauso como parte de la dimensión socioafectiva de la cultura. Hace un ruido raro cuando es premeditado, dice Cosci, cuando es una acción calculada.
Esteban Brizuela dijo que estaba metiendo el dedo en la llaga. ¿En la herida de quién? No hace falta personalizar porque hablamos de una forma de construir legitimidades, no de un grupo particular.
Cuarto. ¿Es el acceso al gran público lo que hace trascender la provincianía? ¿O la producción situada en grandes ciudades con público? A veces ni eso basta: tanto Giardinelli como Tizón desarrollaron gran parte de su carrera en La Plata. Aunque moleste reconocerlo hay cada vez un tejido local, una trama. La palabra favorece incluso la sospecha de una conspiración pueblerina que reparte doctorados con su universidad como si fuesen platos de locro. Hay que tirar bien el centro para que cabecee el que después me lo va a tirar a mí. Es una lógica llana de intercambio. No es pura especulación. Tengo anécdota asociada y fuera de Santiago.
Quinto. En una feria de La Rioja un pelado insoportable, al notar que estaba por hartarme como único interlocutor, se interrumpió para decir que después me contaría de sus andanzas por la India. Era una invitación implícita a pedir detalles. No lo hice. Hay gente que habla en 1.5x y es difícil de atender. El tipo me ofrecía sin ver mis libros ni conocer mi escritura, que yo lo editara en mi sello y que él me publicaría en el suyo. Luego deslizó lo de la India insinuando posibles presentaciones allá. Ahí se suponía que debía entusiasmarme. En defensa de La Rioja diré que el pelado era porteño. Pero ilustra bien el intercambio de favores éste con el que insisto. Él me afirma como autor publicado fuera de mi ciudad y se afirma allá como editor con contactos. Cuando yo lo publico aquí hago lo mismo por él y también por mí mismo. La anécdota ilustra bien esa reafirmación bifronte que favorecen los aplausos mutuos. ¿Qué es lo que le sigue a esto?
Sexto. El estancamiento creativo por falta de debate honesto. Tal vez no sea fácil decir que pintar un ranchito en medio del monte no tiene valor artístico —ni hoy ni hace cuarenta años—. O que repetir en un show bien pago el repertorio del cancionero popular tiene poco —para no decir ningún— valor artístico.
Séptimo. Que los reflectores proyectan luz y dejan sombras. Esa oscuridad facilita la sensación de no recibir la atención merecida. Así nacen los primeros aplausos compensatorios, tímidos al principio, ensordecedores después. La bulla produce amnesia. ¿De qué nos vamos olvidando?
Octavo. Que los objetos culturales están fuera de nuestro cuerpo. Por eso pueden recibir crítica una vez puestos en circulación. Parece obvio, pero hay que recordárselo a quien se enoja con una devolución desfavorable, sobre todo si es justa. Hay que ser respetuoso con el lector.
Noveno. Las sociedades de aplausos mutuos compensan la falta de visibilidad. No es su única ventaja: pone en escena lo propio, crea modelos alternativos al canon y resiste al colonialismo cultural (que eso termine volviéndose conservadurismo inmóvil es una posibilidad).
Décimo. Que a veces se confunde amistad con criterio. Eso excluye a los talentosos sin contactos. Es poco serio y se nota. Ante la duda abstenerse de aplaudir.
[1] La muy noble y leal ciudad de Santiago del Estero. La madre de ciudades y la instauración del IV centenario de su fundación en Discursos de identidad y geopolítica interior: indios, gauchos, descamisados, intelectuales y brujos – Ana T. Martínez (coord.) Biblos, 2019

Santiago del Hastío, 1989. Es de esos psicólogos que cobran caro por callarse la boca. Lee, escribe, edita y vende. Todo apretando poquísimo por supuesto por pretender tanto abarcamiento. Tiene varios libros pero el que tienen que leer es el último, Los pozos (Edunse, 2024), su primera novela, y no tan buena como la que viene. Así anda diciendo por lo menos el autor.



