Por Ignacio Ortiz |
I
INT – LA FONDITA – TARDE
Hay una especie de figura polivalente, o comodín, como le dicen los estudiantes de cine, capaz de cumplir varias funciones dentro de la locación en la filmación de una película. En Alberdi en el Espejo me convertí en eso cuando me sacaron el uniforme de asistente de dirección y me convertí en un extra.
La directora de fotografía, Nuria Lares, alegó la necesidad de llenar de comensales el bar La fondita porque el plano lo requería. Es decir, que me convertí en un extra por los designios de Foto (apodo cariñoso) y dirección.
Sacarse ese uniforme no era sólo despegarse de la planilla de tomas, sino también de cierta autoridad que reviste su título. Allí comenzó un momento de improvisación, donde pasé a ser algo bastante parecido a una mesa o un cartel, es decir, en parte de la composición. No podía ser osado y compararme con una luz, porque claramente en el plano no tenía tanto poder. Eso también fue Alberdi: improvisar las figuras de poder, desarticular lo que de alguna manera se entiende por cómo se hacen las cosas. —¿No es así acaso el cómo se hacen las cosas acá? —Me planteé unos segundos en los que paré de producir para poder pensar. Pero ahora solo era parte del decorado, era un extra en La Fondita, así que pensar ya no era mi trabajo.
No sabía bien qué rol cumplía. ¿Eso decía algo? Ya no era asistente, era la persona delante de la mesa. Al igual que el propio director que en la siguiente escena iba a ser un hombre tomando en el fondo. Ninguno de los dos necesitaba aptitudes o capacidades, sólo éramos el área de dirección devenidos en extras.
Una vez en la mesa comencé a improvisar. Tenía que inventarme un pasado y una razón de estar ahí. No se me ocurrió nada y me quedé postrado como un personaje unidimensional con la personalidad de una piedra. Sólo tomé un trago de vino.
II
INT – CABARET – NOCHE
Nos habíamos trasladado e instalado en el Teatro Alberdi y recreamos un cabaret, pese a que era una anacronía. Trajimos a unas actrices para que interpretaran a las bailarinas/trabajadoras sexuales del local, pero las caracterizaciones tomaron cuatro horas de desesperante espera de dirección.
Durante las pruebas de fotografía, foto y dirección llegaron a la conclusión de que, otra vez, el plano y el lugar requerían de extras. Todos los varones nos volvimos en ese momento parte del decorado: El Indio, los asistentes de foto y yo. Pero el carácter era distinto para ellos. Yo era sólo un extra, ellos no. El Indio era un padre introduciendo en la vida sexual a su hijo, un chico de foto, llevándolo a donde las trabajadoras. El otro de foto era el dueño del cabaret. Yo era sólo un comensal, un voyeur, un cliente, una mesa, una botella.
Cuando me puse el traje y percibí lo ridículo que me veía, porque me quedaba enorme, me sentí fuera de lugar, a los designios de lo que la película necesitaba. Como si hubiera quedado sometido por las telas que me cubrían.
Habíamos llegado al Teatro Alberdi a las nueve de la mañana, pero tiramos plano recién a la una de la tarde, después de almorzar. Me pusieron en una mesa y cuando comenzaron a grabar, las chicas se pusieron a bailar. Verlas fue algo difícil, porque el esfuerzo fue tal que se las notaba cansadas de hacer una toma y otra y un plano y otro. No tenían más fuerza para levantar las piernas, ni la atención para coordinar los pasos. Las gotas de sudor recorrían desde sus frentes hasta que desaparecían en el busto de sus vestidos mientras la luz les daba de frente. De sólo verlas era imposible no ponerse en su bochornoso lugar.
El sacrificio de un actor es, muchas veces, difícil de dimensionar.
III
Un extra en Buenos Aires
INT – BIBLIOTECA DEL CONGRESO – BUENOS AIRES – NOCHE
La primera imagen que encontré luego de que la seguridad me permitiera ingresar a la biblioteca fue el rostro de un conocido intelectual. Era un primer plano de Ricardo Piglia en la pared del bar a su nombre, junto a un grafiti caricaturesco de él. Verlo ahí me hizo pensar en la Ciudad de Buenos Aires, esa retratada casi en paralelo por Borges en Fervor de Buenos Aires y por Arlt en Aguafuertes porteñas. Dos relatos casi antagónicos de una ciudad en constante ebullición y cuyas sensibilidades artísticas desembocaron en este escritor, Piglia. Los tres, quizá, de alguna manera conjugan una suerte tradición que también incluye ramificaciones en el cine, con realizadores independientes como Mariano Llinás o al propio Piglia adaptando al cine la obra de Arlt.
La segunda imagen que encontré era una muestra de un dibujante: Poly Bernatene. Un reconocido artista que realizó cómics y portadas de libros infantiles. No sólo fue elogiado por su estilo, sino también por su imaginería indiferente a estos pagos, a esa velocidad furiosa de la capital y a esos cada vez más imponentes edificios monocromáticos. A esta ciudad de concreto.
La presentación la dimos Fabián Soberón, Camila Caram y yo. Cada uno dimos un pequeño discurso donde, a grandes rasgos, destacamos la importancia del crecimiento cinematográfico de la provincia, en una medida gracias a la escuela de cine, y en otra gracias a un emergente movimiento cultural; además remarcamos la calidad humana y profesional de los trabajadores de la película. Luego de eso, no volví a intervenir, convirtiéndome en un espectador.
Muchas de estas cualidades después fueron repetidas por los espectadores a modo de respuesta cuando terminaron de ver la proyección. Mientras tanto, los tres hicimos tiempo fuera de la sala.
El recibimiento general estuvo cargado de elogios, pero también de contradicciones: las primeras palabras fueron de felicitaciones al trabajo de fotografía y luces, remarcado tanto en Buenos Aires como en Tucumán. Otros aplaudieron al relato antibiográfico aludiendo a que deconstruye y desacraliza a un héroe del panteón de la República Argentina.
Una de las críticas que recibió la película —ya antes recibida en otras ocasiones— fue la escena de la violación. El primero en objetarla fue un chozno de Juan Bautista Alberdi: aunque en un principio habló sólo de la película, su discurso bifurcó a un intelectual, cuyo nombre no registré, que habló de la posible homosexualidad del prócer. Este recalcó una queja bastante repetida por varias personas: «Juan Bautista Alberdi no puede ser bisexual porque tiene un hijo». Tanto en Tucumán como en Buenos Aires hubo quejas similares. De ahí comenzó a hablar sobre los valores de «liberal social» de su tátara tío y concluyó con una denuncia a Milei como el presidente más sionista de la historia de Argentina y resaltando la injusticia del encarcelamiento de Cristina Fernández.
A partir de eso comenzó un debate que puso en tela de juicio la ficción, la ética y la intertextualidad. La escena, como bien detectó alguien y confirmó el propio director, es un homenaje a un pasaje de El matadero de Esteban Echeverría —quien también aparece en la película—, pero recontextualizada en una historia que desacraliza un héroe nacional a partir de la teorización de su orientación sexual. En ese momento, la delgada línea entre lo que es ético y lo que es no contar en el cine, tembló. Algo que un espectador recalcó aduciendo que «yo soy libertario, y siento esa escena como una ofensa».
Algunos actores, poetas y escritores presentes defendieron el estatuto de ficción de la película, pese a que se trata de un personaje histórico. Esto llevó a una discusión ardua que casi termina en una pelea entre Gastón Alberdi y un escritor.
Parte de esta tensa situación lo sentí como mi viaje, desrealizado. Mi experiencia tenía más cosas en común con una cámara que con un técnico, porque sólo era un extra en el Congreso de la Nación.

Nacido en San Miguel de Tucumán en el año 2001. Estudiante de la Escuela de Cine, Televisión y Video de la Universidad Nacional de Tucumán, con orientación en dirección y guión. Estudiante de la carrera de Ciencias de la Comunicación en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán. Tiene publicaciones en algunos portales de noticias y en la página literaria de La Gaceta.



