Editorial Cuadernos del Duende. San Salvador de Jujuy, 2026.
Por Florencia Angulo |
De pronto, la imagen de la pipa de Magritte irrumpe en mi cabeza. Una idea cada vez más insistente, rumiante, aparece: “Esto no es una novela”. Esa fue mi primera reacción. La confieso ahora, mientras escribo sobre el último libro de Alejandro Carrizo, obra final de una trilogía que empezó con la publicación de Los últimos (2024), continuó con La quinta carta (2025) y ahora se completa con Detrás del aroma de los jazmines (2026). El título provoca: ¿Qué se puede contar detrás del aroma? Sería más sencillo narrar detrás de una puerta, de un escritorio o de una tapia. Pero no. Conjugando su trayectoria de poeta con su vocación narrativa, Carrizo nos desafía a cancelar la normalidad de los cinco sentidos para construir nuevos códigos, para refundar la imaginación a través del aroma, del gusto, del tacto, la escucha y nos provoca a leer esta obra al borde del delirio, del “desquicio”. Carrizo dice que anda experimentando un nuevo concepto literario, la esquizoliteratura, un término que parece provenir del psicoanálisis, caracterizado por la divergencia y la dislocación. Según aclara, no es enfermedad sino técnica literaria. Por supuesto, no pretendo discutir esta declaración del autor, pero sí me animo a proponer otro punto de vista. La narrativa de Alejandro Carrizo es, en sí misma, performática. Nos hace hacer. Es verdad que como lectores nos enfrentamos a una novela divergente y hasta cierto punto caótica. Sin embargo, ese caos surge de una intención profundamente lúdica y liberadora que busca erradicar la comodidad de las lecturas lineales y ordenadas.
“Sopar” es crear
Me sobresalta una explosión: “El disparo se escuchó a lo lejos e Indalecio se despertó sobresaltado. No distinguía si el estruendo había sucedido en el mundo real o en el del sueño.” Al estallido del arma le sucederán más pronto que tarde muchos sonidos, como el que produce el aleteo de los tucanes, el bufido de un reloj de péndulo o los gongs de unas campanas misteriosas, que cincelan con precisión el universo acústico por el que irremediablemente debemos marchar.
Me sorprende un narrador que no tiene la forma humana. Me desdigo. Tiene la forma de un torso humano, porque es un gabán. Un gamulán que habla, que cuenta historias y comparte vivencias. Como lectora me entrego al juego, no tengo opción: me “pongo el saco”. Así, a lo largo de la novela la imagen del abrigo será un recordatorio de esa vida otra, vivida y habitada en el mundo ficticio. Desde las primeras secuencias el gabán asume el rol de un narrador infiltrado, un testigo sensible de los acontecimientos.
Detrás del aroma de los jazmines no está pensada ni se ofrece como un texto cómodo. Es una invitación a “sopar”, a acoplarse o adherir, a involucrarse en el proceso de la ficción.
Carrizo nos está convidando a participar de un acto creativo. Por momentos parece que nos empuja a abandonar la quietud de la silla y salir a la calle. Nos incita a escuchar los murmullos que atrapó la selva o a comer las mejores humitas, las de Villa Jardín de Reyes (hechas de choclo amarillo de Yavi Chico). Es un texto que provoca a la acción, al desplazamiento y a habitar con todo el cuerpo y con toda la memoria los 16 capítulos de este territorio de ficción.
Una rara máquina que produce historias
Transito los capítulos repitiendo una frase que me aprendí leyendo a Úrsula K. Le Guin: “¡Por eso me gustan las novelas, en lugar de héroes tienen personas en ellas!”; me gustan las novelas en las que los trucos sorprenden más que los conflictos, y los lectores y lectoras nos entrampamos con demasiado gusto en el continuo movimiento de pliegues y repliegues poéticos. Y es que esta obra se parece un poco a mi totebag favorita, en la que caben todas las cosas indispensables, y todas tienen su razón de ser. ¿Qué más puedo encontrar en esa cartera? Quiero decir ¿en esta novela? Enumero:
escritores, filósofos, antropólogos, músicos y músicas, cantantes, investigadoras, artistas plásticos; así como a la gente que transita cotidianamente las veredas de este mundo y también del imaginado:
“…pronto cruzaron a Domingo Zerpa que estaba ejecutando una rara máquina a pedal que producía romances y coplillas puneñas. Allí estaba, muy ocupado, tratando de enhebrar los dos ríos. Más allá, en la otra orilla, vislumbraron la casa hecha con versos por Raúl Galán, ¡qué maravilla! Y en el primer puente Carmela Ricotti regalaba cuentos y flores de papel con canciones amarillas.”
Sin esperarlo, voy transitando un territorio laberíntico, uno que está hecho de literatura y arte del norte argentino y latinoamericano. Un personaje viaja hasta Macondo para comprarle a Melquíades un astrolabio, pero el gitano no ha vuelto todavía de Bahía Desolación. En una sola frase Carrizo enlaza a García Márquez y a Libertad Demitrópulos.
El relato central
La presencia irreductible de personas, lugares y objetos con protagonismo activan la memoria y provocan nuevas dislocaciones, tantas que es válido preguntarse ¿qué trama se cuenta en esta novela? ¿quiénes llevan adelante la acción? ¿dónde ocurre? ¿cuándo?
Allí están, efectivamente, Bernardina Méndez y Fenelón Paredes, protagonistas de un relato de amor y resistencia, de sueños y derrotas. Bernardina concentra potencias divinas. Su presencia es contundente y su figuración se ensancha hasta abarcarlo todo. “Ella misma es un Aclla” y una “deidad cosmogónica”.
Con estas palabras se describe a la mujer que ejerce contundentemente la tarea de animar a todos los seres a participar de una empresa increíble: forestar la Puna y traer el agua que lentamente -y a vista de todos- está desapareciendo.
Este es el corazón crítico de la novela. La obra denuncia una situación impostergable. El agua se acaba y es urgente plantear una solución, ese es el compromiso y la búsqueda de una alternativa. Para ello será indispensable la organización comunitaria, pero también será necesario poner en marcha la imaginación colectiva, meter en un carromato a tres veces trescientos soñadores y emprender una marcha legendaria para cultivar en las punas los árboles de las yungas.
Ni espacios ni tiempos lineales
Esta es una novela hecha de estratos, de capas sedimentarias y la leemos con clara conciencia de que no encontraremos una única historia sino más bien un hervidero de tiempos infinitos. Aquí no se trata de construir cronología sino de subirse a la zigzagueante temporalidad que nos invita a cruzar una (nuestra) América profunda, desplazarnos por hilos hasta los tiempos de la conquista, al viaje de los cronistas españoles, a las guerras por la independencia y entramarnos en los conflictos del presente.
Carrizo nos propone redibujar el mapa que conocemos, transformar coordenadas geográficas y divisiones políticas en un territorio donde las historias viven, el tiempo respira y la geografía deja de ser abstracción para mostrar su materialidad plena: los tucanes tienen un idioma, las lechiguanas son conocedoras del cosmos y los árboles; los pueblos se reconocen por sus nombres. La voz humana tiene el mismo peso que el lenguaje de los pájaros, el lenguaje de los mitos, el lenguaje gráfico de las quilcas de Huamán Poma de Ayala, y el de las palabras alma de los guaraníes, aquellos “hombres de la neblina de las palabras inspiradas”.
La escritura sediciosa
Porque para crear hay que contar, hay que generar relatos, hay que sembrar semillas y regarlas con lágrimas de tristeza y de alegría: hay que llorar cantando. Del mismo modo que hacen los pobladores de la Puna, que con sabiduría lloran riendo en uno de los momentos más emblemáticos de la novela.
Estoy convencida de que esta obra de Alejandro Carrizo puede anudarse a esas escrituras sediciosas y esas narrativas disidentes, que, como dice la ecuatoriana Mónica Ojeda, asumen el riesgo de imaginar colectivamente. Acción que sólo se puede llevar a cabo en complicidad con lectores y lectoras que estén dispuestas a subirse a un carromato, ponerse un gamulán, soñar los sueños que han soñado otros detrás del aroma de los jazmines. En otras palabras: leer haciendo.
Alejandro Carrizo 1959 escritor jujeño, autor de libros de poema, obras de teatro, cuentos y novelas. Su vida ha estado asociada a la gestión y promoción cultural en la región del Noroeste Argentino. Fue director de la revista cultural El Duende (1993-2005) una de las más importantes publicaciones periódicas de los años noventa, caracterizada por su compromiso con la difusión poética, la narrativa emergente y el pensamiento crítico argentino. Creador de la editorial Cuadernos del Duende, espacio desde el cual continúa haciendo una labor cultural de gran importancia.

Buenos Aires, 1973. Doctora en Ciencias Sociales, Magíster en Estudios Literarios y Profesora en Letras. Es docente en la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales, Universidad Nacional de Jujuy, Argentina. Dicta asignaturas de grado y seminarios de posgrado enfocados en las literaturas latinoamericanas, la memoria cultural y las narrativas de tradición oral. Como directora y co-directora de proyectos científicos ha coordinado equipos dedicados a la recopilación y estudio de narrativas populares. En el ámbito de la gestión y la extensión universitaria, es Directora interina del Instituto de Formación e Investigación en Lenguas (INFIL) y es coordinadora del Aula Abierta José María Arguedas. Integra redes de investigación como el Grupo de Trabajo Ayllu, Estudios Andinos (ICSOH, CONICET, UNSa), la Rede de Estudos Andinos y la Red Iberoamericana de Estudios sobre Materiales Orales (UNAM, México).



