Una lectura de Memorias del Instante, el más reciente poemario de María Belén Alemán. Publicado por BTU con la curaduría de Rosanna Caramella, el libro traza una cartografía donde lo cotidiano cobra espesor poético y la brevedad se convierte en refugio contra el olvido.
Por Marina Cavalletti |
“Somos viajeros cuyo tesoro más preciado no va en el equipaje sino en esta memoria inacabable”, escribió Teresa Leonardi Herrán. Así, como en un conjuro de voces, María Belén Alemán retoma esas palabras para iniciar el trayecto de su poemario más reciente, Memorias del Instante.

Publicada por BTU bajo la curaduría de Rosanna Caramella, la obra se sitúa entre las novedades editoriales del NOA y se presentará formalmente en alguno de los días que le quedan al invierno. Entre sus páginas, la potencia de lo fugaz se conjuga con una exaltación de la cotidianidad donde la palabra eterniza los momentos. Esta combinación genera paisajes donde emergen constelaciones de afectos, reclamos ante las injusticias y trincheras contra el olvido.
Si miramos de manera detallada, la autora propone una tetralogía y una coda: cuatro apartados, cada uno precedido por un epígrafe, y un epílogo. Como los cuatro puntos cardinales y un resto, un decir propio en primera persona del singular; sitios poéticos donde descansar y una despedida a la que se suman las líneas finales del profesor Sergio Bravo, ex Secretario de Cultura de la Provincia de Salta
Instantes es entonces el primer subtítulo. Alemán selecciona para su inicio a Juan Carlos Moisés, quien escribió: “Cierro los ojos, el día queda del otro lado, aparecen imágenes que no coinciden con las que hace un momento nos contenían”. Desde allí, resulta claro vislumbrar las constantes del grupo de poemas: el cambio, el paso del tiempo, la marcha indetenible de las horas.
En ese tramo, la escritora observa como si sus ojos tuviesen súper poderes: el foco está en lo diminuto, lo cotidiano se describe como extraordinario. “No se puede ser indiferente. /Un pequeño instante/ en la inmensidad./Observar/Escuchar/Abrazar/ Saber que en lo fugaz está lo eterno”. Y allí, lo natural emerge con todo su esplendor y se cruza con los universos que supo imaginar Marosa Di Giorgio.
El día se dilata, dice Alemán, que remueve la tierra y sopesa el tiempo/estallido. Los anhelos nos salvan de la muerte, las hojas bailan en el viento, el aire es leve; los cielos rojizos. En su poesía, la autora revisita su temporalidad tripartita: pasado, presente y futuro. Allí, todo es inasible pero se insiste: “un momento tan solo/de arrullo fuera del tiempo/entonces somos/gorriones regresando más leves/ en el tránsito apurado de los días”.
La artista escribe para evitar “que un aullido de ausencia nos devore” y también porque “Todo cabe en una mano cuando es abrazo”. En aquellas memorias que desgrana página a página, la primavera es una melodía de ventanas abiertas y resulta imprescindible partir cada tanto.
Pero ¿a qué lugar del mapa partir? Tal vez la respuesta no sea estrictamente geográfica, porque esta hacedora comprende que un verbo puede ser refugio y busca cruzar la orilla entre campanas que tocan a destiempo para convertirse en otra música.
Por eso, para entonar nuevas melodías, para suplicar en el hogar/vocablo, Intemperies nombra a la segunda posta del recorrido. “Lejos van nuestros gestos, / las palabras recién desamparadas, / la imagen del cuerpo prisionera del aire, / a entretejer distante otros tiempos con todo / lo que acaso sobreviva a nuestra vida misma”. La pampeana Olga Orozco es anfitriona en este trecho, quizás el más descarnado del libro:
Somos un cuerpo en proceso
que trepa muros de quimeras.
No acaba el ciclo en el propósito
se extiende en fuego y agua verde
en corazón amante.
Entonces
cuando la noche purgue
su desobediencia societaria
y desmiremos sin vergüenza
sabremos intencionar
un amanecer glorioso en cada vértebra.
No en vano somos aprendices de lunas
una cábala de estrellas en oriente
y el aliento de un dios
que revive con nosotros
después de cada muerte.
La divinidad y el tánatos, la materialidad de lo tangible que es también inacabado, y las amalgamas de palabras/neologismos generan en Alemán un estilo que conjuga adjetivaciones cercanas a la tradición con verbos flexibles que rozan la vanguardia; un estilo de musicalidad consciente que abraza el verso libre y despojado.
El itinerario continúa con evocaciones: el conejo blanco de Alicia, el aroma de las lilas y discursos salvajes con ecos pizarnikianos, sumados a un pájaro pequeñísimo como anáfora. Y en seguida, la risa como exceso mundano, la arenga hacia la agitación y la desmesura, hacia la pasión y la desborde. Y una verdad: “la belleza en lo incierto/una fuga inesperada de los cánones/ una insurrección latente”.
Hay en esta parte dos algunas subtramas: el adentro y el afuera, los juegos con el lenguaje, las aliteraciones y rimas consonantes que funcionan como formas de resistencia ante los ripios de este siglo. Estos recursos dejan entrever la sólida trayectoria de la autora como especialista en Literatura Infantil y Juvenil, miembro de número de la Academia Argentina de la disciplina y cofundadora del espacio LecturArte. Acaso la palabra sea, en todas las etapas de la vida, uno de los mejores juguetes que existen. Surgen entonces estallidos amarillos, llagas y ventanas abiertas impregnadas de calle y solo un cielo.
Lo lúdico muda luego a la denuncia ante lo atroz de la guerra en Oriente y Occidente: “La tierra es hoy más densa/con el peso de tantos que aún ya muertos/siguen muriendo”. Y todavía más las infancias arrancadas de las niñas de la escuela de Minab “Entre los escombros quedaron sus muñecas/huérfanas/ y sus cuadernos apenas estrenados”.
Ante la violencia del presente, escribir entonces es sentar una posición y es también reconocer los vestigios de la humanidad. Tal vez por esa razón, se recurre a lo onírico, para calman la pesadilla de la realidad:
Soñamos que soñamos entre ruinas circulares.
Es nuestro el laberinto.
Cada tanto nos perdemos
cada tanto desenvainamos el grito
para escapar del minotauro.
Sobrevolamos esta ciudad que se licúa:
en algún lugar una mujer va con todo el peso
a cuestas
(…)
Y pienso que a pesar de todo
se puede ser pájaro entre antenas parabólicas
y navegar el sinsentido para encontrarse Uno.
Uno y Otro.
Es que no
no se puede
no
extirpar de cuajo la utopía.
En esa cartografía propia, Alemán ubica en tercer lugar a las Travesías del cuerpo. Este subtítulo, tiene un epígrafe de Nélida Cañas “marea de algas/ reinventan este cuerpo/que ha mutado/de gusano a crisálida” y allí, lo corpóreo como tatuaje de voces, caligrafía, como material de escritura o sitio donde escribir. Y allí un corazón al compás, un corazón ofrenda, intensidad pura. Allí, el deseo de gaviotas, los días que se azulan en la memoria y la intención de galopar el desamparo conviven con “Las horas pasan lentas/ mientras vamos siendo/los mismos otros”.
Luego, casi como una tregua o manifiesto, emergen estas líneas:
cuando la noche acontece
me convenzo de que aún
se puede habitar el mañana
de que aún se puede
levantar la voz de los escombros
y lamer las cicatrices
de este cuerpo de río y de espesura.
Y más adelante, la pregunta y la respuesta por el ser, la convicción de que nada ha terminado de que todo empieza, de la vida sucede y eso es suficiente, como si el tiempo indescifrable fuera duda y certidumbre, fin y apertura, inaugura el último tramo del recorrido: la parte cuatro, Memorias. La maestra de esas ceremonias será Alejandra Pizarnik “ebria del silencio/de los jardines abandonados /mi memoria se abre y cierra/como una puerta al viento”.
Llegado ese punto, la poeta esboza palabras para la niña que fue/es/será. La actualiza y confiesa: “Te recuerdo niña con charcos/después de la lluvia” y más: “¡Cómo calma recordarte /niña/con todo el sol en el cuerpo!”. En ese terreno, germina la infancia de sus hijos, la espesura de las yungas, la exaltación de las amigas, las despedidas. Todavía más, un entorno de ciudades insomnes, la nostalgia y la celebración de los antepasados migrantes, ell hilván de las piezas que faltan, la orfandad de madre y de hermano.
Sin embargo, en ese devenir de ausencias, la convicción reiterada de que no se van los seres que se han ido. Porque Invaden la memoria mientras un vuelo de palomas nos sacude
Como cierre de la tetralogía, una coda, un epílogo, una solicitud que podría, desde algún punto de vista, vincularse con la maravilla de Susana Thénon, “Canto Nupcial”. Esto podría leerse así porque Alemán recorre su vida, escalón por escalón y la celebra, con sus claroscuros:
Quiéranme con lo que soy
con la sangre que me fundó
con el aquí y ahora sin retorno
con este fuego y su sombra a cuestas.
Aún sostengo mi mano abierta
Ofrenda
Con sus dedos, con la tinta de los días, esta autora aquerenciada en Salta propone con Memorias del instante un viaje de penumbras y luciérnagas, esos matices propios de la vida y de la poesía y traza un elogio de la fugacidad entre páginas que renuevan a la literatura de la región.

Es Magíster en Escritura Creativa por la UNTREF, profesora de Letras y Técnica Profesional en Música. También es cantante, poeta y periodista, docente universitaria y gestora cultural. En 2016, ideó el ciclo itinerante Brote Poético. Entre 2016 y 2018, dirigió la colección de poesía Raúl González Tuñón del Grupo Editorial Sur. Publicó poemas en sellos de Neuquén, Santa Fe, Entre Ríos y Buenos Aires. En 2020 editó su primer libro “Random” en formato de ebook + playlist , por Halley Ediciones. En 2021 publicó “Hospital Pediátrico”, ganador del Concurso Nacional Adolfo Bioy Casares en la categoría poesía. Dicta talleres de canto, escritura y clínica de obra. Contacto: @brotepoetico



