Por Lucas Cosci |
El mundial ya fue. Un desparramo de melancolía, angustia, impotencia ha quedado en el fondo del arco que no pudimos horadar en el último partido. El fútbol no sabe de medias tintas. Como una montaña rusa desenfrenada, nos arrastra a una cima vertiginosa y, después, en fracciones de segundos nos venimos en picada hacia un pozo de melancolía. Pathos trágico, páginas memorables, algunos escritores han sabido hacer su agosto con ese ripio.
El discurso futbolístico conlleva una narratividad incoada que se despliega tanto en la estructura interna de un partido como en el devenir de la competencia general. Yace en el magma de los mitos prenarrativos. Es una forma de temporalidad humana que pide ser llevada al orden del tiempo narrado. El fútbol se comunica como relato. De hecho, se llama relator al que ejerce la función de contar lo que pasa en el campo de juego; y relato, a la construcción discursiva en simultáneo del partido. En cada juego hay una tensión narrativa que luego se encadena en las intrigas del campeonato, como una gran serie de plataforma compuesta de una secuencia de episodios.
Por eso, aunque fútbol y literatura corran por cauces paralelos, no faltan los afluentes subterráneos. De vez en cuando intercambian aguas. Se refrescan entre sí. La literatura del mundo y, especialmente, la nuestra, ofrece sobrados ejemplos: escritores apasionados por el fútbol, futbolistas que devienen escritores. Sobre el tema se ha escrito bastante. Umberto Eco, Vladimir Nabokov, Albert Camus, Juan Villoro, constituyen emblemas de la pasión futbolera en el campo de las letras. En Argentina, ni hablemos. Soriano, Fontanarrosa, Sasturain, han hecho literatura con la poética del fútbol.
En Santiago del Estero, Bernardo Canal Feijóo logró una exploración poética inédita en su Penúltimo poema del fútbol. Mostró algo nunca visto. En el fútbol no solo encontramos una narrativa. También habita en él una poética que pide una puesta en verso.
Mientras el periodismo y los simpatizantes han pensado las alternancias de este mundial en términos de un relato épico, lejos de una epopeya, esta edición 2026 puede ser leída en términos de tragedia, al menos para los argentinos. Cuando digo tragedia, me refiero a un tipo de estructura narrativa del discurso, no a un estado de cosas.
Aristóteles en su Poética entiende la tragedia como la representación –mímesis– de acciones que se suceden en el paso de la dicha a la desdicha. A diferencia de la comedia y de la epopeya, la tragedia empieza con el relato de la grandeza de los héroes para finalizar exponiendo sus desgarradoras caídas y miserias.
El fútbol es en sí mismo representación en la medida en que es un juego en el que están definidos de antemano los roles, están fijadas las reglas y están demarcados los espacios. El jugador adentro de la cancha es un otro que representa un papel, según su posición y su juego. Cada partido es una puesta en escena de final abierto. Pero hay además un segundo nivel de representación en el relato radial o televisivo. El juego se recupera en un flujo discursivo que intenta involucrar a los espectadores en el mito.
Por eso decimos que el fútbol es representación trágica. A los elementos señalados se puede agregar el coro, configurado por la hinchada y sus cánticos.
En la Poética se distinguen tres componentes esenciales del mito trágico. Peripecia, reconocimiento y lance patético. Los tres están presentes en el entramado narrativo del equipo argentino a través de este mundial, sobre todo en su fase final.
La tragedia representa el paso de la dicha a la desdicha a partir de un error involuntario, una falta no culposa que se origina en la ignorancia. A ese error los griegos le llamaban hamartía. Edipo incurre en parricidio porque no sabe que el extraño al que asesina en el camino a Tebas es su padre. Tampoco sabe que la reina con la que va a contraer nupcias después de vencer a la esfinge es su madre. No es un hecho culposo, pero es un error y se paga con desdicha.
¿Cuál es el error trágico, la hamartía, de la Argentina en este mundial? ¿Cómo se configura esta historia en tanto que tragedia?
Veníamos de la dicha de ser campeones en Qatar yterminamos en la desdicha de la derrota final. En el medio está el error. Como Edipo, en este caso el error es una ignorancia de identidad, no saber quién es quién. No saber quién era el rival que nos esperaba, creer que se le enfrenta como a cualquiera de los anteriores. Pero el rival ahora es el amo que durante quinientos años había colonizado nuestros cuerpos y nuestras almas, el dueño de nuestras palabras, señor de nuestras conciencias. Claro que es solo fútbol, pero el juego está lleno de ingredientes extrafutbolísticos, y eso agrega dramatismo a las acciones en el campo.
La peripecia es el gol de último momento que nos sumió en la derrota. Ha sido el giro irreversible en el curso de los actos. El reconocimiento es el paso de la ignorancia al saber en relación con la identidad y peligrosidad del rival. Al final, supimos quién era quién y lo padecimos. Dejamos de ser el rey de Tebas y pasamos a ser el ciego que se ha arrancado los ojos.
El llamado lance patético (pathos) son los jugadores desparramados en el césped, entre lágrimas y rostros desahuciados, cuando ha sonado el silbato del árbitro y se ha consumado la derrota. Llantos, miradas al vacío, cuerpos abatidos. Una escena que parece lo que queda después de una batalla perdida. ¿Podría haber sido de otro modo? Claro que sí, y eso lo sabemos. Podría haber sido de otro modo y no lo fue, y en eso radica parte de la configuración de lo trágico.
En esta lectura de los hechos que propongo se agrega un componente esencial: la conspiración. Toda tragedia es el efecto de una gran conspiración. ¿Quiénes son los conjurados que conspiran en la tragedia contra el destino de los hombres? Los dioses del Olimpo, que dinamizan un sistema de fuerzas para determinar las acciones de los hombres. Sobre Edipo gravita un oráculo que sus padres han querido torcer y que su historia lo confirma.
¿Qué oráculo, al igual que Edipo, no quisimos escuchar en su momento y tuvimos luego que padecer?
Consumada la derrota, todos hemos acudido a la recuperación de algún oráculo que nos justifique. Y entonces han empezado a circular las versiones conspirativas, porque el golpe que sufrimos nos ha llevado a recordar que, además de los héroes, existen los dioses. Y que los dioses señalan nuestros límites. Somos mortales y falibles. Los dioses son terribles. Y sus designios han sido inexorables: sanciones de la FIFA, la expulsión de Enzo Fernández, presiones de vestuario, arbitrajes precomprados y otras historias que revelan que el resultado de esta final ya estaba escrito de antemano. Fuerzas oscuras que comandan la contienda con el propósito de conjugar un orden superior que los mortales no podemos alterar con nuestro juego. Son los oráculos. Mito, realidad o mecanismo racional de defensa, el error ha sido no haberlos escuchado a tiempo. Con el diario del lunes, todos comprendemos la trama del destino.
Pero hay otro costado trágico más sugestivo todavía. Es el regreso de Antígona en el partido contra los ingleses. Antígona desafía a Creonte al desobedecer la ley humana para enterrar a su hermano. La sábana-bandera con la consigna: “Las Malvinas son argentinas” era el merecido honor a los caídos que Creonte FIFA-Gobierno de Estados Unidos había prohibido. Se ha consumado y muchos argentinos sentimos que se nos había aflojado un nudo en la garganta. Nada iba a cambiar en los hechos, es solo fútbol, salvo la paz de los corazones y la paz de los caídos. Y todo al final de un partido que revivió lo mejor de aquel Maradona cuando, cuarenta años atrás, pintaba en el campo sus mejores trazos. Ingenuamente, nos desahogábamos una vez más de la derrota de las Malvinas, con dos goles soberanos y, entonces, plantamos el llanto de Antígona en una sábana, para que el mundo sepa que hay muertos insepultos en la Argentina.
Es solo fútbol. Insisto. Pero su encanto es en parte el hecho de que cada escena tiene su contexto, que el gol de Maradona había sido en su momento algo más que una unidad sumada a un marcador, lo mismo hoy el gol de Enzo Fernández.
Vivir el fútbol desde el pathos trágico es una de las formas de elaborar nuestra finitud, nuestra fragilidad. Es saber que somos mortales y que en fracciones de segundos se nos va la vida, entre la gloria y la derrota.
No son solo goles. Son también historias. Y vale la pena contarlas.

Vive en la provincia de Santiago del Estero. Es doctor en Filosofía por La Universidad Nacional de Córdoba. Docente e investigador en la UNSE y en la UNT. Autor de libros de ficción, entre los que se encuentran Faustino (novela, 2011), La memoria del viento (cuentos, 2012), 1958, estación Gombrowicz (novela, 2015), Ciudad sin Sombras (Novela, 2018); y del ensayo El telar de la Trama. Orestes Di Lullo, narrativa e identidad (2015). Es autor del blog El cuaderno de Asterión, en línea desde el año 2009, donde publica artículos literarios y de actualidad política



