Notas sobre edición y falta de edición en la literatura que cruza fronteras entre Salta y Bolivia.
Por Mario Flores |
En tiempo presente. Gilberto Mariscal Subelza. Tres veces: Gilberto Mariscal Subelza, Gilberto Mariscal Subelza, Gilberto Mariscal Subelza. Así no lo olvidas, dice. Me regala un señalador que también es regla: los centímetros y pulgadas impresos en el cartón. De un lado las tapas de sus libros. Del otro, una serie de bustos de los así llamados dioses de la literatura latinoamericana, Borges, Martí, Neruda, etcétera. En medio de ellos, su foto carnet, representando a la patria. Reparte los señaladores y tarjetas con sus datos a niñas de colegios secundarios que, a esta hora, son de los únicos asistentes a la feria. Así son la mayoría de los folkloristas, pienso. A cada rato me pregunta, Gilberto Mariscal Subelza, si ya se viene la chacarera, y cuando pregunta hace una maroma caricaturesca de lo que, intuyo, debe ser un paso de baile: pega una patadita y levanta los brazos. Acá las mujeres son muy lindas porque son blanquitas, explica. Día uno, un porteño se acerca grabando con su celular, desde otro sector del predio, hasta enfocarme directamente: “Este tiene una cara de boliviano…”.
Nada de esto. El día de mi cumpleaños número treinta y seis, recibí por correo un ejemplar usado de Solaris de Stanislaw Lem. La dedicatoria no estaba firmada ni manuscrita por la persona del obsequio, sino por el vendedor: “Amigo, no te imaginás la cantidad de libros de Minotauro que tiene el vendedor”. Estaba escrito a lápiz y lo borré. Luego me arrepentí. Luego se me fue el arrepentimiento. La lectura en proceso de esa novela tiene mucho que ver con el formato de las notas, similar al siguiente:
“Arriba un libro como regalo de cumpleaños, la trigésimo sexta temporada de la serie, en la que no cambiaron los actores principales, tal vez el guión pero no hay dioses detrás de nada de esto. […] Mariscal Subelza, folklorista. Es un autor de los muchos que paga su stand como kiosco individual: me daría vergüenza. Cada vez más cerca de eso ¿todas? las ferias: banner tras banner, escritorio tras escritorio, y ellos como evangelistas desesperados, autores conferencistas coaches ontológicos embajadores de paz asesores financieros comisionados comisarios, en el doblaje latino la voz de Sailor Mars es la misma que de Mikami la cazafantasmas”.
Es excesivamente pesimista, como por antonomasia se configuran como lecturas pesimistas las que atañen propiamente a la literatura, en vistas de la exorbitante cantidad de lecturas felices, obligatoriamente optimistas y representativas, que atañen a la figuración del autor. Hay escritores que pagan para serlo: muy lejos de una lectura dispuesta a lo inesperado —entendiendo lo inesperado como la posibilidad de arrepentimiento, decepción o incluso el reniego de atender a la tentativa de una obra apenas como un emprendimiento unipersonal privado sin un sostén literario y editorial que le permita a tal dispositivo textual valerse por su propia inventiva, sin necesidad del chantaje emocional biográfico de la intención personal—. Stand 1: Provincia de Salta; Stand 2: Feminismos, Prevención ILE; Stand 3: Testigos de Jehová.
Son más las editoriales que se funden que las que se fundan. Que nos encaminamos irrevocablemente a ferias por suscripción, hechas a partir de cubículos de call center, cada esclavo con su propio changarro de onanismo gráfico, lleve señora lleve, lleve por favor que mis hijos me esperan en casa, lleve para sus hijos, lleve señora lleve. De hecho, se trata menos de una problemática económica y/o industrial que una cuestión conceptual ontológica; Gilberto Mariscal Subelza no es que ignore que América ya existía antes de que la nombraran América, lo que sucede es que la noción misma de “feria editorial” o “editorial” le resulta vago, impreciso, no entiende. “Pero si es el autor el que crea el arte”, se indigna. No le es sencillo concebir o, en realidad, digerir el hecho de que su obra impresa por un sello de servicio en papel blanco de fotocopiadora sin mayor cuidado que el de procurar una cantidad de ejemplares que le alcance para repartir en la escuela de sus nietos, no puede estar en los lugares que él está decidido a sentir que merece. Los otros stands: ONU, robótica, comité del bicentenario, comunidad islámica, refrescos con antioxidantes. El resto: poemarios de tapas espaciales símil galaxia erótica, ia rudimentaria, fotografías estilo obituario, banderas, caricaturistas presidenciales, más banderas, el principito nueva ilustración, el principito nueva aventura, los principitos, más banderas. El estacionamiento es amplio.
Cita: Andrés Navarro. “Es algo bien interesante para tener en cuenta lo que está haciendo Edunse, que es en relación a otras editoriales universitarias del país, bastante nueva. Hay un recambio: que se sigan haciendo las publicaciones estrictamente académicas pero al mismo tiempo estar abiertos, y atentos, a por ejemplo una primera novela de alguien que no es de la universidad, es una apuesta”. Terminamos hablando de este tema: el paso gigantesco que representa para editoriales universitarias el publicar literatura, obras completas y colecciones completas (como es el caso de Edunt y Eduvim, respectivamente). Sin embargo, no se puede hacer oídos sordos a lo que pide el público del otro lado de la mesa: crecimiento personal, finanzas, texto instructivo, palpable, lo más empírico posible. Cita: Rolando Vargas. “Eucasa 100% de inefectividad, ni un libro vendido”. Por esos días, había sido el feriado religioso por el Día de la Eucaristía, y si no se vendieron los libros Charles Darwin y la religión y El aporte de la ciencia a la teología eucarística, no fue por falta de atención sino porque ya hay bastantes santerías y tiendas de biblias en todo el predio ferial. Católicas y adventistas, estatuillas y rosarios, cosplayers bíblicos en modus recreación de semana santa, pastores con saco y corbata que reparten folletos, estampitas, ofrendas florales, alianzas.
Gilberto Mariscal Subelza hace cara de pájaro aturdido cuando le pregunto por un posible panorama editorial. No sólo ignora, sino que descree. Como si un krishna de aeropuerto le estuviese chamuyando sobre planetas otros. Por lo menos el primer y segundo día, no logra comprender la diferencia entre editorial e imprenta, entre catálogo y sello de servicio. Usos comunes: cumplir el sueño de tu libro (la segunda persona como sello indiscutible del esquema Ponzi), familia comunidad secta, hacemos realidad, ¿imaginaste alguna vez?
Una acotada lista que siempre está sujeta a dos columnas —en actividad y fuera de actividad— arroja los siguientes sellos en la provincia de Salta: ARU editorial, Mundo Editorial, Mundo Gráfico, Aráoz Ediciones, Crisol Ediciones, Ediciones Artesanales del Duende, Editorial Juana Manuela, La Aparecida Ediciones. Por aparte, editoriales independientes en serio: El Demiurgo, Fundación Cultura Analítica, Ya era, La Juana Cartonera, Libros del Taller Azul, Ediciones del Trópico, 22 Vientos. Las institucionales: Fondo Editorial de Salta, EUCASA, EDUNSA, Universitas. Y colectivos: Micrósfera, Movimiento Gótico Norteño. Sin embargo, son otras las provincias argentinas en las que residen las editoriales donde publican la mayoría de los autores salteños con actual relevancia: Jujuy (Fernanda Salas), Córdoba (Daniel Medina, Raquel Guzmán, Fabio Martínez), Santiago del Estero (Noelia Gana, Gaetano Tornello), Tucumán (Rafael Caro, Marco Caorlín), Buenos Aires (Grimanesa Lázaro, Lucila Lastero, Carlos Aldazábal). Y a esa sucinta lista le seguiría el paréntesis “y viceversa”.
Cita: Damián Tavarovsky. “El autor es sagrado”. Si el lector no es sagrado, y pocas cosas en este mundo lo son, cabrá preguntarse si el libro dejó de serlo por ineficacia o por la intención de fingir que hasta los errores ya impresos son deliberados.
Descuartizados estamos todas las palabras, todas las bocas, no sé si se puede hacer algo al respecto. En esta especie de incesto artístico —lo endogámico como una propuesta de contención y defensa contra la anomalía de todo sector cultural— el poeta parece sentirse ofendido cuando no lo incluyen en tal festival o tal ciclo de lectura, y por tanto decide no ir, no atender, no aprender, no escuchar al otro, sino despotricar desde la ausencia contra esa falta de respeto de no haber sido incluido. Lo despótico desde lo grupal, la validación desde el compañerismo, la legitimación desde el amiguismo preferencial. Otra vez: ¿y el texto? La pregunta se repite porque, en este mecanismo prepago de la circunscripción y el coleccionismo de certificados de participación (así sea de un congreso oficial internacional o de un corso comunitario de invierno por el aniversario de Nueva Chicago), la dinámica se basa en incluir a todos, aplaudir a todos, felicitar a todos, no cuestionar nada ni a nadie, y nunca analizar de más (no vaya a ser que la persona detrás de la página escrita sienta que la atacan). La circunscripción y el sentido de identificación como principio indiscutible genera sociedades embrutecidas por el positivismo materialista, desesperados por ser y estar (quieren ser escritores pero no quieren sentarse a escribir, quieren ser reconocidos como tales pero sin el arduo trabajo de editar, corregir y erigir un montaje preciso de obra), y el resultado siempre será en beneficio de quien cobra y nunca en beneficio del autor-miembro.
En Un poco demasiado: notas sobre el chantaje del presente, Maximiliano Crespi nota que “la obra ya no es ya como otrora la prueba de la virtud técnica del autor; son sus intenciones, su voluntad y su entereza personal las que se imponen como validación de la obra. En tal contexto, a los autores se los reconoce más por el coraje que por el talento con que cuentan sus ‘dramas personales’”. Esta saturación, esta perspectiva de la escritura como simple ornamento del yo, hace que el libro deje de ser un bien cultural, un producto artístico o un proyecto de trama y experimentación, y pase a ser apenas un testimonio parcial que pretende valer porque sí: porque el acto de autopercepción de la voz propia grita por encima de la invención, lloriquea por encima de la teoría, el autor se conmueve consigo mismo y termina odiando a todo aquel que no responda afirmativamente a su concepción sentimental y no simbólica, emocional y no filosófica, celebratoria y no pensante.
Por la presente me voy con paso de murga. Este espíritu de la carencia ya materializado en libro impreso, al mismo tiempo que propugna un mercado en común donde tales producciones -como orquídeas de invernadero que no sobreviven fuera de su propio ambiente- no tendrán posibilidad de lectura fuera de sus estamentos conocidos, permite preguntarnos si da lo mismo o si se trata de un indicio de en qué nivel de reflexión y lectura se encuentra una comunidad. Una comunidad que orgullosa se rasca la espalda contra la pared de su propia ignorancia colonial, que se retira del recinto agitando el pañuelo para no oír la larga lista de errores que debió corregir.
No hay nada peor que una persona que entra a una librería y sale con las manos vacías y el ceño fruncido. El lugar común dicta que se debe inequívocamente a los altos costos de los libros que, dice Zambra, ya tienen precios exclusivos para coleccionistas; pero también acaece la tristeza cuando no dan ganas de llevarse nada: del no poder haber hallado, aunque sea, una cosa interesante. Ahora, imaginar el cuadro previo. Hace algunos años, en una feria de libros que por entonces se realizaba en la Biblioteca Provincial Victorino de la Plaza, un hombre, mirando y hojeando libros por los stands, preguntó: “¿Cuánto cuesta publicar con ustedes? Mi nuera tiene un libro, ella escribe cuentos para niños, los escribió para mi nietita”. (Explicación, editorial de poesía, no se trabaja por encargo, no se reciben manuscritos no solicitados, breve asistencia editorial). “Ahh ya… ¿Y cómo puede hacer ella? Mirá que es muy buena, es maestra, trabaja con chicos especiales. ¿Vos no la podés ayudar publicándole su libro? Ella sueña hace años con publicar su libro”, “Dígale que para dedicarse a esto es mejor no soñar y estar, preferentemente, bien despierto”.

(Tartagal, Salta, 1990) es escritor y editor. Publicó las novelas Hikaru (Nudista, 2018), Cacería (Nudista, 2022) y Diosas mutantes (Nudista, 2024), y los libros de poemas Cuando llegue el fin de los tiempos (Almadegoma Ediciones, 2017) y Ceremonia del fuego (Funga Editorial, 2024). Recibió el Premio Literario Provincial de Salta (2018 y 2023), la Beca Creación del Fondo Nacional de las Artes (2019, 2021 y 2022) y el Fondo Ciudadano de Desarrollo Cultural (2021, 2023 y 2025).



