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ISSN 2684-0626

 

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Una conversación perfecta

Por Sol Aliverti |

La partida

 Toda disposición al diálogo está sometida al malentendido. Sobre todo, con desconocidos: hablar es lanzar una red y esperar que algo vuelva con nosotros. A lo sumo, será como esa pesca con mosca, en la que la criatura será devuelta al agua luego de ser debidamente observada.

En una terminal eso sucede casi siempre. Llego temprano a la de Córdoba para viajar rumbo a Tucumán, al Festival Internacional de Literatura. El taxista me dice, mirando por el espejo retrovisor:

—¿No es cierto?

Me saco los auriculares pensando que me pide instrucciones para el viaje.

—¿No es cierto qué cosa?

—Lo de Sampaoli.

—¿Qué pasó con Sampaoli?

—Que no le entran balas.

Yo no sé quién es Sampaoli, y no sé tampoco por qué es que la bala no le entra, así que pago y entro buscando la plataforma donde vendrá el colectivo. Es parte del apuro entender que puse mal los auriculares en la cartera y que los cables se rompieron en el afán de bajarme rápido. Entro a un negocio de celulares y le pido unos baratos, cualquiera. Mientras el hombre estira su cuerpo para alcanzarlos, me quedo mirando las vitrinas multicolores. Una radio a todo volumen retumba en la entrada y se mezcla con el murmullo de la gente arrastrando las valijas.

—Tampoco es para tanto, que manera de mentir estos tipos.

Me doy vuelta, él ya está abriendo la caja para que los pruebe, mientras insiste.

—Yo a estos los mato enseguida, el truco es saber a quién matar.

—¿Me estás hablando a mí?, respondo incrédula.

El hombre desenrolla los cables sin mirarme.

—Es que yo ya sé cómo son esos juegos: te dicen que son ilimitados, pero en realidad cuando se mueren los administradores, se terminan. Yo siempre mato a los administradores.

Hace una pausa.

—Todos me preguntan por qué hago eso, yo no sé por qué soy así.

Me acerco al mostrador, enchufo los auriculares al teléfono. Servirán para el trayecto. Le doy las gracias, pero él ya no responde. Lo veo acomodar unos juguetes en el estante de vidrio que está a sus espaldas.

La partida se atrasa: abro la ventanilla y veo a una mujer hablando con el chofer. Escucho: está viniendo del hospital. Escucho: se acaba de infartar, por eso tardó. Pienso: ¿se infartó y va a viajar igual? Escucho: yo también me infarté una vez. Escucho: ya viene. El chofer responde: ¿Va a subir señora? El drama pierde fuerza y cierro la cortina. El colectivo avanza, la mujer a mi lado se duerme escuchando consejos para regular el cortisol. Le toco el hombro: o lo baja o lo apaga. Pienso: casi nunca hay malentendidos cuando se dan dos opciones claras.

La promesa

La última vez que estuve en Tucumán fue hace unos 10 años. Recuerdo vagamente el camino al cerro. No había en esa visita ninguna pretensión turística, y sin embargo vuelve por el contraste: ahora veo los naranjos, ahora sé que las naranjas se caen al piso y se pudren. El cliché puede ser vagancia conceptual o síntoma de una mirada que no se acostumbra a lo obvio. A mí me gusta decir que Tucumán es una ciudad con naranjos, aunque sea un dato viejo, sabido.

El departamento donde estoy tiene vista a un cerro, y la luz de la siesta entra ocupando todo el cuarto. Un gato blanco aparece asomando su cabeza. Su confianza no tiene matices ni ambigüedades, aun tratándose de un felino: se sube a la cama, da vuelta el lomo, pide que lo rasque. Su dueña toca la puerta: se llama Helena, me pide disculpas por la irrupción del gato al mismo momento que su perro Rocky entra a toda velocidad y también se sube a la cama. Rocky no parece escuchar órdenes. No sé el nombre del gato. Pero sé que tampoco seguiría ninguna directiva en caso de ser llamado. Cuando me despido de Rocky, el gato y Helena, vuelvo al dormitorio.

En la cama está mi libro. Lo habíamos sacado de la caja unas horas antes con Facundo Íñiguez, el editor, en su casa. Habíamos tocado su textura, revisado sus terminaciones, haciendo exclamaciones pequeñas. Una alegría consumada, perfecta.

Pronto nos apuramos para ir al Museo, donde se hace el festival. Hace calor ese día en Tucumán. Cuando llegamos al stand de la editorial, el libro ya es una cosa en el mundo. Nos quedamos observándolo, junto con los otros libros que se acomodan uno al lado de otro, y de otro, y de otro, en un patio que va a reunir a otros editores que también pondrán sus libros, uno al lado del otro, y del otro y del otro. Un ecosistema delicado, donde la convivencia no es un gesto forzado, sino condición de existencia. El Festival cumple diez años. Eso es una promesa cumplida y algo por venir. Pienso que una promesa es un malentendido que se interrumpe.

El festival

En el centro del Museo hay una glorieta que funciona como escenario. La charla programada para esa hora comenzó puntual. Las mesas están distribuidas cerca de ese pequeño escenario y hay gente que se sienta a escuchar mientras otros pasan ya desfilando por los stands de las librerías que tienen, en su mayoría, libros que no podrán ser encontrados en ningún otro lugar. La expectativa también es doble: el interior —esa reacción involuntaria a un centro— termina irradiando lo mismo que dice rechazar. Pero por dos días el centro de gravedad se inclina hacia acá, hacia ese patio, esos libros, con la potencia de un nacimiento. Allí y solo allí. Que Dios no atienda en Buenos Aires, aunque sea por dos días, da un aire de triunfo secreto. Y no es poco: obligarlo a mirar para otro lado es, a su manera, fundar otro centro.

Los aplausos suenan dispersos y se pierden entre otras conversaciones. Los festivales son también un lugar donde nos encontramos con otros escritores. Me entusiasma y me atemoriza la idea. Lo que ellos pensarán de mí y lo que yo pensaré de ellos luego del encuentro es un pacto que conocemos y que rara vez decimos. Pero esta vez lo digo: hay escritores que me gusta conocer. Intento ser explícita en los encuentros que tenemos en ese patio. En el fondo, la intención de todos es la misma: que el libro toque algo que no sea sí mismo. Pero la intención también es un malentendido: a veces, en el camino, un libro encuentra una intención que no estaba prevista. Por eso un festival también es terreno para la sorpresa.

Me apresuro a llegar a una mesa que va a darse en el auditorio. Es una conversación que se da todos los años, o casi todos. Algo que vincula la biografía de los invitados con su trayecto, con su escritura. Cuando entro la charla está empezada.

—Creo que no entendí bien la consigna —dice Betina González, mientras en la pantalla se proyecta un pin de Andy Warhol.

—Creo que yo tampoco entendí la consigna —dice Santiago Loza, y en la imagen aparece una máquina de escribir.

Camila Plaate, Javier Nadal Testa y Rosalba Mirabella también están en la mesa. Aunque no llego a escucharlos, sonríen frente a las intervenciones. Interpreto que todos han hecho con la consigna una nueva máquina de crear. Las historias que cuentan, sin embargo, hacen que el fallo refulja: lo que dicen es suficiente y bello.

—Todos entendieron la consigna —dice Sofía de la Vega al cerrar la mesa—, solo que la entendieron a su manera.

Algo así sucede con la mesa en la que me toca participar junto a María Lobo, Luciano Lamberti y Sofía. La propuesta es hablar de los géneros y de su pertinencia como dispositivo. Aranxa Laise, la coordinadora de la mesa, hace la primera pregunta. La pregunta también es un dispositivo. Todos nos disponemos a responder cómo sabemos qué tipo de género pide cada historia, cuál es el formato que hace que la historia falle menos. Pero la ecuación es anterior y de tan obvia, es secreta: el lenguaje, el primer dispositivo, siempre falla. Aun así, discutimos sobre la idea de un abordaje de una literatura que responda a su propio mandato, a su propia respiración. La mesa tiene la tensión necesaria que posibilita lo individual, el contraste. Nietzsche decía que de tanto usar los conceptos olvidamos que son conceptos, como una moneda que de tanto pasar de mano en mano pierde su cara. Cambiaría la palabra concepto por la palabra lenguaje. Este podría ser un festival de lo que falla. De lo que triunfa al fallar.

Un festival así también es una conversación perfecta que se da fuera de la vista de todos. Como las conversaciones que se tienen con un amante. Con un amante todo malentendido es una fiesta, una carnada, un botín. El roce se aprovecha, cualquier gesto pequeño es un gesto de amor total. Así que festejamos con lo que podemos: me alegro tanto incluso, que cualquier rabia chiquita se vuelve festiva.

Al final de la noche un micrófono en el patio se abre y comienzan a recitar, uno tras otro, una alegre alabanza al cumpleaños. Es cerca de la una de la mañana. Nadie tiene intención de irse. La música sube, nadie sabe qué canción suena, pero el sonido pega en el cuerpo que sabe que tiene que moverse. Y se mueve.

El perro

El camino sube entre las Yungas, a las afueras de Tucumán. En los parques que están a los alrededores hay gente con mesas, manteles y mantas de colores. Si todo domingo encierra la promesa de una festividad privada, acá eso parece tener su faceta más explícita.

Seguimos una fila de autos que se amontona y se detiene justo antes de una curva. Un hombre al costado se agarra la cabeza y vocifera mientras dos mujeres se acercan a la camioneta que detuvo el tránsito y está parada a mitad de camino. La gente se empieza a amontonar. Las mujeres se agachan debajo del auto. Se escuchan gritos. La comunicación se hace indistinguible, no a causa del malentendido, sino por la falta de velocidad del lenguaje frente al imprevisto. En el auto las palabras también nos salen lentas, atontadas. Que no sea una persona, pensamos. Una de las dos mujeres parece más decidida: se agacha, busca algo bajo el auto y se incorpora con un perro en los brazos. Tiene un buzo azul, unos pantalones negros, el pelo atado hasta la cintura. El perro es pequeño y marrón, y parece un osito de peluche: suave, con el pelo enrulado y dos orejas blandas y redondas que le caen al costado del hocico.

No es que lo recuerdo ahí, pero lo recuerdo ahora, mientras escribo: una de las discusiones que se había dado en la mesa en la que participé en el festival estuvo marcada por la idea del final. Las aguas estaban divididas: la literatura debía ofrecer principio, medio, fin. Ofrecer una estructura clara. Una historia era eso: no todo podía terminar en la intención de un personaje mirando el horizonte. Para mí los finales siempre fueron una demanda metafísica imposible. Pero quizás podría servir para algo: el sentido que cierra, la idea de que allí pasó algo.

—¿Está muerto? —pregunta una niña, cerca de lo que suponemos es la casa del perro.

La pequeña cabeza del perro cuelga. Los demás niños ven la escena quietos mientras la mujer entra silenciosa a la casa.

*Fotos Prof. Dra. Miriam Farías – Jefa del Dpto. Prensa del MUNT.

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