Al concretarse la 22º Feria del Libro de Jujuy, y siendo la primera edición en haber contado con un corredor de editoriales independientes, Pablo Espinoza de Almadegoma Ediciones ejercita una retrospectiva de lo que han representado las ferias y festivales: cómo es estar de ese lado del stand.
Por Mario Flores |

Dos dimensiones: lo que sucede de este lado de las páginas impresas, lo que se dice y lo que se oye, lo que se comparte y se devuelve. Lo que sale de los altoparlantes. Pero del otro lado de los stands de libros suele suceder otro evento paralelo: quienes se encuentran de ese lado conversan entre sí, con su propio lenguaje y códigos propios de un mundo vasto a su manera y restrictivo según su mística. Toman mate, fuman, hacen números, pasan contactos, bostezan. Sostener el libro como producto cultural requiere de amplia paciencia y fascinación por el ejemplar que se está vendiendo: horas y hordas de alumnos que toquetean, consultas de desesperados por publicar, regateadores seriales. Charlas con otros lectores, otros editores, otros poetas. Mientras tanto, las actividades (la vida) siguen su curso normal: a lo lejos se oye la música del número escénico de turno. El interés de indagar cómo se vive de ese lado de las mesas el recorrido general de una feria, un festival, una jornada institucional, orgía intelectual o juntada alternativa, viene justamente por saber apreciar aquel gesto amoroso de poner cuerpo y voz a que los libros viajen donde no viaja el autor. El editor o librero independiente pasa largas travesías de quietud y aburrimiento, conversación, lectura o ataques de pánico, horas ¿llenas de qué?
Después de tantos años de ferias, presentaciones y festivales, las preguntas que se hacen a (o entre) los editores suelen ser las mismas repetidas (qué se rescata de la experiencia, qué problemática es la principal, qué aprendiste y qué se recomienda). ¿Cuál hecho de feria se puede mencionar como un antecedente importante en la estructura editorial de Almadegoma?
En algún momento del 2005 o 2006, no recuerdo bien (y no tengo registros porque Meta decidió cerrar mis cuentas de facebook e instagram de Almadegoma y con ello perdí años de registros), con un amigo historietista (Sebastián Velásquez) decidimos organizar Calidoscopio – Feria de publicaciones independientes, tomando como referencia lo que se estaba organizando más allá (F.L.I.A. en Bs. As. y Libros Son en Córdoba…). Durante algunos años Calidoscopio se constituyó como un espacio itinerante donde podías encontrar todo lo que en ese entonces se estaba haciendo en materia de libros, revistas, fanzines y producciones discográficas, no solo a nivel local sino también a nivel regional y nacional. Durante un tiempo mantuvimos ese espacio entre los dos (alternativo y autogestivo siempre), después Sebastián se mudó a otra provincia y lo mantuve un tiempo yo solo. Después de eso me asocié con otros amigxs y vinieron los festivales de poesía (Sumergible, Relámpago y Banzai!, entre otros).
Esta estructura editorial a la que me refiero es: unipersonal (porque sos el editor integral de todo el proceso) y de catálogo (porque la selección de los textos publicados responden entre sí todas estas preguntas). Con el paso de los años, muchas dejan de funcionar y se inauguran otros sellos. ¿Cómo experimentaste esta especie de trabajo finalizado con algunas editoriales, y el diálogo de publicación que surge con otros sellos nuevos?
Siempre produce un poco de tristeza, porque muchos de esos proyectos editoriales que fueron quedando en el camino tenían catálogos súper interesantes, y no podés evitar preguntarte qué otras cosas copadas hubiesen publicado si siguieran en actividad. Pero también es cierto que todo el tiempo están surgiendo editoriales nuevas y eso está buenísimo, porque cada propuesta nueva tiene un estilo bien definido y diferente del resto. Creo que el ecosistema de editoriales, al menos regional (que es el que a mí me interesa) tiene una salud bastante fuerte. Actualmente Meliza Ortiz (cuyo libro El camino del kumquat, publicado en 2025, ya va por la tercera impresión) está moviéndose en festivales y eventos con su librería itinerante. Eso es una novedad para la forma de trabajo/circulación que tengo, porque ahora los títulos de Almadegoma pueden estar disponibles en lugares a los que yo no puedo asistir, por ejemplo.
En términos estadísticos siempre se consulta cómo funcionó o van a funcionar las ventas, estrategias de hacer circular stock, si hubo novedades o complicaciones. Otro modo de preguntar si «se puede vivir de vender libros». ¿Cómo fue el recorrido de tener que vivir con esas estadísticas?
No me gusta hablar en términos de ventas. Sobre todo cuando comprar libros sigue siendo un privilegio. Eso lamentablemente no va a cambiar y es, creo, la única parte ingrata de esta actividad. Sí puedo decirte que con los años encontré un formato que me permite ofrecer títulos a precios amigables sin tener que resignar calidad. Eso permite que el material circule y que la gente no tenga que lamentarse tanto al momento de obtener un título de Almadegoma.
Los títulos actualmente en catálogo son quince. En proceso de trabajo tengo tres nuevos (dos en etapas de corrección, diagramación y uno ya a punto de salir en preventa). Uno más para salir antes de fin de año y creo que con eso ya está por este 2026. Me pasa que por ahí pido hoy material a alguien y me lo envían a la semana, o dos años después. Entonces si al momento en que me llegan los textos no estoy trabajando en nada, lo vemos. Se lee y, si va con la línea de la editorial se corrige; nos ponemos de acuerdo en las correcciones y le damos para adelante. Generalmente mientras trabajo la diagramación de cada título también me concentro en la gráfica que va a acompañar ese título: arte de tapa, stickers, pósters y todo lo que pueda acompañar la salida del libro nuevo. Todo trabajado al mismo tiempo para que el concepto general sea uno solo (al menos en mi cabeza). Nunca planifico una cantidad determinada de títulos por año, eso se va dando de acuerdo a los autores, dependiendo cuánto demoren en responder un pedido de textos.
Esto de estar llegando a cinco títulos en un año, o al menos tener cinco en camino, es una novedad, pero tiene también que ver con las incorporaciones tecnológicas que menciono en otro punto y obviamente a la gente, que sigue acompañando a este proyecto.

En el caso de Almadegoma los precios que describís como amigables: ¿cómo crees que se han manejado estos valores en los distintos catálogos del norte argentino?
Un libro no debería ser un objeto de lujo (como tantas otras cosas), pero estamos aquí y no queda otra. De los precios de otros catálogos no puedo opinar, no sería ético de mi parte. Sé que imprimir y toda la logística alrededor de producir un libro es costoso, y más si pretendés vivir de eso o por lo menos recuperar algo de lo invertido. Pero creo que siempre hay otras opciones: pensar quizás en tiradas más reducidas, en otras formas de circulación… Opciones siempre hay, sobre todo para que el lector no deba vender un riñón para comprar un libro.
En las ferias de libros, independientes llevadas a cabo por grupos editoriales o asociados de alguna locura que tenga que ver con libros, o las ferias provinciales organizadas por los gobiernos, ¿qué se podría mencionar desde el punto de vista de quien está del otro lado del stand?
Te sorprenderías de la cantidad y variedad de espacios en los que pude participar como feriante en estos casi 20 años; desde ferias de libros provinciales hasta festivales punks, fiestas temáticas y actividades igualmente bizarras. Siempre voy a preferir aquellas donde los espacios oficiales de poder no quieran meter sus narices para adueñarse del esfuerzo ajeno. Por suerte siempre pude elegir qué invitaciones aceptar y cuáles no. Cada experiencia es diferente en cuanto al trato con quienes organizan, pero lo que no cambia es la recepción del público. Siempre encontrás lectores y ese es el objetivo principal de todo esto.
El punto de vista de quien está del otro lado del stand, me refiero por supuesto a: la cantidad de horas de feria (y cantidad de días), el flujo de gente con la cual se conversa, traslado y burocracia, etcétera. ¿Cómo se hace? Suponemos que se disfruta, pero, ¿qué incumbencias en el papel de testigo de lo que sucede en el marco total de una feria de libros se pueden mencionar?
Es una cuestión de fe, de creer que lo que estás proponiendo a los futuros lectores vale la pena y que diste tu mayor esfuerzo al momento de armar cada libro. Porque siempre vas a tener que poner el cuerpo, y si no lo hacés con convicción no se disfruta. Cada feria conlleva una gran responsabilidad, y no lo digo por la referencia fácil. De verdad es mucha responsabilidad y compromiso. Tenés que revisar el stock, preparar el material, asegurarte de tener el tiempo para cumplir con las fechas y después tenés que cumplir con los tiempos propios de la feria. Estar ahí desde el inicio hasta el cierre, para cada nuevo posible lector que se acerca y no conoce el proyecto. Poner el cuerpo, literalmente. A veces, durante las ferias que se llevan a cabo en festivales o actividades que tienen una programación simultánea, no te queda otra que perderte de algunas cosas. Salvo algunas muy pocas excepciones, siempre hay gente curioseando, preguntando, comprando y por más que alguien te cubra en la atención de tu stand, siempre es mejor ser uno mismo el que reciba al público y poder contar medianamente de qué va cada título.

Pablo Espinoza nació en Jujuy en 1985. Es escritor, editor y artista gráfico. Publicó los libros de poemas Nunca te enamores de una actriz de teatro (2005), Cuadernos de un luchador mexicano (2011), Muchacha indie (2014), Mi monstruo punk (2016) y Diario de un derrumbe (2025). Desde 2007 lleva adelante el sello independiente de edición artesanal Almadegoma Ediciones.

(Tartagal, Salta, 1990) es escritor y editor. Publicó las novelas Hikaru (Nudista, 2018), Cacería (Nudista, 2022) y Diosas mutantes (Nudista, 2024), y los libros de poemas Cuando llegue el fin de los tiempos (Almadegoma Ediciones, 2017) y Ceremonia del fuego (Funga Editorial, 2024). Recibió el Premio Literario Provincial de Salta (2018 y 2023), la Beca Creación del Fondo Nacional de las Artes (2019, 2021 y 2022) y el Fondo Ciudadano de Desarrollo Cultural (2021, 2023 y 2025).



