Por Gabriel Gómez Saavedra |
La lengua de Inés Aráoz tuvo que atrapar las innumerables dimensiones que ofrecen la extrañeza de las ciudades, las viejas montañas, un cielo resignificado por la altura de una araucaria o la historia que cargan en silencio algunos individuos que pisan la nieve o el mar, entre tantas otras manifestaciones de belleza frágil, para ser capaz de cuajar un ojo tan hondo como el que piensa oscuro en un caballo parado frente a un cañaveral que se incendia en un agosto tucumano, y al que convierte en el periscopio al que accede tan pitonisa y tan niña para llegar a fundar feudos de armonía poderosa (Casa Barco, Macomitas, Yacanto…) donde desarrolla sus melodías de encantamiento, y cuyos nombres parecieran ser escuchados por primera vez, por su carga de imaginería, cuando el poema los despliega.
Estos textos inéditos de Inés Aráoz no son más que otra certeza de la huella innegable que es su lengua en la tierra de la poesía y que, con cada línea que leemos de ella, nos coronamos mientras desgranamos astros sutiles por el canal del espíritu (“En los despojos las plenitudes”).
LAS DOS ORILLAS
Era en los ojos de la gaviota donde
brillaba toda la historia, según se
mirara para uno u otro costado.
Asentada sobre su estilizada y única
pata, su cuerpo claro se alzaba alerta a
la orilla del mar, sus ojos las dos
orillas y el pico amarillo el timón de
esta moderna Babayagá. En uno de sus
ojos se veía un barco pesquero con
dos tripulantes, un capitán que llevaba
bordado en el borde del bolsillo de la
camisa su propio nombre Hermitte, y
una mujer de larga cabellera roja. En
el otro ojo se veía el arco que describía
un pequeño objeto de luz botado por
una ballena y que la marea arrastraba
hasta la playa. El pico amarillo de la
gaviota lo señalaba. El pequeño objeto
de luz y su arco era, junto al barco
pesquero, segregación de una historia
de amor desgraciada, de amantes
malavenidos.
También en los ojos de la gaviota
brillaron desde el primer momento los
varios kilómetros de costa hasta el
Retorno y en la cara de los caminantes
las ardientes espinillas de la bruma
que aceleraban el ritmo de la marcha.
Y si uno miraba bien, se abrían ante
uno los distintos paisajes, las muchas
lecturas, y hasta el pleno crecimiento
de un ciruelo reina Claudia de ocho
metros y el azoramiento del joven
biólogo que lo había plantado solo
unos días antes y lo rondaba. En los
despojos las plenitudes
(2012)
TORRES
Los dioses, al parecer, me han puesto a
erigir torres de cubos sobre una balsa
de madera, la balsa misma con una
araucaria torre que llena el aire con el
olor de sus resinas. Qué dioses -se me
dirá. Presumo, los del amor. Qué otros
habrían de tratar con niños. Cada
torre erigida, erigida está sobre su
nombre, son todos nombres indios (no
digo mágicos para que no se me crea
idiota): Yacanto, Macomitas, y tantas
otras, que habían de derrumbarse
luego, luego no, simultáneamente
diría, si se entiende, con los vientos de
los tiempos (hablaban los viejos
campesinos de huevos del viento,
cuando no llevaban galladura). No
eran torres importantes, ni tan
visibles, ni respondían al impulso
creador del gran diseño, no eran
muros de sangre, ni de fuego. Sí de
amor si lo es vivir y me servían para
descubrir el mundo, el pequeño
mundo alrededor.
(2012)
NOTAS
-Y aprendemos, finalmente, a manejar con cierta soltura el lenguaje de la
invisibilidad, aupadores de los vientos del silencio -preserváranse el hueso
y el latido profundo, la surgencia del agua en la boca del mundo, la
inquisición de la raíz en lo hondo de la tierra, el extrañamiento de la orilla
sagrada hacia la cual bregamos-; invisibilidad que atildamos con algunos
nombres propios o con la diligencia de nuestras manos en el brebaje de la
pura acción. Algunas otras palabras iluminadoras como ética también se
involucran en el discurso.
9/2023
Inés Aráoz (San Miguel de Tucumán, 1947). Realizó estudios de Lengua y Literatura Inglesa, Lengua Rusa, Música y Luthería. Publicó los libros de poesía La ecuación y la gracia (1971), Ciudades (1981), Mikrokosmos (1985), Los intersticiales (1986), Ría (1988), Viaje de invierno (1990), Las historias de Ría (1993), Balada para Román Schechaj (1997, 2006 [versión bilingüe español-ruso], 2024 [con traducción al francés]), La comunidad. Cuadernos de navegación (2007), Echazón (2008), Pero la piedra es piedra (2009), Agüita (2010), Notas, bocetos y fotogramas. Porciones autobiográficas (2011), Rojo torrente de fresas (2012 [traducciones de Anna Ajmátova y Marina Tsvjetáieva]), Barcos y catedrales (2012[antología]), Haré del silencio mi corona (2013), Al final del muelle (2016), Todo estaba diseñado para que el caballo rozase apenas la montaña con su cola (2018), Otras lenguas (2019[con intervención de fotografías de Mercedes Roffé]), En la Casa-Barco. Obra reunida (2019), Paisaje con figura (2022) y Entronque de cielo y tierra mis pies (2025). Obtuvo mención y recomendación de publicación en el Premio Bienal de Poesía “Ricardo Jaime Freyre” (1981), mención especial en el Premio Nacional de Poesía (1984-1987) y el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras (2019).

Concepción, prov. de Tucumán, 1980. Publicó la plaqueta Huecos (Ediciones Del Té, 2010), y los libros Escorial (Editorial Huesos de Jibia, 2013), Siesta (Ediciones Último Reino, 2018) y Era (Falta Envido Ediciones, 2021). Entre otras distinciones, ganó el Premio Municipal de Literatura San Miguel de Tucumán – Género Poesía (Región N.O.A.) y fue seleccionado por el Fondo Nacional de las Artes como becario del programa Pertenencia: puesta en valor de la diversidad cultural argentina.



