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ISSN 2684-0626

 

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Acerca de Pueblo chico, de María Diaco

Por Fabiana Ale |

Los escenarios cotidianos encierran historias que aguardan ser contadas. Personajes cercanos, reconocibles al cruzar la calle, salen al encuentro al aventurarnos en la periferia de la capital, en otras ciudades y barrios de nuestro Tucumán, o bien, en los suburbios de La Paz o en un camino de montaña en Villazón. Los ocho cuentos que integran la colección Pueblo chico (2023) de María Diaco, se abren paso entre caseríos añejos o mercados insólitos para tejer historias de mujeres, en las que asoman culpas, rencores, pactos de silencio y sororidad.   

Acerca de mujeres que pierden su voz

Personajes frágiles, atrapadas ante los mandatos heredados que van coartando su ímpetu vital; es el caso de “La calle de las brujas”, “El último acto” y “Pueblo chico”.  En el primero de los cuentos, La Paz y el famoso “mercado de las brujas” es el marco de los fracasos maritales de los protagonistas tras la pérdida de un hijo, ligado al rencor y a una profunda insatisfacción.  Perpetuarse a través del hijo constituye el único deseo posible y excusa de la protagonista para aceptar el objeto mágico. En este relato, “La pata de mono” (1902) de W. W. Jacobs se recrea en los tugurios de un almacén prometiendo a su devastada interesada el cumplimiento de su deseo, pero, como la tradición literaria lo plantea, el pacto con el diablo, en cualquiera de sus manifestaciones, siempre lleva a mal puerto y la protagonista no queda exenta de esa condición. 

Por otro lado, “El último acto” sorprende al lector con la historia de una joven ayudante y esposa de un afamado mago, presa de la manipulación sostenida y de un femicidio cometido impunemente ante la mirada de los espectadores. La agonía de la víctima en su caja mortuoria y camuflada de espectáculo, pone en evidencia, metafóricamente, a tantas mujeres “encerradas” en la violencia doméstica, desangrándose lentamente, sin poder articular palabra, ante la vista de todos.

“Pueblo chico”, el cuento que da nombre a la colección, nos ubica en una finca en La Ramada, sitio que sirve de cementerio de los restos de presuntos femicidios, como el de la “rápida” Jorgelina, oculto durante años en un pacto de poder y silencio. El regreso de la narradora remueve su desaparición y se convierte en testigo del hallazgo de una cadena de crímenes que habían permanecido sin resolver ante la adormecida siesta pueblerina.

Acerca de falsos estereotipos

María Diaco deconstruye también ciertos estereotipos. Así, la mirada endulzada de la infancia como ingenuidad y pureza se pone en jaque con “Hay que matarlo”. En este cuento, Malena y Florencia, son dos niñas que en el día de su primera comunión se aventuran en la exploración de sus cuerpos, pero son descubiertas por su abuelo.  La necesidad de eliminar al ocasional testigo pone en marcha una decisión ominosa de “matarlo”. Lo perverso y lo siniestro, afincado en la infancia ante los ojos ingenuos de otros adultos, resulta impactante para el lector.

Del mismo modo, en “Peor que él”, un accidente automovilístico que culmina con la vida de un inocente, termina develando la verdadera naturaleza de una mujer que se precia de baluarte de honestidad y buenas costumbres. El personaje femenino, a punto de romper su relación con una pareja a la que menosprecia por sus defectos, irónicamente, resulta presa de la peor de las cobardías al permitir que un inocente sea culpado de un crimen que no le corresponde.

Acerca de la sororidad: unidas somos más fuertes

En otras ocasiones, frente al silenciamiento y la impunidad, se oponen férreos lazos de complicidad entre mujeres. La resistencia femenina se fortalece en el encuentro con otras. En el cuento “No hay remedio” los problemas de fertilidad de una pareja que acude a una curandera pueblerina, ponen de manifiesto el mandato de una sociedad patriarcal sobre la obligación de asegurar un heredero, y la responsabilidad ineludible de la mujer para concebirlo. En este caso, el personaje masculino, es liberado de culpa y resguardada su vanidad masculina por la ingeniosa “sanadora”. La aparición de un tercero, permite resolver el problema con un fecundo y secreto engaño, que une a las mujeres en un pacto silencioso y feliz.

Los crímenes de género asoman en el cuento “Los culpables”, tal vez el más intrigante de la colección. Ante el regreso a la ciudad de Banda de Río Salí, los ecos del pasado se avivan para la protagonista. Así, la violencia sobre la mujer se ficcionaliza a través de un personaje siniestro, el Rengo, responsable en el pasado del maltrato hacia su propia madre y del abuso infantil hacia la protagonista. El regreso a la ciudad permite el encuentro con el personaje, más refinado en su perversión. Las heridas del pasado laten, intactas y punzantes en el presente de la joven, quien experimenta una situación de acoso callejero:

 “…lo reconocí al instante, me cruzaba con el Rengo luego de casi veinte años. No podría retroceder. No podía retroceder. Antes de pasar por el frente del grupo, todos simultáneamente dejaron sus chistes y carcajadas, sentí el silencio atronador y el peso de miles de ojos sobre mí (…) empecé a temblar, como cuando era una niña (…) Impotencia de no saber defenderme, de agachar la cabeza y apurar el paso, de querer desaparecer del otro lado, huir de ese momento. Ojalá todo se desvaneciera una vez pasado ese momento, pero al llegar a casa, la tortura persiste, se demora en el cuerpo, lo envenena, lo debilita. Ojalá se pudiera huir del cuerpo, pero no se puede. No me queda más que asimilarlo, mutar, aunque en el camino me vuelva inmune y vil. Asimilar que estoy rota por dentro, hecha polvo y nadie puede romper el polvo. Así todos los años, años tras años”. 

El femicidio de doña Clementina, esposa de el Rengo, abre camino a las justicieras para urdir la venganza. La justicia por mano propia es inevitable y el Rengo en el pozo ciego resulta el castigo necesario para todos los Rengos y por todas las Clementinas.

Finalmente, “El motor del mundo”, cuento que cierra la colección, lleva al lector a un camino en las montañas de Villazón, en la frontera entre Bolivia y Argentina, a bordo de un ómnibus atiborrado de cholas y sus pertenencias. Un imprevisto en la ruta, la obstrucción de un camión volcado, desencadena la acción inmediata y organizada de las mujeres liberando el pasaje ante la mirada indiferente de los hombres. Así, la historia pone en valor la fuerza y la solidaridad femenina. Con sabiduría ancestral concluye un personaje:  

“las mujeres fuertes son fáciles de reconocer ¿sabe?, son las que se construyen unas a otras, no las que se destruyen. Que caminen mucho tus pies, querida, verás que somos el motor del mundo”.

“El motor del mundo”, un canto a la fuerza de las mujeres. Pueblo chico, un libro necesario. Solo nos resta celebrar que pertenezca a nuestra talentosa María.

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