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ISSN 2684-0626

 

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Página sobre página 55

Por Mario Flores |

Cae la tarde en Baoding. ¿Quién se suscribe a una revista hoy en día? No aquella pregunta a propósito cursi hasta la lobotomía de “¿quién escribe, hoy en día, cartas de amor en papel?”, derivado de quién usa el correo postal para enviar cartas escritas a mano, sino de otro tipo de anacronismo narrativo que va tramando una suerte de pequeña revolución idiota, una especie de rebobinado antropólogico dice Pablo Farrés. La escena de ‘Claro que puedo pagar un diario pero también puedo no pagarlo, como lo harían todos si pudieran’, de la ópera prima de Bielinsky, ya no sirve más: nadie recibe el diario en su casa (la versión impresa pasó al costumbrismo de bar o estación de servicio) y, con mucha más razón, ya nadie -los que sabían que podían no pagar y los que no- paga por esa bosta. Agarrá el diario, es más, llevátelos todos, metételos donde más te guste, dice el diariero. En lo que va del agonizante 2025, solamente he visto dos (2). Diarieros: otra raza en extinción. En Tartagal, la postal de la parada principal de ómnibus (aunque ya no hay transporte de colectivos) es un armario de lata oxidada, con restos de pintura azul, que imagino debe estar lleno de revistas. Viejas y usadas. Cosas que compran las docentes o las madres de pendejos inquietos que necesitan pintar fuera de los bordes y mezclar colores como les da la gana. Revistas de kiosco, sudokus y mandalas. Esa porquería. No hablo de revistas de literatura. O de periodismo cultural. Revistas no hay más. Tal vez nunca las hubo: revistas eran pliegos fotocopiados que llegaban de Salta capital y/o Tucumán, alguna vez de Jujuy. Pero, ¿a quién se le ocurre pagar por algo que está libre y en línea? Solamente a un idiota que lleva leña al monte o se rinde con facilidad a ese sueño de lo otro anacrónico: un portal. La revista es un portal, pero también quedan las dudas acerca de quiénes están ahí del otro lado, sosteniendo el hábito peligroso e incómodo de la lectura para que, de alguna manera, el portal exista . ¿Existe el portal si nadie lo atraviesa?

Es el último número de La Papa del 2025. Para cuando esta edición esté publicada ya sabremos quiénes ganaron las elecciones y cuántas cabezas rodaron en el desarrollo de las mismas. El marketing de vidriera juega a hacer balances de fin de año porque, como toda histeria que se precie de ser ombligo ontológico de la realidad misma, le urge repensarse en modo protagónico como si su único y parcial consumo fuera ley, estadística y planteo teórico demográfico. Los más vendidos o los más leídos, que no es la misma cosa pero qué importa a esta altura, si dará lo mismo para quienes estudien la lista como una paráfrasis capital, no una recomendación de lectura. Antes (o sea hasta el año pasado, tal vez), acostumbrábamos enviar estas “entrevistas colectivas”: ¿cuáles fueron los libros favoritos o cuyas lecturas fueron las más importantes de este año? Tenés que elegir cinco y, de preferencia o como un detalle de la consigna, que al menos uno de esos títulos sea de alguien de la provincia (o lo que se denomina (sic) autor local). Consignar título de la obra, autor, editorial y año. Si querés, añadís uno o dos párrafos para fundamentar tu elección (no una sinopsis o texto de contratapa, eso ya lo hace Google, sino un acercamiento a cómo tu posición de lectura se enfrentó a ese texto en particular). Los invitados eran otras autoras, psicoanalistas, artistas visuales, editores de sellos independientes o universitarios, y a veces simplemente lectores que no tenían por qué tener un CV artístico o cultural: eran gente que leía y, nada infrecuente, están mucho más actualizados -y afilados- sobre la literatura contemporánea de la zona que los propios ‘artífices de la palabra’. En fin, esas entrevistas ya no se deberían hacer más. La consigna como ejercicio panorámico de lectura es tan trivial como asiduo de una épica idiota: había gente que decía que lo mejor del dos mil y pico había sido un libro de Tomás Eloy Martínez de hace -por lo menos- cuarenta años; o sea, ponele voluntad, la concha de tu madre. Se dicen lectores, pero sólo escriben sobre sí mismos. Imposible establecer una instancia de diálogo alrededor de otros libros, otras literaturas, otras visiones, otros nombres. “Ay te cuento lo que me pasa a mí, yo siento que leer es…”. Y esa raza, lamentablemente, no está en extinción: es increíble pensar que esa gente coge, vota y se reproduce, pero a lo mejor su preponderancia en el ámbito del periodismo cultural o los circuitos editoriales no se debe a la práctica sexual sino a una ósmosis maligna. No sé si es por eso, pero de todas formas, esas entrevistas ya no se hacen más.

Otra cosa: las revistas gozaban (o se condenaron en su propia causa y por esa misma causa hoy son un género menor) de, ya dije, una épica del idiota. La épica del antihéroe editor, del director de renombre y su séquito, del genio incomprendido aislado del mercado oficial acompañado por eunucos con diploma; o la épica del grupo secta colectivo patota vanguardia cuya legitimación se funda en lo homogéneo. A diferencia de Literal, Crisis, Cerdos y Peces, Orsái -revistas de amigos, de conocidos, de compinches, de vecinos, de gente que se cruza en cafeterías, librerías o salas de espera del psiquiatra-, es muy distinto cuando un portal es atravesado por firmas disímiles de rincones geográficamente incómodos y alejados; La Papa: textos de autores de provincias diversas (sobre libros igualmente lejanos y heterogéneos hasta lo sórdido, en calidad y presencia) que muy probablemente no se han visto la cara jamás ni cabe la garantía de que esa posibilidad del compartir exista. De hecho, más de una vez los algoritmos y enlaces de la revista cruzó a escritores que, si se vieran en la calle, mínimo se putearían o se pasarían el auto por encima. Diego, un amigo nacido en el 86, me preguntó una vez, “Che, ¿y dónde se juntan los escritores?”, pensando, seguramente, en alguna película clasicista de ágapes románticos decimonónicos cuando los poetas se reunían a jugar a ser bohemios -creían en eso, en serio lo creían, pobres ilusos, manga de putos-, o (lo pensé, porque me acordé automáticamente de Leonardo Dicaprio) en el imaginario cinematográfico de Rimbaud y Verlaine, en el ajenjo y el opio, en las lecturas en voz alta entre ellos mismos como masturbaciones mutuas, en los bares nauseabundos de Villa Crespo o El Abasto, en los livings de Milita Molina o Laiseca, o de ese underground poético fisura que también se yergue -apenas- sobre una épica de histeria colectiva, de turba iracunda, de comunidad molesta para el relato social. Entonces, le digo a Diego, antes de decirle que el lugar de reunión podrían ser las ferias, a lo mejor ciertos festivales… de todos modos, pienso, no es buena respuesta porque tampoco es que sean escenarios del abrazo: son solamente eventos de la alegre coincidencia en medio de cajas y cajas, durlocks y stands. Le digo: “las revistas”. ¿Qué revistas?

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