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ISSN 2684-0626

 

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Anatomía de un saber en disputa: Archivo, sintonías afectivas y resonancias

Por Maximiliano Exequiel Castro |

Se describe a una ciudad con una herida y una cicatriz, un museo sin edificio que se arma y se desarma, se cae y se erige entre la promesa y el olvido. La constitución de la imagen de esa ciudad y de su memoria. La constitución de una Nación que se funda y también se aniquila. El arte de Tucumán, el patrimonio artístico provincial, el arte contemporáneo, el espacio público, la memoria colectiva, el pasado, la narración, la perspectiva, el centro, la periferia, el monumento, la historia, el relato. «La promesa está en las imágenes, en la posibilidad de que el recuerdo sobreviva».

Se trata aquí de «ensayar respuestas a la pregunta sobre cómo nos tomamos lo que somos», «preguntas cuyas respuestas solo llegan a ser esbozadas». Más que responderlas, los textos reunidos en Entre el atlas y el archivo las mantienen abiertas. Esa apertura termina siendo también una forma de conocimiento.

Compilado por Bruno Juliano en el marco del proyecto Entre el atlas y el archivo. Memorias individuales y colectivas de las imágenes producidas por las prácticas artísticas en Tucumán (2022-2026), el libro reúne artistas, curadores, docentes e investigadores que piensan las relaciones entre imagen, memoria, patrimonio, territorio, colecciones y arte contemporáneo. El recorrido no propone una historia única del arte tucumano. Propone, más bien, un estado de discusión, un saber local, un saber local académico, un saber local en disputa.

La disputa no consiste únicamente en decidir qué imágenes conservar, sino también en preguntarse quién las conserva, desde dónde se las mira y bajo qué formas vuelven a circular. «Un deseo por situar las piezas de la colección en el espacio de circulación. Volverlas evidentes, parte de la cotidianidad, como una política», escribe Juliano. La circulación deja de ser un simple desplazamiento de objetos; aparece como el lugar donde el conocimiento se produce, donde el patrimonio vuelve a entrar en conflicto con la historia que parecía haberlo fijado definitivamente.

Si el archivo es un organismo vivo, la metáfora admite una prolongación, una extensión. Cabe entonces preguntarse por su anatomía, por los órganos que lo constituyen, por las operaciones que permiten conservarlo, recomponerlo o injertarle partes nuevas. El archivo comienza a parecerse menos a un depósito que a un cuerpo ensamblado: una criatura hecha de memorias, colecciones, imágenes y relatos, preservada para sobrevivir al tiempo aunque para algunos no sea más que un conjunto de cadáveres y restos orgánicos.

En uno de los ensayos aparece una imagen que parece extenderse sobre todo el libro: una «materia que convoca una memoria que no se presenta como relato cerrado, sino como resonancia». Aunque referida a una obra particular, la frase encuentra aquí una inesperada hospitalidad. También la curaduría es entendida como «un gesto de salvataje, de supervivencia», una práctica que reclama el resguardo de las obras, de sus procesos y de las condiciones que hacen posible su existencia.

Hay otra imagen que insiste: un organismo biológico que se adapta al contexto para generar nuevas maneras de vivir, que recicla los restos de proyectos anteriores para construir nuevas habitaciones, como las casas heredadas que nunca terminan de dejar de ser habitadas. Andrei Fernández recupera, a partir de Brian Holmes, la idea de un «teatro del arte afectivista», donde el valor de las prácticas no reside únicamente en las obras, sino también en su capacidad para producir vínculos, resonancias y transformaciones. Quizás sea ahí donde el libro encuentra su forma. No en el archivo entendido como depósito, ni en el atlas como sistema de clasificación, sino en ese espacio donde las imágenes todavía discuten entre ellas, donde la herida no desaparece bajo la cicatriz, donde el monumento permanece vivo, donde la promesa continúa siendo una forma del recuerdo.

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