Por María Florencia Geipel |
Azules del cianómetro es el título que reúne una selección poética de la escritora Laura Rojo. Peculiar palabra, “cianómetro”, que nos remite a un mundo de viajes, exploración y transformaciones. Nos habla también de territorio e identidad, puesto que se trata de un instrumento, inicialmente concebido para medir los matices e intensidades del azul atmosférico, utilizado en los viajes de exploradores hacia fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, en distintos lugares del mundo como en Los Alpes, pero especialmente significativo en la exploración de montañas en Latinoamérica. Entonces, una palabra que proviene del mundo científico de aquellos años se transforma en este poemario en un símbolo que, asociado al color azul, de larga trayectoria en el mundo de la poesía, condensa y proyecta múltiples sentidos de indagación y de intentos por dar un orden a lo inabarcable de la experiencia.
Y, sin embargo, la poesía se vuelve insistentemente pregunta. Son numerosos los poemas que, en este libro, nos interpelan como interrogantes. Se caracterizan por su brevedad inquisitiva y por la enunciación de una voz poética curiosa, exploradora y sorprendida; algunos nos recuerdan a los haikus, pues se detienen en un instante a través de una sensorialidad directa: Cuánto índigo asoma en el capullo / recién abierto de tus pensamientos?; otros plantean una pregunta retórica, a veces filosófica, frente a la que no hay una respuesta certera o definitiva: ¿Existen los hijos muertos si sus nombres / orbitan de azul éter cada día en los recuerdos? La pregunta también puede orientarse hacia la identidad como forma de acercamiento, reconocimiento o exploración del otro: Si viajo al litoral de tu infancia / ¿me mojaré con las mismas olas / del niño de hace cuarenta años? . Otras veces la pregunta deriva hacia una exploración imaginativa o hipotética, ¿qué pasaría si…?: Si alguna vez llego en un viaje a la Luna / ¿se quedarán mis lunares gravitando / sobre el relieve de su arcilla clara? También las preguntas ponen en crisis el nombre de las cosas y aquí la poesía se torna autorreferencial, se pregunta muchas veces sobre sí misma y en esa pregunta hay un planteo sobre el quehacer poético: ¿Hay poemas interestelares que nos cuenten / qué sucede cuando chocan los cuerpos celestes / en la Vía Láctea y se desordena toda la galaxia? Hay preguntas que ponen en jaque lo que percibimos o cómo lo hacemos y que encauzan el discurso científico hacia la singularidad de la experiencia: El theremin que suena sutil en la orquesta: / ¿es un instrumento de música celeste / o un instrumento que alcanza lo celestial?
La pregunta poética queda suspendida en el mar de la hoja en blanco, que se torna así, inmensa, huracanada a veces, dejando espacio a la mudez, a aquello que Alicia Genovese, en Leer poesía. Lo leve, lo grave, lo opaco, lo piensa como un espacio de vacío que permite hallar el ritmo personal, la sintaxis propia, la puntuación vital para respirar y un tono capaz de actuar como caja de resonancia de la subjetividad. En ese marco de mudez e introspección extrema, el discurso poético marca su inactualidad frente a otras formas del discurso y, a diferencia de la valoración social puesta en la elocuencia, abraza el silencio. Podríamos decir también que la poesía hecha pregunta y las respuestas que no aparecen o que podrían ser infinitas, se percibe como un desacomodamiento, como una incomodidad, como el espacio entrópico en una sociedad en la que nos han acostumbrado a que todo tiene respuesta y a que ésta se encuentre siempre
El cianómetro como eje estructural que vertebra toda esta compilación, junto a cierta terminología científica que aparece diseminada, colándose en los pliegues de lo poético, rearticulando una mirada, me remite a un vínculo entre discurso poético y conocimiento científico. Genoma, tormenta ciclónica, trozo bilaminar, etanol, cuerpos celestes, flujo… Esos lenguajes objetivos son constantemente desplazados hacia lo subjetivo y lo poético. En el poema “Meridianos”, el cuerpo se transforma en territorio: Fluctúa linfa en el mapa del cuerpo, dice uno de sus versos. Es decir, la cartografía deja de ser solamente una herramienta para representar espacios exteriores y pasa a representar la interioridad. Algo similar sucede en el poema “Viaje equinoccial”, donde Von Humboldt mediante su viaje de exploración, observación y medición del azul, en definitiva, en un gesto científico termina encontrándose, en una especie de epifanía, con la “Poesía”. Y quizás el caso más contundente sea “Devenires”, donde el azul deja de ser susceptible de una dimensión mensurable: El azul no tiene dimensiones / está más allá de ellas, dice uno de sus versos. Una paradoja parece estarse planteando, entonces, entre el título elegido para el poemario y los sentidos que se van construyendo a partir de su lectura, pues el instrumento que intenta medir y clasificar el azul, es decir, establecer un orden o una escala en el mundo, en los poemas se convierte en una experiencia múltiple, cambiante e inconmensurable.
Al respecto, Genovese señala que la poesía siempre ha perseguido las particularidades del mundo físico en su modo de percibirlo, y destaca cómo el propio Prigogine[1] coincide al plantear que la ciencia actual puede entenderse como una escucha poética hacia la naturaleza. De acuerdo con la autora, este enfoque decreta nuevamente el fin de una concepción del mundo rígida, mecánica y newtoniana, abriendo paso a un pensamiento dinámico. En esa grieta de incertidumbre, la poesía ha encontrado históricamente el terreno propicio para articular y entrelazar dos ámbitos tradicionalmente enfrentados: la dimensión objetiva de lo comprobable y la dimensión subjetiva de la intuición.
El color azul y sus variantes son, sin lugar a dudas, una isotopía que recorre todo el poemario hasta un punto en que ya no es sólo un color. Azulidad, azul Prusia, índigo, añil, cerúleo, azur, Azul Berlín, cian, verdigris… Tal vez es una forma de mirar o, quizá, una propiedad que se le descubre a ciertos objetos o a algunas experiencias cuando se las atraviesa. La azulidad de una furtiva lágrima, la magia azul que quizá vaticina el momento en que se detiene la sangre, el verdiazul de la América una, la música celeste del theremin o la cadencia sonora de un blue.
El crítico Juan Valera, refiriéndose al título de la revista que difundía el modernismo, Azul, se pregunta: “¿Por qué […] lo azul […] ha de ser cifra, símbolo y¨superior predicamento que abarque lo ideal, lo etéreo, lo infinito, la serenidad del cielo sin nubes, la luz difusa, la amplitud vaga y sin límites, donde nacen, viven, brillan y se mueven los astros?”. Por su parte, para el poeta romántico francés Víctor Hugo, el azul representa la unión del carácter profético y a la vez heroico del poeta; mientras que para Rubén Darío, nuestro poeta modernista, “el azul contiene un valor metonímico imprescindible: es el cielo y el mar. Es, por lo tanto, la altura y la profundidad, que se convierten en análogas para simbolistas y en resolución de la dualidad día y noche (ambos azules) para los parnasianistas. En Baudelaire el azur es una aspiración continua. El poeta es un rey destronado, lo muestra en el verso “ces rois de l’azur”, esos reyes del azul, refiriéndose al albatros, símbolo de los poetas que aparece en el segundo poema de Flores del mal. En Kandinsky, por su parte, el azul que tiñe sus cuadros, es la puerta a la dimensión interior.
La representación de lo femenino en este poemario toca diversas aristas. Por un lado, la voz poética se consustancia con aquello que nombra en “Oración a la tormenta”. La homonimia entre el huracán y la mujer es la llave que posibilita el lenguaje para que el yo lírico manifieste su identidad fluctuante, de fuerzas desbordantes, atravesada por una tensión entre viaje y círculo, que implica desplazarse,transformarse, pero también volver al origen. De esta manera, lo femenino aparece ligado a la fuerza natural, al movimiento y el poema representa en su propia estructura y enunciación un vaivén entre la mujer-huracán y el huracán-mujer, hasta un punto que se tornan indiscernibles.
La figuración de América como mujer, tópico de larga tradición en la literatura y el arte hispanoamericano, también aparece en vínculo con la idea de lo femenino, particularmente en el poema “América una”. Sin embargo, se invierte el tropo de la tierra americana como un cuerpo pasivo a ser conquistado, fecundado, nombrado o, inclusive, América como mujer violada, alegoría recurrente en autores como Octavio Paz o Eduardo Galeano, en cuyos textos la colonización es un acto de desgarro violento. En el poema aludido, en cambio, la “Hembra de una sola matriz” no es un objeto pasivo, sino, es agente vital y fértil, generadora de vida y abundancia, desencajada del pudor patriarcal al decir: Esa mujer ovula boca arriba y de piernas abiertas / se desprenden de su boca: burbujas lavandas / escamas, corales, cuarzos, faisanes y cafetales. Asimismo, a la lógica cartesiana, fálica y divididora del mapa colonial, el poema le contrapone un tiempo matriarcal de la integración. También hay una consustanciación entre el espacio geográfico y el pueblo, entre lo humano y lo no humano. Lo femenino aparece como cuerpo vivo, atravesado por la memoria y la diversidad, por una historia común y un futuro que se proyecta promisorio en la unificación sin fronteras.
En el poema “Testimonio de hembras” se encauzan dos temáticas centrales del poemario; por un lado, el rol de la mujer en la construcción de una memoria colectiva vinculada al dolor, que se transmite entre generaciones y que se constituye como cobijo y, a la vez, impulso; como raíz, y a la vez, vuelo; como arraigo y, al mismo tiempo, ruptura. Por otro lado, este rol es ejercido por medio de la palabra; antiguamente a través de la oralidad y ahora, a través de la escritura; palabra que convierte la experiencia particular en un compartir comunitario.
En el poema “Testimonio de hembras”, al que aludimos anteriormente, se plantea una concepción acerca de la escritura como forma de crear comunidad y enlazar las experiencias femeninas a través de la palabra. Esta autorreferencialidad en la que el poema reflexiona sobre la voz femenina en el mundo de la escritura, reaparece en otros poemas como en “Devenires”. En él, la tarea de escribir aparece desde un lugar descentrado; “Ser narradora en segunda” es de alguna manera, enunciar desde una posición desplazada y no, desde una identidad fija. A su vez, el acto de escribir se presenta como una práctica vinculada con lo corporal. La lengua se presenta en su doble dimensión, como órgano del cuerpo y como órgano de lenguaje, por lo que la expresión “lengua” contiene esa ambivalencia entre cuerpo y discurso. La palabra nace de un cuerpo que articula, toca, roza y produce sonido. La “punta de la lengua” y el “techo del paladar” remiten al lugar físico donde se produce la articulación de los sonidos. La voz lírica parece llevar la reflexión metapoética hasta el grado cero de la palabra, hasta el instante material en que el cuerpo produce lenguaje. Las manos son cuerdas vocales; la mano dice aquello que la voz no puede decir. De esta forma, la escritura se instala en el cuerpo o éste se constituye en sí mismo como lugar de enunciación.
En el poema “Devenires” escribir consiste en desnudar algo que ya está coloreado por capas de experiencia, memoria, lenguaje y percepción. Desnudar implica atravesar capas de representación. Azulando lo ya azul; la palabra poética descubre algo, al mismo tiempo que lo vuelve a revestir de lenguaje. De esta manera, la experiencia femenina se revela atravesada por discursos, representaciones, mandatos, memorias y formas heredadas de nombrar el cuerpo y la identidad. La escritura es búsqueda de una voz, es el cuerpo convertido en instrumento del decir, y también es la imposibilidad de reducir la experiencia a una única forma de nombrarla.
En este recorrido por el poemario de Laura Rojo descubrimos que el cianómetro, aquel instrumento ideado para medir los azules del cielo, experimenta entre estas páginas una metamorfosis. En la voz poética que recorre estos poemas, el intento de medir el mundo se transforma en la vivencia de lo inconmensurable. La “azulidad” que atraviesa estas páginas no cabe en ninguna escala ni taxonomía cerrada; se desborda en preguntas suspendidas, en geografías vivas y en un canto de memoria comunitaria que entrelaza la raíz con el vuelo. Si el discurso científico busca fijar los límites de lo observable, esta poesía acepta la mudez y la pausa, recordándonos que escribir es caminar por las cornisas de los lenguajes heredados para aprender a habitar sus infinitos.
[1] El físico y químico Ilya Prigogine acuña esta célebre frase en su libro La nueva alianza: metamorfosis de la ciencia (1983) —escrito junto a la historiadora de la ciencia Isabelle Stengers—, en el contexto de la ruptura definitiva con el paradigma de la física clásica mecanicista y el nacimiento de las ciencias de la complejidad

María Florencia Geipel es Profesora de Letras por la Universidad Nacional de Salta (UNSa) y Especialista en Ciencias Sociales con mención en Lectura, Escritura y Educación por FLACSO Argentina. Cuenta además con la Especialización Docente de Nivel Superior en Educación y TIC (INFoD) y la Diplomatura Universitaria en Estrategias de Enseñanza en Entornos Virtuales (UNSa). Actualmente se desempeña como Jefa de Trabajos Prácticos en la cátedra Introducción a la Literatura de la carrera de Letras de la Universidad Nacional de Salta y como profesora de Comprensión y Producción de Textos I y II, Comprensión y Producción de Textos, y Redacción y Estilo en carreras presenciales y a distancia de la Universidad Católica de Salta. Asimismo, es docente del Instituto de Educación Superior N.º 6043, donde dicta Gramática de la Lengua Española II y el Taller de Escritura Creativa. Participó como Docente Investigadora en los proyectos “Proyecciones literarias del revisionismo”, “La literatura argentina e hispanoamericana: palimpsesto de su historia, de su arte y de otras prácticas culturales de emergencia popular” y, desde 2022, integra el proyecto “Desplazamiento de tradiciones y emergencias renovadoras en la literatura reciente del noroeste argentino”, dirigido por el Dr. Hernán Sosa. Entre sus publicaciones se encuentran los artículos Nuevos mecanismos de recuerdo colectivo en Una chaqueta para morir de Pedro Orgambide, incluido en Literatura e imaginario político. De la colonia a nuestros días, y “Revisionismo histórico, ¿revisionismo literario?”, publicado en Hablar/escribir: (trans)formaciones culturales. También es autora de las reseñas “¿Quién de nosotros escribirá el Facundo? Intelectuales y escritores en Argentina (1970-1986) de José Luis de Diego, aparecida en Revista Anclajes, y Poética de lo cotidiano: Poemas para sacármelos de encima de Meliza Ortiz, publicada en Revista Digital Enciudarte N.º 7.



