Por Rich |
Frente a una escena artística en la que el territorio, el paisaje y las culturas originarias aparecen con frecuencia convertidos en recursos estéticos, esta muestra Brizna de Hierba propone una relación mucho más compleja y, sobre todo, más honesta con aquello que pretende abordar. No se trata aquí de utilizar el territorio como una escenografía exótica ni de construir una imagen idealizada de lo ancestral, sino de asumirlo como un espacio que se revela desde las experiencias, perspectivas y realidades particulares de los propios artistas.
Esta diferencia resulta relevante cuando se piensa en determinadas producciones artísticas, especialmente del NOA, donde últimamente existe una tendencia a la fetichización de las culturas precolombinas y de los imaginarios asociados a la tierra. En varias ocasiones, aquello que podría constituir una investigación profunda sobre el territorio termina reducido a una acumulación de símbolos aleatorios que aparece entonces como una superficie disponible para ser apropiada, estetizada y, finalmente, convertida en mercancía cultural.

Esta muestra logra desplazarse de ese lugar. El territorio no aparece como una identidad fija que pueda ser representada desde afuera, sino como una construcción dinámica en la que confluyen diferentes temporalidades y formas de habitar. El paisaje tampoco funciona únicamente como una imagen bella o contemplativa: se presenta como una experiencia situada, atravesada por las distintas formas en que quienes lo habitan, lo recorren y lo observan construyen una relación con él. En las obras, el territorio aparece así desde las experiencias particulares de los artistas, sus vínculos con el entorno y las maneras en que esas realidades se transforman en miradas, relatos y formas de representación.
Uno de los aspectos más interesantes de las obras es precisamente que no parecen necesitar proclamarse defensoras de la tierra. No existe una necesidad permanente de recurrir a un discurso ambientalista o políticamente correcto para legitimar la producción. La relación con el territorio se construye desde la propia materialidad de las obras, desde los procedimientos y las preguntas que plantean.

Esto resulta importante porque existe una diferencia sustancial entre trabajar con una cultura y convertirla en objeto de consumo. También entre investigar un territorio y apropiarse burdamente de su imaginario. Cuando una obra toma determinados elementos de una cultura únicamente por su potencia visual, corre el riesgo de vaciarlos de contexto y convertirlos en una especie de lenguaje ornamental. Lo ancestral se diluye a una categoría estética: algo reconocible y comercializable.
Aquí, en cambio, la cultura no parece funcionar como un repertorio de signos exóticos. Se percibe una voluntad de comprender antes que simplemente representar. Y esa actitud permite que la obra conserve cierta distancia crítica respecto de aquello que observa. No intenta construir una «postal del territorio» ni hablar desde una supuesta superioridad moral sobre quienes lo habitan.

Desde mi experiencia recorriendo y observando muestras artísticas en el NOA, esta diferencia se vuelve particularmente evidente. Muchas producciones que se presentan como reflexiones sobre la tierra, la identidad o los pueblos originarios terminan reproduciendo, quizás sin proponérselo, las mismas lógicas que dicen cuestionar. El artista aparece como una especie de abanderado de la tierra, mientras su vínculo real con las problemáticas sociales y materiales del territorio queda bastante más lejos de lo que su discurso pretende mostrar. La obra habla de comunidad, pero la comunidad no necesariamente aparece como sujeto; habla de territorio, pero el territorio termina convertido en paisaje; habla de ancestralidad, pero la ancestralidad se presenta como una imagen congelada y mercantilizada.
Por eso resulta especialmente interesante que esta muestra no necesite exagerar su discurso ni convertir el territorio en una imagen espectacular de sí mismo. Su potencia reside, justamente, en asumir el paisaje como una lengua compartida, atravesada por la pertenencia y, al mismo tiempo, por la distancia. Como señala el curador Gaspar Núñez, las obras se relacionan con un entorno que es “genuinamente propio —es nuestra y nadie puede quitárnosla— como también es innegablemente ajena”, porque esa familiaridad “pertenece a quien la habla, pero también excede cualquier apropiación individual”. En este sentido, la muestra propone una relación más fluida entre arte, territorio y cultura. Una relación que no busca cerrar significados sino abrirlos. El paisaje deja de ser únicamente aquello que vemos para convertirse también en aquello que construimos y sobre lo cual proyectamos nuestras propias experiencias. La cultura deja de ser un objeto estático para aparecer como algo vivo, contradictorio y en permanente transformación.


Quizás allí radique uno de los mayores aciertos de la propuesta: en comprender que hablar del territorio no implica necesariamente representarlo de manera literal, ni hablar de una cultura significa apropiarse de sus símbolos. Y quizás esa sea una de las formas más interesantes que puede asumir hoy el arte contemporáneo cuando trabaja con paisaje y cultura: no hablar por el territorio, sino preguntarse desde qué lugar lo estamos mirando.
*La muestra sucede en Casa Caravati, Museo de la Ciudad, San Fernando del Valle de Catamarca, desde el 7 de agosto al 7 de octubre del 2026.
*Fotografías de Alejandro Lòpez.

Ricardo Agüero (35), oriundo de Fray Mamerto Esquiú, Catamarca, desarrolla su práctica artística bajo el seudónimo “Rich”. Es artista visual, tallerista y gestor cultural. Desde 2018, la fotografía constituye su principal medio de expresión y exploración, a través del cual aborda problemáticas vinculadas con la política de los cuerpos, el deseo y la sexualidad, en diálogo con el contexto sociocultural catamarqueño.
Generalmente, su producción combina fotografía digital con procesos fotográficos alternativos, entre ellos la fotografía estenopeica, incorporando también recursos y procedimientos experimentales que amplían las posibilidades materiales y conceptuales de la imagen.
Desde 2021 participa en exposiciones colectivas en Catamarca y otras provincias argentinas. En 2025 realizó su primera exposición individual, VOYEURS, en el Museo de Arte Contemporáneo Casa Caravati, con curaduría del Lic. Luis Andrés Díaz.
Paralelamente, desde 2020 desarrolla una labor de tallerista a través del dictado de clases sobre procesos fotográficos alternativos y técnicas mixtas (mix-media), promoviendo la experimentación y el cruce entre distintas disciplinas y lenguajes visuales.
En 2026 culminó la Tecnicatura Superior de Bienes Culturales en Artes Visuales en el Instituto Superior de Artes Visuales (ISAC), Catamarca.



