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ISSN 2684-0626

 

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Compromiso e higienismo en la pintura

Por Gaspar Núñez |

Este texto fue escrito en 2021 a partir de una consigna propuesta por Bombo Colectivo: abordar la problemática de la pintura bella y la pintura fea. Sin embargo, entendí que la consigna era buena y mala pintura, por lo que sin saberlo parte de un equívoco, yéndome hacia otros recovecos. Bombo colectivo nucleaba a pintorxs que realizaban acciones conjuntas -tanto públicas como privadas- en busca de repensar la práctica pictórica desde Tucumán. En aquella ocasión curaron la muestra La sombra perfecta, inaugurada el 3 de diciembre de 2021 en el Centro Cultural Virla UNT, que reunía obras de pintorxs de diferentes edades y abordajes. Este texto se imprimió en sala junto al de otros de diferentes escritorxs.

Lo bueno tiene lugar cuando, por ejemplo, un alimento al ser ingerido aumenta nuestra potencia con parte de la suya.

Si pensamos en los bosques o selvas de Tucumán, existen ahí gran variedad de frutos buenos, los comestibles, que nos dan vigor, energía y alegría. Pero también frutos malos, venenosos o simplemente en mal estado, que fueron buenos y ahora están podridos, por lo que nos son perjudiciales. Lo mismo sucede desde hace un tiempo en la pintura; de ahí la expresión bad painting o art brut, por ejemplo. Hay quienes ven en el arte una especie de paroxismo, la exacerbación de la enfermedad y no un canal terapéutico ni una vía para la cura. Por eso existe una pintura degenerada, en oposición a otra histórica y épica.

Se ha reiterado cientos de veces de qué forma la pintura de Linares se modificó radicalmente por su contacto con las yungas, pasando de la abstracción a «una figuración descarnada», en palabras de Wyngaard. Pero no se dice lo mismo de -por ejemplo- Santucho, que vino desde el paisaje árido de Santiago del Estero al fundar el ERP e impulsar el foquismo en la selva de nuestra provincia.

Ezequiel Linares. Naturaleza viva, 1982, de la serie Jardín de la República. Acrílico sobre tela. 180 x 180 cm.

A fines de 1975, al borde de la democracia, Linares le dijo al crítico Tito Pérez: “Lo importante es hacer buena pintura. Si la pintura no es comprometida no es buena pintura”. El compromiso es siempre compromiso de un ideal y, por lo tanto, con una idea de bien que se pone en el horizonte. Cuando se señala el abandono de la abstracción y del puerto en Linares, se marca su sacrificio heroico, la resignación del futuro del que era acreedor. Y lo mismo para Santucho, mártir que renunció a su paz para agarrar las armas e intentar brindarle paz a lxs otrxs. El compromiso es el bien puesto en acto y lo bueno es la manifestación práctica de la idea de bien. En todo esto, es el héroe el principal motor del compromiso y el portador de bien. Bueno y comprometido sólo son palabras diferentes para una misma cosa. A fin de cuentas, el héroe se sacrifica como persona para convertirse en un mero fruto, un fruto comestible que lleve salud a la sociedad. Ese es su compromiso.

La principal cualidad de la épica consiste en que el héroe encarne una entrega desinteresada del yo para mantener el orden preestablecido y que todo vuelva a la normalidad. De modo que la tragedia solo sea un medio para la catarsis. La buena pintura entonces implicaría el rigor y sacrificio que la aferra a la norma para salvar lo dado de la inminencia de la ruina. Gana la batalla contra la materia caprichosa y le impone una forma bella. La mala pintura se abandona al ocio y cae en el libertinaje, la adicción o enfermedades que estropean sus articulaciones. Dicen que la pintura es un músculo que debe ejercitarse.

Una buena pintura imparte salud, robustez, belleza, aptitudes, bienestar, fuerza, higiene, es armónica en su color y formas, tiende al amor. Una mala pintura es puramente enfermedad, es mezquina, abstracta, degenerada, perversa, anormal, expresa distorsiones y aberraciones, degrada o incluso mutila las formas.

Desde luego, tales categorías se usan desde que el saber de la medicina diseminó sus términos, conceptos y valores en el arte y otras disciplinas. Pero no es fortuito ni improvisado aquel vínculo. Ya en el medioevo italiano los pintores se unían al Arte dei Medici e Speziali, el gremio de médicos, boticarios y comerciantes de especias.

Los ya célebres discursos del cirujano y ministro Oscar Ivanissevich en el Salón Nacional de 1948 y 1949 hablan en estos términos. Pero más recientemente y cercano a nosotrxs es el de Alberto Petrina en 2010 en el Museo de Tucumán.

Nymino Alba. Love Draws Together, 2022. Óleo sobre cartón. 60 x 80 cm.

Estos son ejemplos de cuán faltxs de palabras estamos lxs pintores y cuán generosa ha sido la medicina. No es difícil asegurar que la ciencia médica ha dado mucho al arte a lo largo de los siglos. Cuando Platón expulsa a lxs pintorxs de la República, lo hace porque éstos corrompen al pueblo, ya que toda pintura es mala e insalubre por esencia. Él cuida la salud, el bienestar de su ciudadanía. Cuando Bussi echa a enfermxs y mendigxs en la frontera con Catamarca, destierra lo horroroso, lo que no tiene desde dónde ni por qué ser visto por ojos del transeúnte medio. Preocupado por la belleza de nuestra ciudad, pero, ante todo, por su higiene y salud. Él concibe la política desde el arte; ser totalitario es sólo una consecuencia de su amor por la obra de arte total. Dentro y fuera del cuadro, o dentro y fuera del mundo del arte, en aquel entonces la buena pintura en Tucumán fue la que expresaba los valores patrios: la cal que impregnaba los troncos de los árboles, el látex celeste y blanco que se esparcía en los tanques de agua o ya bien las alusiones a la identidad regional.

Al ser la pintura un músculo, lo bueno y malo fluctúa en ella. Lo malo de ayer puede ser el más nutritivo fruto para el hoy, y viceversa, una buena pintura de antaño puede ser urticante al paladar de hoy.

Es por ello que la pintura rebasa sus límites temporales, como la medicina sus fronteras disciplinarias. La pintura puede ser un fruto recién cosechado, tanto como el fermento de tiempos y lugares.


Imagen de portada: Daniela Jozami. Misachico, 2003. Óleo, collage y barniz sobre tela. 100 x 120 cm.

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