La poética indómita de Daniela Rafael
Por Sylvina Bach |
Conocí a Daniela Rafael en un evento literario en Santiago del Estero. Elegante, contundente, sencilla, su presencia hablaba por sí misma. Me intrigó saber quién era esta mujer frente a mí. Tenía su libro en la mano. Curiosidad inevitable de lectora, se lo pedí; rojo vibrante, en su tapa se lee el título: Pasar de nuevo por el corazón.
Parece un título inofensivo, tal vez hasta suave. Sin embargo apenas llegamos al cuarto poema aparecen con toda su fuerza estos versos: Yo no levanté la mano y pedí sangre/para derramarla cada mes y no beberla/ en una orgía con Drácula. Una declaración que nos deja en claro, desde su inicio, que este libro se lee, sobre todo, desde el cuerpo.
No, no es un libro inofensivo. Es un libro que hace poesía de un momento en la vida de una mujer que no es precisamente poético ante los ojos del mundo.
Aquí me detendré un instante para reivindicar una idea polémica que sostengo: la poesía femenina existe y construye el lugar simbólico que habitamos. Se nos adjudica a las mujeres escribir sobre quebrar mandatos, el erotismo, la valentía, la lucha, y tal vez no tanto sobre el ser madre o envejecer (qué habría de revolucionario en ser madre o en envejecer). Algunas poetas confesionales como Anne Sexton o Sharon Olds ya han hecho de esto algunos ejes centrales de su poética. Pero en este caso quiero destacar que Pasar de nuevo por el corazón es un libro que nos sumerge de lleno no sólo en la trayectoria de la vida de una mujer, sino en la íntima relación que existe entre el ser mujer y la sangre. ¿Qué cosa más primitiva, más originaria, más humana y más viva que la sangre? ¿Qué cosa mas negada, más relacionada al crimen y al dolor que la sangre? ¿Habrá acaso una metáfora más impecable para marcar los lazos y la pertenencia?
Daniela Rafael nos habla desde estampas vívidas, evocadas, a veces desde el cansancio y la incertidumbre, otras desde la pasión y la furia, en velocidades distintas (cada parte del libro tiene su ritmo diferente) y con una maestría en el manejo del lenguaje tan acertada como para lograr una poesía visceral y auténtica en sus imágenes y en su estilo.
La primera línea de este libro incomoda: La menopausia es/un signo/ En la lengua/un punto para hacer pausa. ¿Quién querría leer sobre una poesía del climaterio cuando vivimos (y escribimos) en una cultura que busca, proclama y celebra la eterna juventud? La respuesta es una sola: resulta evidente que todo el universo de la palabra escrita (no sólo una audiencia femenina) necesita un libro como éste.
Hay una clave para leerlo y esto es un spoiler: está dividido en los días de la semana. Siete, como los días de la creación, con una idea de progresión y temporalidad que está explícita: me gusta esa proyección del tiempo, precisa, organizada y además festiva.
El libro es revolucionario como el rojo de su tapa. ¿Por qué aceptar el tránsito lineal impuesto desde fuera sobre lo que se debe callar y sobre lo que se puede o no se puede hacer? Una clara alusión a esto es un poema en el que ordena los consejos típicos con los cuales atravesar esta menopáusica etapa vital, para terminar ella enumerando los propios que nada tienen que ver con lo preestablecido: no amparar, socorrer, apoyar, secundar, proteger, defender, fomentar, colaborar y paliar.
Otra vez, la pausa. Después de enunciar estos principios, (esta relación involuntaria con la sangre), aparece la reflexiva mirada de una mujer sobre el paso del tiempo: esa pasión furiosa que te ha marcado no va a regresar/estás en edad de cuidarte. Y entonces llega el poema que da título y eje al libro: Cada mujer con una bandera en el territorio de la luna/ su propio álbum de figuras inmóviles /detrás de una bruma sepia. No hay ningún romanticismo en la transición de ser niña a ser mujer: ¿Y si debe suceder, por qué el llanto? Evoca entonces un saber que pasa de una generación a otra, con la diferencia de que al llegar a ella la abnegación ya no es tan bien recibida; aunque no sea posible cambiar ese destino, sí es posible rebelarse, enfurecerse, buscar el lugar propio, anunciar que la llegada de la sangre no suele ser feliz, y su retirada tampoco.
Con un lenguaje preciso, filoso, el tono de todo este poemario es intimista. No hace alarde de ninguna extravagancia.
Daniela Rafael escribe con firmeza, con belleza, aún con furia, con la profundidad de alguien que bucea dentro de sí misma, y no es sólo la sangre la que vuelve a atravesar su corazón; es ella misma aquella que evoca y resurge dispuesta a no verse vencida. Esto es un testimonio, nos dice la poeta. Y vaya que lo es. Toda mujer que lea este libro se sumergirá en los recuerdos más crudos de su adolescencia. Toda lectora se encontrará con sus propias preguntas, y recibirá como toda respuesta, una rebeldía.
La poesía adquiere aquí el lugar desde el que se nombra lo que no puede transmitirse: la invasión de los involuntarios cambios físicos, ¿con qué palabra puede nombrarse a esa ajenidad de un cuerpo que crece o envejece?, el lugar desde el que se cuestiona aún la poesía misma ¿por qué poetizar con la sangre y la no sangre/ con los ovarios/el útero/mis pechos/ mis hormonas?.
Hay un hilo constante que va y viene entre ser madre, ser hija y ser abuela en un tiempo que, ya lo hemos dicho, no es lineal. Mi hija será madre, escribo. Yo quiero/que mi madre regrese y cuide a esta mujer en su menopausia./ Comprenderme en la niña en ese instante en que se hizo/de noche en su alma./ Mi madre tuvo cinco hijos/ yo tuve tres/ ahora mi hija ha comenzado.
¿Qué hay, sino valentía, en reconocerse a sí misma en este tránsito tan propio? No necesito la tumba de la ignorancia poniendo una lápida a la mujer madura, altanera ahora, del privilegio de haber menstruado quinientos meses (o cuatrocientos setenta y cuatro).
Un escenario recurrente se instala en el recuerdo de las vacaciones. Ya sea entre el mar o entre los árboles, la imagen siempre es la de una mujer que contempla la vida pasada y se reconstruye a sí misma de una manera clara, vulnerable pero sin ningún atisbo de debilidad.
Rafael escapa en todas sus páginas de los lugares comunes. No los habita.
Instala la brecha que esta experiencia del cuerpo abre entre hombres y mujeres. Como dice Inés Garland, ¿por qué a un hombre no le interesaría saber sobre la menopausia? No hay ahí ningún misterio, no es de ellos. Saco el individual debajo del plato, lo apantallo en mi cara/ Menopausia, la puta que te parió. Hablemos de eso/ Y ellos…observamos a los hombres ahí sentados. /Mi hijo no recuerda dónde dejó las llaves (…) imagino su versión femenina cuando deje de menstruar.
Pone de relieve la manera en la que cambia el amor, el encuentro o desencuentro que implica a los 50. Llegamos a nuestra casa, al dormitorio, /prendemos el aire, nos desnudamos. / Ya vengo, digo/ A dónde vas, dice/ A apagar la luz de mi Olimpo, digo/ Te espero, dice. ¡Qué firme invitación colectiva a mirar el climaterio desde esta impensada poética!
La palabra de Rafael nos lleva por historias familiares, visitas y consejos médicos, el cuerpo que cambia; y así aparecen estos versos que se me hacen hasta necesarios: chau estrógenos, chau progesterona, y éste que inaugura el final del libro: ya no más sangre mía/ mi útero ya no más recubierto, alistado para una vida ajena.
Nada de esto conlleva en sí mismo un duelo, hay casi un alivio del orden del cuerpo adiós, te despido/ he sido feliz y desdichada, /seré dueña de mi vagina sin ciclos, un giro en el que la madurez es volver a la infancia, cuando la sangre no se había instalado, pero con una libertad que antes no estaba.
Me resulta irresistible, para terminar, pronunciar con ella estos versos como una proclama: desconocer la influencia del tiempo/ arrasarme/ yo sola/ con mi envión/ y persistir en descansar/ sobre la playa hiriente/ de un volcán derrapado en piedritas negras”.

Nació en Tucumán en 1975. Es Psicóloga y escritora, lugares desde los que aborda el conocimiento de la vida y la naturaleza humana.
Autora de los libros de poemas Cuadernos de Jonás (La Aguja del Buffon Ediciones, 2012), Niña de Humo (Ediciones en Danza, 2017), La escena invencible (Gerania Editora, 2020) y Orden doméstico (Gerania Editora, 2025). Integra numerosas antologías de poesía y microrrelatos.



