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ISSN 2684-0626

 

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Diario de un sobreviviente

Sobre Cartografía de la memoria, de Gaetano Tornello (Funga Editorial, 2025)

Por Marina Cavalletti |

El tercer libro de Gaetano Tornello traza, como su nombre lo indica, una “Cartografía de una memoria” y es un recorrido de aridez y reverdeceres donde el cuerpo es protagonista, una litología, un adentrarse en la diversidad de las piedras para irse y volver. 

La novedad, que engrosa el catálogo Funga Editorial, muestra a Tornello como un poeta que afianza su voz propia, con un estilo fragmentario, de ecos, de poemas adentro de otros poemas. ¿De dónde vienen todas esas sombras? Se pregunta en las primeras páginas, de un libro que oscila entre la muerte y la resurrección. Allí, parafraseando a Rodolfo Walsh, Tornello es un fusilado que vive y se reconstruye desde la poética del colapso. Así, y según Itatí Grech, prologuista del poemario, “la narrativa poética, entre anécdotas cotidianas e imágenes oníricas, vuelve fértil el campo interpretativo e invita al lector a habitar el interior cálido de los recuerdos atentos del yo lírico”. En ese mapa a mano alzada el joven norteño habita lo familiar, lo natural, las lejanías y el abismo donde vivir se siente como una cacería.

La obra es el espejo de un hombre roto que se queda, que insiste. El desgarro que encarna se cristaliza en una lengua despojada y despejada, en cierta anarquía respecto de la sintaxis tradicional, en lo indicial de las aliteraciones.

Más adelante, explicita: escribo una cartografía. Se vale para eso de ramas de nogales, de  un pacto sellado con el monte, donde  los pies flotan en la altura se desprenden como hojas. Y tras la liviandad de las hojas, aparecen las rocas como leitmotiv  donde llueve obsidiana, donde hay que agazaparse y siempre apuntar a la cabeza mantenerse al frente no permitir que entren piedras de todos los tamaños. En ese paisaje ríspido se observa la repetición, la pulsión de huir a contramuerte como luciérnagas. Aparecemos un instante y luego nos camuflamos con las piedras, delínea el autor.  Entonces, las rocas son principio y fin.

Más aún, Gaetano Tornello no simula, describe lo áspero de múltiples formas:  un hospital, las camillas, los tratamientos: no hay lenguaje para este derrumbe no hay disculpas para estas ruinas, dice con una contundencia superlativa.  Y despliega, un racimo de preguntas donde la materia, lo propioceptivo, lo sensorial están en primer plano: ¿cómo teje la memoria el cuerpo?, ¿cuántos músculos tiene la fragilidad?, ¿en qué punto el cuerpo no puede volver?, ¿qué más puedo arrancarme del cuerpo?

En ese gesto, intrínseco de la incetidumbre poética, nacen cuestionamientos que se enlazan con el binomio palabra/ silencio: ¿por qué hablo  la lengua del relámpago?, ¿cómo dejo de hablar?, ¿puede quebrarse la lengua, quiero decir,  mi vitalidad?, ¿seguiría danzando palabras?, ¿con cuál intemperie  arrasaría mi lengua?, ¿qué será de esta presencia mi voz mi lágrima mi árbol mi escritura?

Cada una de esas preguntas es un vacío. O un intento de llenarlo, de completar un cosmos quebrado donde, por momentos, la existencia se vuelve insoportable y, por otros, la poesía es hogar para curar las pérdidas.

Gaetano pergeña un cosmos personal y doliente, urgente y con puntos de reposo, universal y sutil. Al borde de la montaña, entre álamos protectores. Y de vuelta, con las piedras como presencia que insiste, con la tensión amalgama del adentro y el afuera.

Allí, la poesía es una casa a donde se vuelve y el tríptico piedra, cuerpo, regreso se destaca como necesario hilo conductor.  En ese universo hay también estallido, satélites, relámpagos, bordes y ablaciones.

Llevamos un incendio forestal en la cabeza revela el salteño en un verso que es mostración de un territorio inflamado, de los recuerdos que se eliden o no, pero siempre se asoman; como guiños, como pistas de una memoria que emerge para intentar, de una reconfiguración.

En esta cartografía pueden suponerse  las influencias  de Pizarnik, de Idea Villariño, de Viel Temperley, incluso de Kundera o Marosa Di Giorgio en las digresiones con formato de prosa poética. La memoria que crea Tornello se alimenta con la fugacidad del relámpago,  y es sin dudas el diario de un sobreviviente.

Si se ensayara una playlist para mencionar coincidencias sonoras, el inicio se mercaría con Déjate caer, de Los Tres. En seguida, el alarido de Spinetta -Abrazame, madre del dolor- y su Poscrucifixión. Y claro, un cierre con Charly García -y curé mis heridas y me encendí de amor- en Rezo por vos. Porque la poesía no es mágica, ni terapéutica, pero viene a decir aquello que nos hace ser quienes somos.

Sucede que el arco que configura Gaetano Tornello en su libro más reciente, tiene canciones y tiene además la impronta irreductible de los sobrevivientes.  Es que, en palabras de Claudia Masín, hay que “escribir hasta que haya un modo de decir la piedra y en ese mismo acto la piedra se divida en partículas minúsculas que no obstruya la respiración”.  De esta forma Cartografía de una memoria genera su pulso propio, respira y avanza como una novedad poética que, entre abismo y refugios, es necesario recorrer.

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