Por Julieta Colina |
Puede que mi desastre universal
no tenga lugar en el mapa
Fernanda Salas
El ingreso al trabajo literario de Fer Salas es difícil de pensar considerándola aisladamente como autora de libros firmados con su solo nombre. Desde sus inicios en búsquedas artísticas, la labor de poeta fue emprendida por ella como una construcción de mundos verbales a la par que de espacios culturales nuevos habitados por muchxs cualquieras.
Allá por el 2010, cuando Fernanda autopublicó su primer libro Síntesis del laberinto, simultáneamente creó un sello, Killa, que —entiendo— significó para ella dejar de ser sólo un individuo e inventar la posibilidad de nombrarse como parte de un colectivo mutante y no definido, hospitalario y activo, que hace cosas con palabras y con los cuerpos presentes, que inventa otras realidades a su alrededor para vivir en conjunto y trazar un mapa en el que tenga lugar su modo de existencia, su deseo de estar.
En este sentido, Killa fue protagonista de un contexto en el que se intensificó la gestión de prácticas literarias alternativas. Con el inicio del nuevo milenio, en Argentina se caldeó un ambiente alterado por las modificaciones en las formas de producción y circulación de literatura dentro de un espacio vital globalizado, atravesado por la dinámica cultural que siguió a la crisis económica y política del 2001, y la expansión de los avances en las tecnologías de la comunicación. Esta nueva dinámica puso en tensión la concepción hegemónica y moderna de literatura que, en la provincia de Salta y en la región de noroeste argentino, estuvo ligada a mecanismos de estabilización del sistema literario salteño en asociación a imaginarios conservadores y patriarcales sobre la cultura local.
Esa idea de literatura, en este contexto, entró con fuerza en el escenario de crisis, incertidumbre e inestabilidad. Apenas, de los residuos de la idea de la literatura como uno de esos grandes relatos que podían decir cosas trascendentes, surge desde algunos ámbitos de gestión contracultural de lo común algo que no parece pretender encasillarse en un concepto absoluto, definible, definitivo, exclusivo y excluyente.
La literatura fue un punto de acción para construir políticamente tanto los espacios del arte como los de la vida común o pública: la apropiación del sistema de edición, la impronta desacralizante, la pertenencia no individual sino colectiva de las creaciones (la gestión de dependencia múltiple y horizontal), la construcción de obras de arte entendidas como espacios donde vivir colectivamente. A su vez, fundamentalmente, estas movidas fueron instalando una forma de cuestionar la identidad —la salteñidad si se quiere— desde otros lugares, como el femenino, desde un terreno fértil en el que la literatura no es un lenguaje hipercodificado alejado del común mortal. Ni siquiera es que deba decir algo trascendente en un registro elevado para el mundo. Dice lo que tiene para decir con su propio lenguaje de vida cotidiana. Esta idea se incrusta en medio de uno de los textos que integra el libro Fractales:
Esto no parece un poema.
No importa.
Hay cosas que se diluyen también en las grietas.
Hay cosas para hablar sin metáfora.
Allí, entonces, hay algo que salta de los sentidos textuales hacia afuera. Lo hace con simpleza clara, pero firme; podría haber dicho tal vez “no vayan a venir a cuestionar la entidad de mi ser poesía, no me vengan a correr desde los altares de la palabra”. Sin embargo, la actitud no es detenerse en esa pelea. Hay muchas otras batallas que dar como para continuar en esa. Esto no parece un poema y no importa, continuemos.
Por tanto, decíamos, Fer deja de ser una chica sola en sus búsquedas. Su nueva forma de estar, que ha dado en llamar Killa, nace y se sostiene desde entonces —así como la propia existencia, reinventándose con los años y con las distintas circunstancias de su vida personal— desde hace más de quince años. El proyecto, creo, entiende antes que nada que la literatura tiene tanto que ver con los libros como con los vínculos humanos. Eso que tan diáfanamente Fer describe como la poesía viva: aquella que no reproduce una cultura, sino que la crea. Esa construcción, asentada en una lógica de la acogida o la hospitalidad, como señala Juan Manuel Díaz Pas1, deviene en la edificación de una casa pública habitada por otras poesías, otras miradas, otros cuerpos y otras ciudadanías. Killa, por este rumbo, no sólo promovió y puso a circular las voces de escritoras y escritores emergentes en su mayoría inéditos [“nunca es suficiente publicar lo que unx hace”, dice Fernanda], sino también emprendió colectivamente distintas actividades conjuntas —como la participación en antologías, ferias, festivales, ciclos de poesía y música, slams de poesía, militancia feminista colectiva, columnas de revistas, lecturas en calles de barrios y en ríos, actividad en redes sociales, etc.—. Y, además, fue articulando su camino con otras identidades fraguadas en ese contexto nuevo milenial que, en su afán de repetirlo,
AUTOGESTIÓN
AUTOEDICIÓN
AUTOCONTROL
AUTOCHOCADOR
AUTOCULTIVO
terminan por pertenecerse a sí mismas; como la editorial que hoy la vuelve a cobijar a Fernanda, ALMADEGOMA EDICIONES. Cuando mediante la agencia propia estos proyectos se reservan el derecho de pensarse, sus cartas de presentación son tan elocuentes y firmes como abiertas:
MÁS POESÍA
MENOS POLICÍA
MÁS SANDÍA
MENOS POESÍA
Esta autopercepción porosa anida también en Fractales, composición hecha de pedacitos pequeños, remendados en una totalidad que los abarca en su repetición, en sus figuras espejadas, y que en el todo marcan una hipótesis de lectura conjunta: la historia de cada mujer se repite en la siguiente mujer en un loop casi sin fin. Hasta que interviene la poesía para cuestionar los linajes, para desacreditar las herencias, para empezar a vivir con más libertad.
La voz que enuncia en Fractales, es, en un punto, un personaje colectivo. Saberse las mujeres en forma conjunta parece una salida para pensarse de otro modo, de muchos más modos posibles, para recuperar el derecho, el deseo y la aventura de ser (mujer y poesía) cualquiera, con otras formas.
Entonces, Fractales está armado sobre la base de patrones recursivos, copiados, que se repiten hacia afuera y hacia adentro.
Adelante mío
y atrás de mí,
un gif eterno
fractales
de las que fuimos
y seremos
con este
y otros cuerpos.
Y esas formas, a fuerza de repetirse, se desnaturalizan, se vuelven poemasespejos en dónde reconocerse, en dónde leer el poema de sus vidas y encontrar la grieta en el sistema para cambiarlo.
El telón de fondo no son referencias ilustradas sino otras tradiciones culturales populares: una casa con la telenovela mexicana encendida, cocina y cigarrillo, máquina de coser, un jardín con flores y conejos, tías y madreniña, Corín Tellado, Thalía, la universidad trunca, google y wsp, barrio —vías—cerro, arena y cosas que nadie puede contar. Esa educación sentimental que nunca explica cómo reconocer entre resignación y cansancio, risa y llanto, dolor y alivio: “puro revoltijo”. Todas esas mujeres espejadas fueron y son siempre cuidadosas, aunque siempre tropiezan con la misma piedra, con un hombre, pues en ese linaje el mal de familia, la enfermedad heredada, es el patriarcado, cuyos síntomas se van detectando en cada poema:
- arrojamiento a la tristeza;
- no poder hacer lo que se tiene ganas;
- no poder plantarse frente al lobo (del que no vamos a hablar porque este no es su cuento);
- madres que parecen niñas solas y sin voz en el monte (aunque habiten en una ciudad bien poblada), que no pueden crecer y hacen capricho a sus hijas;
- hijas que sienten el deseo de acunar a sus madres, deseo que no pueden emprender porque también están rotas y no saben abrazar;
- madres, hijas, poemas que no parecen;
- dudas, culpas, miedos, vergüenzas.
Sin embargo, al componerse en conjunto, los poemas van empujando un cambio en la autofiguración enunciativa femenina: de leer el cuento de la propia vida a escribirlo de nuevo. Porque, finalmente, “Claro que Castañares/ no queda en el Canal de las Estrellas”, y aunque no está tan mal ser sólo una metáfora exagerada, una “loser espiralada entre poemas y multas ajenas”, con una fe novelera, “al final del día/ soy feliz/ sabiendo que soy mía”. Entonces, en el mismo espacio doméstico, familiar y enfermo de patriarcado, la mirada poética y creativa encuentra la forma de revalorizar el lenguaje femenino y la casa. La poesía y el linaje se revisan a la par. Si no es abandonar la casa materna el camino, sí lo es saberse diferente. Si el camino no es abandonar la escritura, sí lo es hacerla como una misma, autolegitimada y autovalorada. Esto es también armar un camino para muchxs, y entonces lo personal es político.
Dice Hernán Sosa2, a propósito de una lectura conjunta de distintas poetas de Salta y Jujuy: “Entre los recelos que la intimación colectiva denuncia aparecen, naturalmente, el temor a la domesticación patriarcal y el develamiento, sin tapujos, de lo establecido por ‘la costumbre celestina’ (las dinámicas familiares sexistas, el reparto desigual de las tareas por género, los códigos paternalistas de la afectividad, los estereotipos femeninos degradantes, la cosificación, los abusos sobre los cuerpos femeninos, los femicidios, etc.)” (56). Un poco de todos esos patrones aparece en Fractales.
El aprendizaje creativo, una trayectoria autosustentable en la que estos sentidos se van empujando afuera y dejan de empujar a las mujeres hacia adentro, permite deshacer herencias, enterrar mandatos, y así emprender la vida desde el deseo y la aventura de escribirse. Morir y renacer:
La libertad cuesta cara,
como legado
igual que te entrego estas palabras:
pienso en la abuelita Petrona,
me pregunto si habrá conocido esa palabra
tan manoseada hoy:
libertad.
¿Habrá vivido en ese concepto?
La abuela no sabía leer ni escribir.
Recojo las anécdotas que tanto tiempo
se guardó mi madre.
Vivíamos de agregado.
La independencia económica
es nuestro anhelo de libertad
y cuesta,
sí,
cuesta arriba.
Y aunque todo lleve a
que “ande río abajo,
sin que nadie me acompañe”
lo tomo
porque al descansar los párpados
al final del día
soy feliz
sabiendo que soy mía.
El polvo dejará de caer
corazón, promesa de viento.
- Díaz Pas, Juan Manuel (2015) La revuelta de los aldeanos. Literaturas plebeyas en la Argentina del siglo XXI. Salta: Alto Yuyo Editorial. ↩︎
- Sosa, Carlos Hernán (2022) Desmadre de palabras. Panorama tentativo de la poesía reciente de mujeres en Salta y Jujuy, Buenos Aires: ILA-FILO, UBA. ↩︎
Fer Salas (Salta, 1984). Poeta y editora del sello Killa Producciones. Entre sus autoediciones se encuentran Síntesis del laberinto y Cuentos niños para chicos grandes (2010), Elementos (2011), No Somos Indies (2013) (coproducción con Almadegoma) y Las visitas (2012). También publicó El futuro no existe (Almadegoma 2016). Formó parte de diversas revistas, antologías y muestras colectivas. Coordinó ciclos de poesía y música, Slam de poesía y talleres de poesía y cuerpo. Actualmente coordina el recital literario itinerante Ninaq o la incandescencia, junto a Alejandro Gómez.

es Profesora en Letras egresada de la Universidad Nacional de Salta y estudiante del Doctorado en Letras de la Universidad Nacional de Córdoba. En sus investigaciones trabaja con prácticas literarias alternativas de Salta que replantean las formas de construir regiones culturales.



