Por Mónica Cazón |
El Premio Nacional de Poesía es una de las distinciones más prestigiosas del país, vigente desde 1914. La poeta, narradora, traductora, crítica y periodista rosarina Beatriz Vignoli (1965) se alzó con el Primer Premio Nacional de Poesía por su libro Tálamo.
El jurado, compuesto por Claudia Masin, Natalia Romero y Clara Muschietti, destacó: “Su voz poética es disruptiva, su respiración es salvaje y contenida a la vez. No hay desbordes, hay algo vivo que se mueve y nos mueve. La poesía de Beatriz Vignoli, una de las poetas vivas más importantes de Argentina, que también es novelista, traductora, periodista y crítica de arte, nos sumerge en una extrañeza única. Tálamo, de Beatriz Vignoli, arde”. Además de Vignoli, el Premio Nacional reconoció libros de Alicia Genovese, que se llevó el segundo premio, María Teresa Andruetto, tercer premio, Andi Nachon, Osvaldo Bossi y Roberta Iannamico con menciones especiales.
En este verano tormentoso hablamos con Beatriz, y esto nos dijo:
—Beatriz, no seré original ¿qué es la poesía?
Me siento autorizada a decir que la poesía es el lugar de la literatura y del idioma donde la palabra se convierte en materia de una experiencia estética. El quehacer poético desvía al lenguaje de los rígidos carriles del sentido del discurso y le devuelve su materia sonora de música y ritmo, lo trastorna y transforma la palabra en objeto de goce recobrado.
La poesía nos conecta con lo más humano en nosotros: las emociones, la comunicación de emociones, la transmisión de experiencias, y muy especialmente, un uso original y musical del lenguaje. La poesía es la palabra que nos abraza y es también la muesca singular que cada quien puede dejar en el lenguaje. En estos tiempos de creciente deshumanización, de lenguaje aplanado y estandarizado por máquinas, la poesía es una necesidad básica y vital.
—¿Cuál es el gran motivo que tiene usted para crear poesía?
Mis ganas de escribir poesía son directamente proporcionales a mi deseo de crear, de fluir en una improvisación extática y de gozar la palabra como materia sonora, musical.
Y también a mis ganas de comunicar experiencia y transmitir memoria. Que la vida no pase de largo, que no se olvide. En especial en este libro, Tálamo, tengo poemas que honran la memoria de mis ancestros: mis abuelas, mis bisabuelas y otras personas de mi familia, consanguíneas o afines por el afecto. Los he escrito pensando en mí, en las almas de los fallecidos y en el público en general. Pero el premio le dio al libro tal visibilidad que se me acercaron familiares vivos de mi generación y la siguiente, de una familia quebrada por todo tipo de grietas, y se los pude leer en voz alta y de esa manera transmitir memoria viva a mis descendientes, algo que no tenía pensado y es un objetivo noble para sucesivos poemas. Igual, como decimos con los colegas, no es poesía si sólo importan lo indicial o lo referencial. El poema como obra es lo primero.
—Recibió el Premio Nacional de Poesía por su libro Tálamo, un libro que está incluido dentro de Viernes. Poesía reunida 1979–2021 (Nebliplateada, 2022). ¿El año que viene, saldrá como obra independiente? ¿Cómo fue recibido dentro del marco de Viernes?
Sí, este año 2016 saldrá Tálamo como libro independiente, también por la editorial Nebliplateada, en su idioma original, español rioplatense, con el mismo texto que en Viernes. También tengo como proyecto el de una edición bilingüe sobre la que ya estoy trabajando con la traductora al inglés, Elizabeth Zuba, de Brooklyn (Nueva York), que ya tradujo prestigiosas obras, entre ellas Cartas para que la alegría, de Arnaldo Calveyra. Elizabeth también es poeta, y encuentro una afinidad entre su poesía y la mía.
Dentro del marco de Viernes, Tálamo se ramifica hacia otros de los libros reunidos allí, tales como Bengala (2009), cuyo poema final, “Diciembre 31 de 2001” está aludido en “¡Albuquerque!” y en ese otro poema de año nuevo que es “Enero 1 de 1961, 00:01”. Y también conecta con otros libros, como en el último verso del libro, al final del poema “Fin”, que da título a mi libro de obituarios: “Podré recordarte sin que me interrumpas”. Tuvo especial resonancia, valga la redundancia, el poema “Eco”, dedicado a la memoria de la poeta y música Rosario Bléfari. Rosario siempre fue muy generosa conmigo, y el poema formó parte de una edición colectiva en su homenaje. Cada vez que lo leo en voz alta la gente se emociona y puedo sentir, en quienes la conocieron, la pena y la gratitud.
—¿El día que se enteró que había ganado este Premio, y lo compartió con Genovese, Andruetto y Nachon, ¿qué pasó en usted y su entorno más cercano? Aparte con tan distinguido jurado.
Recibí una enorme cantidad de felicitaciones ese día, muestras sinceras de afecto que me alegraron mucho. Los primeros en responder fueron mis compañeras y compañeros del diario Rosario/12, que se apuraron a entrevistarme y tuvieron la primicia. Mi editora, María Gómez, impulsora del envío al premio, creó un hermoso flyer junto con la diseñadora de la editorial, Luisina García Cattáneo, con la estética del libro Viernes.
Y me dio mucha alegría compartir el premio con poetas que admiro, como la presidenta del jurado, Claudia Masin; Clara Muschietti, también del jurado, y con las otras poetas premiadas, Alicia Genovese y María Teresa Andruetto, y con las menciones: Andi Nachon, Roberta Iannamico y Osvaldo Bossi. Creo que además de haberse tenido en cuenta la calidad literaria como factor de ponderación, esas decisiones del jurado fueron también un modo de dar un legítimo lugar en el patrimonio cultural nacional a la obra de poetas mujeres y a la de un poeta que expresa en su poesía las disidencias sexoafectivas. Y hacerlo en este momento, cuando todo peligra, es un gesto político.
—Usted, en Tálamo, trabaja con el paisaje ¿alguna razón en particular? Cuéntenos sobre el libro.
Sigo a la poeta que muchos en nuestra región elegimos como maestra, Beatriz Vallejos (1922-2007), en la decisión ética, estética y geopolítica de trabajar poéticamente el paisaje como territorio que se recorre y se habita, lejos de cualquier exotismo, y tomando a la poesía universal como horizonte. También me alineo con la poesía urbana que fue cultivada en la ciudad de Rosario tradicionalmente por hombres, como Marcos Lenzoni o Facundo Marull, y donde ahora estamos entrando las mujeres. Porque otra poeta caminadora y viajera es Caro Musa, que va y viene entre Rosario y Orán (Salta), y otra de mis colegas litoraleñas es Lila Siegrist, que en uno de sus versos propone algo que para mí tomó la fuerza de una máxima: “cargar en el verso todo lo que aparezca”.
En Tálamo encontraron su lugar tres poemas míos que venían sueltos desde la década 1990-2000. Uno de ellos es “La fuente de las Nereidas”, que fue publicado en el número 32 del Diario de Poesía junto con el único poema extenso de mi libro Almagro (2000), “El bar de la estación de Valentín Alsina”, con el cual dialoga y forma casi una unidad porque ambos surgieron de la misma serie de paseos costeros y ferroviarios con el pintor Patricio Larrambebere. Los escribí y publiqué en el verano de 1994, mientras vivía en Buenos Aires. Los otros dos poemas de los ‘90 son “Estimado editor” y “Error de marketing”, dos poemas humorísticos filosóficos donde reflexiono sobre lo absurdo de la existencia y del lenguaje, alejados ambos de lo descriptivo y de lo paisajístico. Incluyo más poemas de ese período en mi libro Museo del viento, posterior a Viernes.
Más reciente, “Agua de sauce” (mi favorito de Tálamo, inspirado en una experiencia pictórica) surge en la misma zona costanera o ribereña de Rosario y en el mismo verano
post-pandemia 2020-2021 que “Luna en Piscis”, del que hice una versión extensa en Expreso (2022); ese libro no está incluido en Viernes, ya que salió dos meses después.
Otro poema paseandero es “Lit oral Santa Fe”, compuesto exclusivamente en audio hará algo menos de 10 años, y armado luego como videopoema trash. Lo presenté bajo ambas formas en dos ocasiones en la ciudad de Santa Fe, donde nació. Lo grabé durante una caminata por la calle 4 de Enero, en verano. Caminar es para mí una forma de apropiarme rítmicamente del territorio-paisaje, paso a paso y con calma, mirando alrededor, escuchando, fotografiando, aguardando lo que aparece. No se trata de una vista a distancia sino de un territorio transitado, con su humedad y su calor, bajo el sol que hace estragos en la piel, o siguiendo el camino de sirga del espléndido río Paraná.
Quiero contar también que en San Miguel de Tucumán aprendí, de la poeta Candelaria Rojas Paz, la palabra “pataperrear”. Me pareció una palaba hermosa y le hice un lugar en mi nuevo libro de poesía, Sol salvaje, donde titula un poema y una sección del libro.
—En su amplia obra se hace cargo de este paisaje, el litoral, la urbe, lo visible en suma. ¿Fue así desde el comienzo?
Si bien creo que hubo una evolución en este sentido a medida que fui creciendo, y se fueron haciendo más conscientes en mí estas decisiones, la de cantar la ciudad y lo visible estuvo presente desde el comienzo. El primer poema que escribí nació de un viaje a la ciudad de Leones, provincia de Córdoba. El primero que me asombró leer fue el “Poema de la nieve en Rosario”, de Hugo Ojeda, incluido en la antología Poesía viva de Rosario (1976), que compré en una gran tienda del centro de la ciudad. Ese texto me deslumbró por varias razones: su autor estudiaba inglés con la misma profesora que yo, y el recuerdo del aguanieve del invierno de 1973 estaba fresco en mi memoria. Vengo de una infancia lectora en la que me alimentaba de novelas ambientadas en lugares exóticos, como la sabana africana o bajo la neblina londinense, y de pronto encontré que mi propia experiencia vivida podía ser tema de la literatura, y ese asombro no me abandonó más; ahí ya había un programa de poesía situada. Lo cumplí a rajatabla en mi novela DAF y en otras obras, como una canción que escribí a los 16 años y titulé “Para ajustar las cuentas con Rosario”. Charly Bustos le puso música y la canta hasta hoy.
—¿La poesía es un instrumento ante situaciones políticas adversas?
Sí, la poesía es política, porque hace un uso libre de la palabra, sin agenda previa, y porque es una toma de la palabra que se impone por la legítima fuerza de la voz, por el poder real y físico de la voz. La poesía nos demuestra lo que puede un cuerpo hecho voz. Y ese poder, si habla de lo que importa, si ahonda en la experiencia misma del estar vivos ante un poder central que nos quiere muertos, el poder de esa voz convoca la escucha y crea comunidad; la poesía crea comunidad, como dice mi querida colega Vicky Lovell, y esa comunidad sostiene en momentos de adversidad. Y no menos importante, la poesía es un modo inmediato y breve de dar a compartir los bienes culturales, condensa enciclopedia y la distribuye al pueblo. Y me encanta la poesía en voz alta, la que se escucha en convivio.
—Mencione los poetas que han sido fundamentales en su formación. ¿Un poema o poeta que haya trazado una línea entre el antes y el después de leerlo?
Beatriz Vallejos, Willy Harvey, Hugo Padeletti, Mirta Rosenberg, Estela Figueroa y muchos más. Los conocí a través de su poesía primero, pero después los conocí y vi cómo vivían y pude apreciar su coherencia entre la obra y la vida. Todos esos encuentros, tanto con libros como con personas, marcaron en mi propia vida y obra un antes y un después. Y si tengo que nombrar un poema, es el poema de Milton sobre la ceguera. Me salvó la vida.
Y por supuesto que hubo un antes y un después de leer ese otro que mencioné, “Poema de la nieve en Rosario”, de Hugo Ojeda. Que fíjate vos, la localización del poema en el propio territorio aparece en mi lectura de este poeta de mi generación cuando el territorio propio se nos vuelve extraño, “literario”, libresco. Pero más importantes aún que los conocidos y consagrados fueron mis amigas poetas, chicas como yo que a los 14, 15 años escuchaban las letras del Flaco Spinetta y escribían versos en cuadernitos: Silvana Sayago, a quien tuve el honor de editarle su primer libro, Resina; mujeres de las periferias cuya obra se perdió, como mi amiga Graciela, que firmaba “Resolana”; o Celina, “la Yoko”, a quien le dediqué un poema de mi libro Almagro (2000). Las recuerdo con nombres y apellidos en Viernes, en una cronología ilustrada al final del libro donde se narra año a año mi vida con la poesía.
—¿Qué opina sobre la poesía en la actualidad? ¿Adhiere a los booktoobers, junto a bookstagrammers e instapoetas, que difunden poesía y literatura juvenil en redes, mediante reseñas, blogs y lecturas en voz alta en YouTube e Instagram, creando comunidades activas?
Me interesa todo lo nuevo, siempre y cuando sea fiel a la poesía y no olvide la tradición de los autores precedentes; una tradición moderna de ruptura si se quiere, pero tradición al fin. Me parece un gran aporte la innovación que constituyen los slams de poesía, porque son una forma de poner el cuerpo a la poesía y reponer la dimensión de oralidad, de performance y de liturgia que se halla en el origen mismo de las artes escénicas y que los poetas habíamos perdido, refugiados en la gráfica de la página. Los poetas ponen el cuerpo a sus palabras y eso me gusta, hay una adrenalina nueva ahí de donde salen nuevos ritmos, nuevas velocidades, lenguajes más directos, más incisivos y satíricos, más humor y juego. Yo lo hacía medio intuitivamente a comienzos de los ‘90 y fui una incomprendida, ja, ja…También el videopoema es un género que me interesa explorar y poner a circular online. Tengo al respecto un experimento de muy buen éxito crítico que se titula Kevin Carter y es de 2020/‘21. Está subido a YouTube en sus dos versiones, sin y con música por Iván Dahl. Se basa en fragmentos de una obra de Norberto Puzzolo, y los recrea a la manera del cine. Creo que la difusión a través de Internet es una herramienta muy útil porque nos permite a los poetas tener a mano un alcance global, antes impensable, de nuestra obra. Pero creo también que nada reemplazará al libro ni a la experiencia de la lectura de un libro en papel, que se puede guardar en una biblioteca, tener en la mano o fotografiar junto a otros objetos. Y nada reemplazará tampoco al convivio teatral, la experiencia de leer en vivo al público.
Como ya dije, la poesía nos conecta con lo más humano de nosotros y de nuestro lenguaje.
¡Muchísimas gracias, poeta!
Beatriz Vignoli. Publicó, en los últimos 4 años, diez de sus casi treinta libros editados: Viernes Poesía reunida (1979-2021), Buenos Aires: Nebliplateada (2022) Expreso (poesía), Rosario: Editorial Biblioteca (2022) Lemuria (novela de autoficción), Buenos Aires: Mansalva (2022); Reverie (memoir), Rosario: Ivan Rosado (2023) Museo del viento (poesía), Nebliplateada (2023) Eva poseída (cuentos), Buenos Aires: Eloísa cartonera (2023) Podré recordarte sin que me interrumpas. Obituarios reunidos (2013-2023), Bs. As.: La Gran Nilson (2024) Canción de la derrota. Ensayos reunidos (1990-2023), San José del Rincón, Santa Fe: 7 vidas (2024) Molinari baila (novela de ficción), 3era edición, Rosario: UNR editora (2025) Sol salvaje (poesía), Buenos Aires: Socios fundadores (2025) Y tiene en preparación Tálamo (poesía), por Nebliplateada, para este año 2026.

Mónica Cazón (Tucumán). Escritora, Lic. en Ciencias de la Educación y Especialista en Literatura Infantil/Juvenil. Se desempeña en la UNT en Educación No Formal. Docente en PLAT. Coordina la Asociación Literaria Lagmanovich. Fundó el CIDELIJ Tuc (Centro de Investigación, Estudio y Lectura de la Literatura infantil/juvenil -Ente Cultural-UNT- y el Laboratorio de lectura crítica e investigación “MicroLee”. Gestora cultural. Colabora en La Gaceta Literaria y otros. Lleva editos 12 libros de diferentes géneros.




Excelente nota.