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Escritura de la dispersión

Construcción de pliegues y puntos de fuga como formas de constituir experiencias de lo real

Sobre Una música, de Hernán Ronsino

Por Liliana Massara |

…parecía desprendido del paisaje pero en cada sonido, fundaba la complejidad del mundo…

Hernán Ronsino

Una lectura novedosa siempre está puesta en los bordes.

Hugo Foguet

Tengo entre mis manos Una música, (2022) novela de Hernán Ronsino, publicada por Eterna Cadencia Editora. Mis ojos detenidos en el diseño de tapa, donde tres hermosas aves se sostienen de una rama y miran hacia diferentes puntos, me sugieren, intuitivamente, antes de ingresar al texto, la sensación de que allí, en esa prosa que comenzaría a leer en breves instantes, me encontraría con el dominio de lo musical, con el poeta/narrador tensando con otros desafíos las palabras. En la medida de mi lectura, captaba cómo literatura y música se imbricaban, formateando la prosa con engranajes poéticos, y en consecuencia, pensaba que con esta novela, su autor se reubicaba diferente en relación, no sólo con sus novelas anteriores, sino con cierta tradición de la novela argentina de principios de este siglo XXI.

Mi intuición disfrutó de los primeros momentos de la historia, en la que el paisaje, sonidos y pájaros elevan a un ritmo lírico el tono de la prosa, pero a medida que la narración avanza mediante el relato de Juan Sebastían Lebonté (no, Johann Sebastian Bach, el músico alemán del período barroco) observo que se comienza a entretejer una trama dispersa donde hay un deseo postergado que se reitera, y un mandato del padre de Juan que quiere que su hijo sea pianista, y “una música” que llega del pasado, casi como una obsesión paterna que irá determinándose como  imposición en el devenir musical de Juan.

La historia se inicia con la muerte del padre mientras Juan está en Bélgica donde no da el último concierto. Regresa a la Argentina y su madre le comunica que tiene por herencia “El Refugio”, un campito en Paso del Rey.

Deja Buenos Aires, e inicia el viaje al interior de la provincia. Entre el ir y venir de la memoria, llega a la periferia y explora con una especie de nueva mirada.

Reaparecen recuerdos en relación con lo musical y con los pianos que “son como una casa amplia y misteriosa”,  que son, “finalmente un laberinto” como ese piano abandonado que entrampa más a Juan en una identidad que desconoce; porque en ese viaje, va en busca de sí y de su otro, ese que tal vez pueda ser: “Me convencí de que así llegaba a flote…correr, buscar la salida” (41) No se detiene, llega al Refugio con otro nombre pero decidido a seguir porque “avanzar es una forma de develar lo que está al acecho”.

Un lugar en las periferias, con sus otras formas de mirar y de narrar los acontecimientos a partir de un modo particular, como si fuera improvisando a medida que avanza, no solo el relato sino su “propio destino” porque es “ a veces, el mejor camino para decir lo genuino”.

¿Qué entendemos dentro del relato por lo genuino?. Al aprehender el texto como un espacio, no sólo colmado de historias que se desencadenan unas de otras, desde las mayores a las pequeñas, el narrador arma una geografía textual en donde se evidencia que la historia central o principal, va perdiendo su centro en la expansión hacia las otras que de alguna manera son vinculantes, unas más que otras;  allí aparece eso cercano a lo genuino, a lo propio, que en el caso de esta novela de Ronsino, se ajusta a una lógica narrativa particular, en donde los hechos se construyen en una especie de engranaje que arma desde otras distancias.

La narración vincula trozos y trazos  alrrededor del acontecimiento central, deteniéndose en algunas, aparentemente menores, pero que forman parte del mecanismo de su escritura, a través de un movimiento de fugas que producen el efecto de “una variable incierta”, además, el mismo Juan (¿alter ego del autor?) autodefine los procesos escriturarios  a partir del mismo acto constructivo interno: “siempre me atrajeron las tramas menores, los sonidos ocultos. Esos que aunque parezcan invisibles, componen un molde, una huella que permite las tensiones, los cruces posibles”.

Esos cruces son parte importante en el acto narrado, a la vez que se perciben como fugas en busca de la historia central, pero se expande, se abre a otras, como una práctica que no se cierra, como un “desborde desprolijo” tal el disco de Bill Turner. Disco y escritura se fusionan: Turnen ha improvisado y el narrador parece construir un espacio de pura improvisación.

Así, Ronsino produce un efecto de realidad, apela al realismo, sin embargo, torsiona sus paradigmas; invade algunos procesos del realismo pero los moldea a su manera, mediante mecanismos de dispersión; abrirse es también, quedarse en los detalles, y llenar huecos.

Mediante el personaje de Dángelo (quien sí desea aprender a tocar el piano) la voz que narra/se narra, se permite decir: “Dángelo se pierde en detalles, que me atraen y me expulsan a la vez, […] Rodea y rodea el asunto con hojarasca, hasta que después de un rato le apunta directo, va al grano”.

Una Novela que inquieta y atrapa, que camina entre rastros y huellas oscuras. Está muy bien contada no solo por el manejo de la prosa, sino porque es capaz de transmitir “el sentimiento de la experiencia” al lector, que al decir de Piglia, “depende de la implicación, pues está siempre ligada al que recibe el relato”. Y Ronsino sabe cómo involucrar al lector…


Hernán Ronsino (Chivilcoy, Buenos Aires, 1975). Publicó las novelas: La descomposición (2007), Glaxo (2009), Lumbre (2013) y Cameron (2018). En 2020 recibió el Premio Anna Seghers que se entrega cada año en Berlín, a un autor latinoamericano. En 2021 el Premio Municipal de Literatura de la ciudad de Buenos Aires.

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