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ISSN 2684-0626

 

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Heridas antorchas

Notas sobre Agón. Cuaderno a María Adela Agudo

Por Leticia Auat |

                                   “De algún modo el día se hace eterno

cuando estoy así de sola;

no me gusta la canción que el viento canta

como gruñendo por un hueso”

katherine Mansfield

María Adela Agudo porta la mística de lo inconcluso. Murió joven a los 40 años en 1952, sin llegar a publicar un libro. Actualmente hay concursos literarios y salas culturales que llevan su nombre, persiste en el imaginario santiagueño gracias a la memoria de quienes la admiraron y la amaron.Pero su obra, para la mayoría, seguía siendo un misterio. Quizás algunos pocos poemas sueltos en alguna revista que se dejó de editar y las publicaciones en los boletines y cuadernos de La Carpa. Entonces, ¿cómo recorrer los treinta y dos poemas reunidos en Agón. Cuaderno a María Adela Agudo publicado en el 2.023 por Mundar Editorial? El libro no sólo rescata y compila los poemas publicados originalmente por la revista Agón, sino que contiene el relato de la reconstrucción de su obra, la excavación capa por capa, los estratos de su sentir poético, sus edades, su música, la talla y cresta de su dolor. También incluye las elegías, ditirambos, responsos y poemas muy sentidos y elocuentes que sus camaradas y amigos le han dedicado:

“Este libro es para usted, María Adela, que se apuró tanto en morirse”

 Gustavo F.J. Cirigliano

“Entretanto nosotros, religión de tu causa,

Con el árbol y el ave que sostuvo tu canto,

Con la sal y la espina que afirmó tu mensaje

Hoy aquí restauramos tu guitarra quebrada”

Alejandro Jorge gallardo

¡Cómo has podido, Negra, morir tanto!

Por las dulces sonrisas de tu halago,

por tu rota canción, ¡oh, cielo santo,

hay cendales de luto en nuestro canto,

y hay escombros de sueños en Santiago!

Raúl Galán

Mientras leía sus poemas me resultaba imposible no conmoverme por su edad, apenas unos años menor que yo, pudimos haber sido amigas, la habría conocido. En esta distracción estaba cuando llegamos a la fecha de la presentación de su libro. Si me habían invitado a leer sus poemas, si había dicho que sí, ¿cómo alzaría esa voz que todavía nadie había escuchado?

La escucho recta y paciente, urgente y apasionada, versos castizos, híbridos, dichosos y embriagadores. Escucho un romancero con la voz de Nuria Espert, en una danza en la que bailan juntos gitanos y originarios. Agotado el caudal alborotado de su línea poética, ella se contempla y se condensa, nos llena de palabras vaciando nuestro paisaje para dejarnos absortos, heridos. La mujer sonámbula se abre paso entre los cercos del tradicionalismo para emerger única, íntima, fabulada. A la mujer inquieta y suplicante, a la mujer exuberante y desencantada, recuerdo pedirle que me acompañe, recuerdo pedirle que no me deje sola. ¡Pero qué mejor concordancia con su voz que dejarme huérfana y vagabunda con su presencia de imposible arcángel! Y desde este vacío invocarla, llamarla, parecerme a su reclamo esencial, a sus movimientos inquietos de pájaro herido. Ella escribía “arrojar la saeta a un pájaro y no matarlo premeditadamente”

Me acerco al micrófono con la constancia de sus versos, de su plumaje inconcluso. Una mujer desborda el camino, una mujer lleva a la otra al poema. Su voz asciende a los pies de una promesa con heridas antorchas.

Poemas de María Adela Agudo

BUENOS AIRES

no tiene cielo, pero tiene río y soledad. Una soledad no etérea sino psíquica, individual, de cada uno. Tengo la ilusión de que todo, los tranvías, los recuerdos, el aire, me llevan al río. Buenos Aires atlántica no tiene mar, El Plata se lo escamotea. Y un tiempo joven, sin hiedra de pasado, un tiempo de retoños que empieza en mí cuando las terrazas están llenas de niños y de ángeles.

Buenos Aires, Navidad de 1943.

EXPRESIÓN

Sin murmurar los árboles,

su verde copa entregan

hasta volverse de humo

como las nubes lentas.

Toma color de sueño

cierta hierba mimética,

entre la piedra asume

un barniz de leyenda.

Los vahos de la fuente

abren velos y perlas:

gris apenas soñado

cercano a la azucena.

No puedo consolarme

del cielo, de la aldea,

ni del grácil otoño

tan fácil a las penas.

ZAMBA ALEGRE

Zamba alegre te dijeron

para más decirte zamba,

como quien cultiva amores

en el huerto de las lágrimas.

Los gatos, las chacareras

no te tienen por hermana

porque bordan alegrías

en pañuelos de añoranza.

Zamba, no eran para ti

esos giros y castañas,

esos giros de torera,

esos sones de gitana:

santiagueña eres ahora,

donairosa y recatada,

los recatos de flor criolla,

los donaires de flor gaucha.

Por alegre, reír sabes

y sabes llorar por zamba,

con reíres de arpa amiga

con llorares de guitarra.

Cuando ríes, ríes mieles

dulces frutas, dulces vainas

cuando lloras, lloras sales

sal de tierra, sales del alma.

Cuando das, das limpios soles

y altas noches cinceladas,

cuando ruegas, ruegas ríos,

ruegas sombra, ruegas agua.

Zamba alegre te dijeron

para más decirte zamba;

zamba alegre, también eres

zamba triste, zamba, zamba.

POEMA PARA TU VOZ

Entre el alba y los ceibos

amo tu voz interminable;

resalada, resinosa, de elemental aroma.

En tu joven garganta llena de astros,

llena de alegre trébol,

beso tu voz perfecta

que me llena la piel de ingenuas malvas,

de pichoncillos, de mosquetas.

Tu voz, espacio donde crece

el trigo azul para mi verso

y el azul algodón de mis silencios;

tu voz con dos eternidades:

eternidad de frutas y de flor del aire;

 tu voz que calla soledades

 para nombrar aldeas y mujeres y garzas.

Oh, voz libre, sin vaso, sin metro

sólo cabe en guitarras y en las suaves orejas.

A UN JOVEN

Han pasado siete años.

Tú eres rubio y con risa de plata,

con un extraño impulso de altura que me dejaba sola,

con un nombre hecho de presentimiento.

Ah, nombre que me llenó de dicha.

Después partimos alborozados a la vida

henchidos de ignorancia, sin fatalidad,

con libros y frutas por ciudades en vigilia,

acompañados de ciegas, de alocadas criaturas tan desprevenidas

como nosotros.

¿Tú viste acaso playas de asombro, sirenas fluviales, barcos?

¿Qué mujer te esperaba esfinge o graciosa, qué escultura?

Yo vi las montañas, eran increíbles con jinetes de mujeres de silencio.

Corté penachos de agua en los manantiales,

lavé guijas para asir su rosada luz;

pero el perfil de las cimas me recordaba tu alejado corazón.

Qué breve es el bullicio

la sonrisa que llena el ditirambo.

Quién te espera como a tus versos locos

niño, exaltado adolescente, fugándose,

o tú, casi amor, sencillo, tonto, sin comprendernos.

Ah, qué bermejos luceros brillaban en tus labios,

cómo están llenos de lumbre y de júbilo tus brazos.

Eran más tuyas las palmas, más te embelesaba la aurora.

Las preguntas cantaban mejor que los besos,

la marcha, la carrera, la música, la fraternidad.

Qué querían tus discursos y deportes

que no tenían nada del temblor de la tertulia,

de las tiernas pestañas olvidadas.

No obstante, tu corazón que espléndido con rumor de ceibo, con

claveles de candor.

Yo lo oigo palpitar en la empresa entre plazas y caminos

aún en el renacer cuando se da sin miedo palabra y juventud,

cuando se ama la rara muerte.

Arrojar la saeta a un pájaro y no matarlo premeditadamente,

chapotear el agua con caprichos y reflejos,

pies desnudos de piedra que se detiene.

Por qué tener unos años más que tú

para qué tanta mujer que me dejaba solitaria

con el niño eterno que jugaba en ti.

¡Joven goloso de guindas, de asombro, de infinito,

nada más, ah, me duele tanto!

Para qué ser coqueta, por qué la apostura de mis tobillos.

Ay, desconocido y sin embargo Dios te destinaba para nosotras

o en tu nombre había un temblor inmenso,

un arresto de semidiós, adivinaciones de titán

y algo más, cerca de un imposible, de un acaso revelable

ilusiones de ruiseñor, fantásticas escaladas de porvenir.

Te sentías sufrido, fabuloso con los héroes, plantado en los

vergeles del mundo, en la llanura del espacio,

en una ausencia inefable porque las lianas no llegaban a tus

ojos de recato celeste;

eran las maravillas como lianas edénicas que aún no llegaban a

lo alto del cedro.

Retorna a mi eternidad, a mi nudo con el cielo,

yo no soy como tú,

vuelve a mi soledad, donde estamos ataviadas de distancias

seductoras de tu última risa.

Porque yo no tengo aún hijos de sangre

y tú eres para mí un hijo hermoso y el niño y el hombre,

para mí la niña, la madre viva.

Hoy vuelvo a verte rubio como los girasoles

brillando! Tenue y rudo.

Ya no te recuerdo, creo que no has crecido

que eres sólo un efebo sin tiempo.

Mira pasar las mujeres que se transforman,

habla con las vírgenes que atisban el hogar de las rosas,

no oyes venir la memoria, no amas aún la muerte.

Una vez levantaste una muchacha a través del riacho,

otra, te ocultaste en un risco

y luego vimos la sorprendente adolescencia

que quise desnudar tu torso para admirar los músculos

donde aromas y trinos hubiesen resbalado.

Qué arrogante la ascensión de tus promesas,

qué deleitoso el tránsito de tus sueños.

Ya te siento llegar hasta el pie de los ángeles

con ojeras, como la sombra del sicomoro,

con heridas antorchas.


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