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ISSN 2684-0626

 

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Hilos de silencio

Sobre Fervor de Tucumán II. Antología de Microrrelatos, La aguja de Buffon Ediciones. Ana María Mopty (comp.) (2024)

Por Martín Aguierrez |

Es harto conocido que para David Lagmanovich (uno de los referentes en el estudio del microrrelato) tres son las características del género:[1] 1) la brevedad o concisión (criterio externo fácilmente verificable, puesto que se puede expresar a través del cómputo de las palabras que constituyen un texto), 2) la narratividad (criterio interno susceptible de ser analizado por el crítico), y 3) la ficcionalidad, que depende sobre todo de la actitud, o del propósito, del escritor. Parto de estas precisiones del género con el objetivo de detenerme/regodearme en una de ellas: la brevedad o concisión.

En particular, me interesa tirar del hilo de la concisión para pensar el trabajo de escritura de esta antología compilada por Ana María Mopty. Digo “tirar del hilo” porque quiero, por un lado, ahondar, descubrir qué sale de la galera del mago, tirar y desarmar el tejido que sostiene la escritura de las/los diecisiete autores aquí compilados y que integran la Asociación Literaria Dr. David Lagmanovich. Digo tirar del hilo también porque me convoca esa palabra: concisión y el campo semántico que ella habilita. “Escritura concisa, ajustada” dice David: “virtud de los grandes escritores, el decir mucho con pocas palabras”. Dice el mexicano Roberto Zavala Ruiz en El libro y sus orillas: “Concisión. Decir lo más con lo menos. Ahorrar palabras. Evitar lo innecesario […] Ser conciso exige precisión en el lenguaje […] La concisión es cuestión de trabajo”.[2]

Y es que Fervor de Tucumán II es un muestrario del trabajo con la concisión, mejor dicho, es una antología que reúne los esfuerzos implicados en el trabajo con la escritura y el silencio. Porque eso de “Ahorrar palabras”, eso que Zavala Ruiz llama tan al pasar “precisión en el lenguaje” supone una batalla cuerpo a cuerpo con el silencio. Este libro da cuenta de las potencias del silencio, lo conjuga y lo conjura para mostrar a los lectores que él también significa. La brevedad de los textos nos enfrenta una y otra vez a la muda página en blanco. Estos microtextos, ya por su disposición en la hoja, navegan en un fondo de silencio. Al mismo tiempo condensan, en su interior, huecos semánticos, zonas no dichas, latencias de significado que convierten cada lectura en un desafío. Porque escribir con el silencio de la mano supone correr un riesgo. En tiempos tan revueltos como el nuestro, la apuesta al silencio, delante de tanto ruido, es un gesto político. Y el libro corre el riesgo y fervoroso acerca a sus lectores el reto de la concisión, nos provoca y nos mueve (a nosotros lectores) a darle significado al silencio.

Maurice Merleau-Ponty en una frase bella y al mismo tiempo sugerente de su libro Signos sostiene:

En fin, tenemos que considerar la palabra antes de que se la pronuncie, el fondo de silencio que no deja de rodearla, sin el cual no diría nada, o, lo que es más, poner al descubierto lo hilos de silencio de que está entremezclada.[3]

Leo Fervor de Tucumán II y me asaltan las preguntas ¿qué hilos de silencio están presentes en la escritura del libro? ¿qué fondo de silencio rodea a estos microrrelatos? Los organizo en seis hilos; seis hilos traicioneros: el hilito de aquí se corre para agarrarse con el de allá. Los hilos se confunden, se trenzan, se doblan y, a veces, el que vimos de un color de repente lo ponemos bajo luz y ya tiene otro. En fin, los hilos de silencio que identifico en esta, mi lectura, a veces están presentes en algunos textos en particular, otros se superponen, se entremezclan y anidan en varios a la vez.  

1.- Quizás el más persistente sea el del silencio como hiato o hueco narrativo en el micromundo ficcional. Leo algunos textos de la antología y esos hiatos funcionan como piezas faltantes del rompecabezas, espacios en blanco que quien lee debe reponer para completar el sentido del texto. El silencio se juega aquí como un escondite: los narradores sustraen información, la ponen debajo de la manga y nos invitan a ser parte del texto. Sólo así, comprometiéndonos con la ficción y con lo que allí se cuenta, es que ese hiato, ese espacio en blanco toma cuerpo. Sólo así podemos comprender por qué el niño deslumbrado por los pájaros -que construye Carlos Duguech en “Volar”- decide un día disparar a un gorrión con un rifle de aire comprimido. O porqué en “Odontológico” (texto de Ana María Mopty) una madre con los hijos lejos lleva a cuestas un dolor insoportable en las encías y en el cuerpo. Reponer silencios, quitarle la voz al narrador y que el lector arriesgue posibilidades, ese es el objetivo de muchos microrrelatos de esta antología.  

2.- En ese sentido, el silencio también hace su aparición en la antología como andamiaje, como sonido secreto que el lector debe saber escuchar para asir el sentido. Se trata de un hilo que es necesario volver a traer del pasado para que la lectura adquiera la potencia necesaria. Como un silbido desgastado que el texto hace presente para reactualizarlo. La mitología clásica, las historias que nos contamos una y otra vez en Occidente y en Oriente, los relatos maestros que sobreviven al tiempo y organizan la cultura y la ciencia se inmiscuyen en muchos de los microrrelatos. Pienso en la caperucita de comisuras sangrantes que se construye en “Juguemos en el bosque” de Lily Jalile o en la “Venus” escultórica y parlanchina concebida por Elena Acevedo (Tati). Pienso en las Antígona de “Elogio de la amnesia” de Nora Scarpa que entierran y desentierran a sus muertos en el 441 a.C y en el 2024 o en el hogar, la casa propia, la familia devenida monstruoso laberinto de Asterión construida por Estela Porta en “Sin boca”. Incluyo también aquí las historias misteriosas de la ciencia, con sus ideas brillantes y sus eurekas, recogidas en los textos de Julio Estefán (por ejemplo, en “El sueño de Kekulé”).

3.- En otras zonas de esta antología, los microrrelatos trabajan con ese ripio silencioso que late agazapado en la vida cotidiana. Es el malestar de la cultura que pone en conflicto a los personajes y, al mismo tiempo, configura zonas indecibles. Los textos que toman esta dirección por momentos construyen ese malestar como persistencia y como latencia. Son formas de interrogar a eso que George Perec llamó lo infraordinario, es decir, a lo que ha dejado de sorprendernos: caminar, respirar, comer, pensar, a ese silencio que habitamos y que vivimos con indiferencia. “Contaminados” de Liliana Massara nos sitúa en ese camino y moviliza la pregunta por la ingesta, los banquetes que devoramos en el almuerzo y nos devora, a su vez, por dentro. Pienso también en “Durazno” de Marita Pilán, texto en el que el malestar se condensa en el simple gesto de observar a un padre pelando pacientemente una fruta en un patio de Santiago del Estero. O quizás en la cicatriz profunda que dejó la pandemia en uno de los personajes construidos por Sergio Lizárraga.  

4.- Hay otros textos en los que el silencio más que un ripio es una zanja abierta en lo más íntimo. Duele y no lo vemos. Aquí el microrrelato trabaja con el horror, el miedo, la violencia, la crueldad con las infancias. Mónica Cazón y Adriana Lucero exploran ese malestar en primera persona y a pesar de que los personajes lo explicitan en el discurso, la violencia se aloja en el cuerpo, precisamente una zona vedada a la lengua.

5.- Llama la atención en esta antología de microrrelatos el modo en que irrumpe en algunos momentos el silencio como implícito y como “tabú”. El hilo de silencio, en estos textos, es más bien un lazo que sostiene desigualdades y, al mismo tiempo, tapa los conflictos para cumplir con lo socialmente pactado. Pienso en el matrimonio, el bar y ese “actuar la familia” presentes en “Dintel” de Gabriela Palazzo o en “Legados” de Marisa Guaca donde el gesto de refregar la ropa con fuerza del personaje desemboca en una historia de mujeres ocupando siempre el mismo rol.

6.- Un último hilo que rescato es el del humor. Seguramente se preguntarán qué vínculos posibles hay entre el humor y el silencio. En efecto, los textos de Rogelio Ramos Signes, Orlando Romano y Juan Pablo Saéz Gil bordean el humor como una forma de esconder el dolor. La ironía irrumpe como mueca, es la expresión de una contractura que no resuelve si debe reír o llorar. En ese borde, el humor asoma en los microrrelatos proponiendo el disparate, el absurdo, lo ilógico en un mundo donde la guerra y las armas se hacen cada vez más presente.

Creo que Fervor de Tucumán II nos acerca el silencio y sus distintos modos de significar al mismo tiempo que nos permite observar ese trabajo preciso de las/los autores con la lengua, las palabras y la escritura. Sólo me resta felicitar a Ana María Mopty por su esfuerzo en el armado de esta antología, a la Asociación literaria Dr. David Lagamanovich y a la Editorial La Aguja de Buffon.

Para Kafka, un libro debe ser un hacha que rompe el mar helado que llevamos dentro. Ojalá este Fervor de Tucumán multiplique sus pliegues, abra rendijas, fisure las palabras, continúe movilizando la lengua y contagie la creatividad.


[1] Esta caracterización del género fue tomada de: Lagmanovich, David (2006). “El microrrelato hispánico: algunas reiteraciones”, Iberoamericana, IX, 36 (pp. 85-96).

[2] En Zavala Ruiz, Roberto (2013). El libro y sus orillas. Tipografía, originales, redacción, corrección de estilo y de pruebas, Fondo de Cultura Económica, Edición electrónica, México D.F., pp. 372-373.

[3] En Merleau-Ponty, Maurice (1964). Signos, Seix Barral, Barcelona, p. 57.

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