Por Patricio García |
Qué bárbaro lo efímeras que son las fascinaciones en la vida de las personas, y sin embargo siempre hay una fascinación que dura toda la vida. La mía es la música pop.
Se origina por los Beatles, antes de que tenga memoria y sigue hasta hoy, que estoy al borde de los cincuenta.
Pero dicha fascinación echa raíces, cimientos duros duros y se transforma en una institución interior, algunos años después, cuando tenía unos siete u ocho años, e involucra los dos personajes más impensables, a Luis Miguel y a una niña de quince años llamada Fátima.
Vivíamos en la Ejército del Norte y la Fátima vivía a la vuelta. Sus padres la ofrecieron para trabajar y así empezó a venir a mi casa.
La Fátima llegaba cada mañana, con su grabador y escuchaba vuelta a vuelta un mismo casete. Era el casete de un cantante adolescente del que nunca antes había oído hablar, Luis Miguel.
Se trataba de su último album hasta el momento, Palabra de honor. Era el disco en el que Luis Miguel cambia la voz de niño a adolescente. Indiscutiblemente un disco de transición.
De tanto escucharlo llegué a familiarizarme con Palabra de honor al punto que hoy puedo recitarlo de principio a fin.
La Fátima los tenía a todos, todos los álbumes que Luis Miguel había hecho, en casete. Tenía hasta rarezas como un disco horripilante de versiones de rock and roll llamado Luis Miguel también es rock.
Bastó que le mencione dos palabras sobre la música que escuchaba, para que me secuestre como su interlocutor. Porque a la Fátima no le interesaba hablar de ninguna otra cosa. Y en cambio le entusiasmaba de una forma que lindaba con lo preocupante el tema Luis Miguel.
Lo que la Fátima no sabía es que yo ya entonces estaba fascinado por completo con el mundo del pop. El sonido de las canciones en la radio, Madonna, Cyndi Lauper, El Club de Michael Jackson, los videoclips que pasaban los sábados en Rock And Pepsi, las tapas de los discos, los surcos de los discos, las tapas plegables de los casetes, el olor de la cinta. Todo eso hacía que los latidos de mi corazón se aceleren. Capaz era yo el que había encontrado su interlocutora.
Inmediatamente me hizo escuchar toda la discografía de Luis Miguel y me contó su película. Y, de verdad les digo, me contó Ya nunca más tantas veces y con tal lujo de detalle, que cuando llegué a verla muchos años después sentía que ya la había visto. Y pude corroborar que lo que me contaba de que le cortan las piernas era verdad, y no una fantasía loca de la Fátima. Que era mi sospecha. Porque ¿A quién se le ocurre?
La Fátima tenía una carpeta de Luis Miguel. Una carpeta era exactamente eso, una carpeta, donde la Fátima pegaba recortes de revistas donde salía Luis Miguel, copiaba las letras de sus canciones, y todo estaba adornado con corazones y frases como “Micky te amo» o “Fatima y Micky». Porque en esa época, Luis Miguel era Micky. Lo de Luismi vino después y sonó extraño a mis oídos cuando lo escuché.
Una tarde me pidió acompañarla a la fotocopiadora de la Ejército y Mate de Luna. Llevaba sus últimas revistas con artículos sobre Luis Miguel, para hacerles fotocopias COLOR (¡!), para su carpeta. Ella no cortajeaba sus revistas de Luis Miguel, le hacía fotocopias color, tecnología que en esa época era nueva, rara y cara y dejaba su impresión como un relieve.
Lo que para mí resulta fundacional de todo esto es que comencé a discutir con la Fátima la música de esos discos. A poner en palabras, a intelectualizar mi sentir sobre diferentes músicas. Los debates eran furiosos. Discutíamos por arreglos, letras, interpretaciones del maestro en el canto. Sin llegar a las manos, nos peleabamos con verdadera pasión. Por música. Por música descartable.
Un lunes la Fatima llegó habiendo visto durante ese fin de semana la última película de Luis Miguel, Fiebre de amor, con la que se decía era su novia, Lucerito. No se si antes o después se hizo con el casete. Recuerdo defender a capa y a espada Todo el amor del mundo, un dúo con la Lucero, una canción insípida pero con armonías asombrosas que me intrigaba. No me acuerdo en que disco estaba pero mi canción preferida era otro dúo, este con Sheena Easton, una canción preciosa llamada Me gustas tal como eres, del maestro Juan Carlos Calderón que venía España y de componer el Eres Tu de Mocedeades, y estaba por componer para el mismo Micky, La incondicional.
Resulta que un buen día Luis Miguel viene, no solo a Tucumán, sino a nuestro barrio. Se presentaba en el club Villa Luján, a la vuelta de la esquina de nuestras casas.
La Fátima estaba en éxtasis, obviamente adquirió su entrada inmediatamente, y ese día planeaba esperarlo en la puerta del club, para intentar conocerlo y que le firme la carpeta.
Llega el día y como todo esto la ponía muy nerviosa, me pidió que la acompañara. Llegamos temprano a la siesta, y ya había en el lugar un grupo importante de señoritas haciendo guardia, pasaron unas buenas dos horas hasta que apareció Luis Miguel, las chicas en la puerta se triplicaron.
Luis Miguel llegó en el interior de un Ford Taunus. Muy antes de verlo, me llegó el sonido. El grito agudo de una a la que se sumaron rápidamente diez mas, a las que a su vez se sumaron la Fátima y el resto del grupo.
Abrieron el portón del club para que pueda Luis Miguel entrar con auto y todo mientras el saludaba a las chicas desde la ventanilla. La Fátima y yo comprendimos que no iba a firmarle la carpeta.
Pero en ese momento le hizo un regalo mayor. Mirándola directamente a los ojos -yo lo ví-, Luis Miguel, Micky, le sonrió. Su Micky le había regalado una mirada y una sonrisa solo para ella. Sin que medie una cámara, o una fotocopia color. La Fátima quedó en éxtasis durante meses.


Nacido como Patricio Agustín García Martínez (28 de octubre de 1977), es un compositor, músico, director de cine argentino y ex vocalista del grupo Los Chicles. Integró el grupo de improvisación avant-garde Las Águilas Panamericanas de Oro y editó tres discos como solista. Escribió, dirigió y compuso música para cine y TV.
Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Patricio_Garc%C3%ADa_(m%C3%BAsico)



