Por Gaspar Nuñez |
Adrián Sosa aborda a la política por la espalda. Troncos invertidos se elevan metros hacia arriba con sus raíces truncas, ponen el suelo en el aire. Un hacha, un arado y una pala andan en sancos que se bifurcan una y otra y otra vez. Una rama se injerta en una herramienta. Los discos que labran la tierra exhibidos como trofeos en un hogar de Nivel 2, aquella construcción de ladrillos a la vista que supo ser una parada de ferrocarril a las afueras de la ciudad, antes de que ésta engulla al campo y el gobierno quiebre los trenes.
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Hay un elemento en Tucumán que es permanente: la violencia. Y hay violencia en todas las regiones donde hay industria azucarera en América Latina; son regiones violentas. Yo creo que parte desde un gesto, el antiguo gesto de hachar caña y estar diez o doce horas hachando. Le llaman hachar, como si fuera un árbol y sin embargo es una caña.
Así nos habla Rosenzvaig de una especie de trueque que empalma dos prácticas y permuta sus herramientas: el hachado de caña hecho con machete. Ese movimiento de agresión al lenguaje es retomado por Sosa; usualmente su obra cruza instrumentos, recombina funciones y reasigna materialidades. Ambos confunden los fines de la herramienta y, por tanto, reconfiguran los alcances de la práctica y la noción de trabajo.
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Hasta ahora, la obra de Adrián debía buscarse a tientas entre acciones efímeras e instalaciones más o menos vivas. El humo, los yuyos, el sudor, la familia. Pero su última muestra pareciera reconciliarse con la contundencia del objeto inerte. Aunque paradójicamente estas piezas nacen de la voluntad de arar en el cielo como lo hizo en la tierra, de lo que resulta una fugaz rematerialización de su obra, intermitentemente desmaterializada. Echa mano a la nobleza de materiales como la madera y el acero, cualidad imperecedera pero curtida por el trabajo bajo el sol. Entonces, ¿alcanza una capa de óxido para llamar precario a un material o para ver aquí una estética de la precariedad? Del mismo modo que decimos que no todo lo que brilla habla el idioma de lo noble, diríamos que no todo lo deslucido es plebeyo o vil.
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El cielo es una antigua forma de medición que contempla tanto los años luz como los ciclos de siembra y cosecha. Así también, la sabiduría de la madera guarda el tiempo en su cuerpo, lleva incorporada una escala de medición en que cada año traza una nueva aureola en el diámetro de su tronco. Pero para tener acceso a aquel reloj y a su percepción del transcurso de los días, debemos dar muerte al árbol y finalizar su conteo. La madera guarda, entonces, tanto el tiempo como la violencia que la corta, al igual que nosotrxs la guardamos en la memoria. Lo que diferencia la memoria de la historia es la portación de un daño social que asumimos compartido. Mientras la historia pretende sólo ordenar los sucesos, la memoria es admitir la inscripción de cierta herida compartida y política. Adrián Sosa reactiva la memoria de los materiales: la caña hachada con machete, la madera descubre su tiempo. Rezuma la política de las heridas del material.
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Trazar el cielo es escribir sobre el aire con herramientas fabricadas para abrir la tierra. Adrián apela a una violencia que llevamos incorporada, es tanto febril como fértil, una agresividad ritualizada. Comparte el sudor con los muertos y con el que riega los surcos del arado, sala las heridas de la tierra.
Herramientas para trazar el cielo
Adrián Sosa
Curaduría: Joaquín Rodríguez
3 al 26 de julio de 2025
Producción: Fulana Galería
Lugar: Nivel 2 Espacio
Av. Roca 650 — Predio El Provincial
San Miguel de Tucumán
Fotografía: Alejandra Matufia
https://www.instagram.com/ale.matufia.fotografias

(Tucumán, 1994). Artista, curador e investigador. Maestrando en Historia del Arte Moderno y Contemporáneo (UNA). Fue becario del Programa de Artistas de la UTDT (2020-21). Estudió en la Fac de Artes (UNT) y en la Escuela de Bellas Artes (UNT). Recibió becas de creación del FNA (2019, 2022) y de investigación EVC CIN (2025). Obtuvo tercer premio del LII Salón de Tucumán (2025), de la Bienal de Arte Joven BA (2019), primer premio compartido Salón Jamaica Posible (2020), Plataforma Futuro (2017), entre otros. Integró grupos de investigación dirigidos por Marcos Figueroa (2015-19) y Fernanda Pinta (desde 2023). Curó exposiciones en Bienal Sur, Museo de la UNT, Museo Genaro Pérez de Córdoba, entre otros espacios. Dirige Carimbu Editoria desde 2022. Codirigió Revista Las Gárgolas (2020-22) y Galería Lateral (2015-19), premiada en ArteBA y MAC Córdoba. Trabaja con archivos de artistas y colabora regularmente con revistas especializadas en arte.




Excelente lectura de la maravillosa e insurgente obra de Adrián <3 Gracias Gaspar