Por Mario Melnik |
“Yo encontré esta chacarera
penando en los arenales
por un criollo barranqueño
que ya no hay ver los jumiales…
Los primeros compases de “La olvidada”, comienzan a desplegarse en la guitarra de Atahualpa Yupanqui. Su voz va soltando esos versos suyos que están entre los más profundos del cancionero argentino. Versos que nos entregan historias de vida y nombres de querencias que Santiago del Estero atesora tierra adentro: Salavina, Chilca Juliana, Barrancas. Lugares de amistad fecunda, de raíces quechuas y criollas. Entornos mágicos de sol y luna, de silencios propicios para la creación y el encuentro con sabidurías y quehaceres ancestrales.
De esos entornos nació esta hermosa chacarera allá por los años 1950. Cuentan que durante un encuentro de amigos en tierra santiagueña los hermanos Julián y Benicio Díaz le propusieron a Yupanqui poner su sello como letrista a una chacarera de su autoría que andaba huérfana de versos. Fue ahí mismo que el poeta le puso letra y salió a la luz “La olvidada”, obra maestra en la que el canto popular busca y consigue, una vez más, señalarnos un camino en común a recorrer. Y a recorrerlo, según “La olvidada”, siguiendo el canto de un paisano de Salavina que cantaba “debajo de un algarrobo / y en una tarde de enero”
¿Qué es lo que nos permite apreciar en profundidad esta obra sin fronteras y emocionarnos ante su intensidad? Pienso que tal cosa sea posible porque escuchamos “La olvidada” desde el tiempo presente de la poesía, desde su capacidad para dar presencia, consistencia y novedad a lo nombrado. A través de “La olvidada” este tiempo presente nos va entregando una memoria que encuentra su expresión entre la voz individual y colectiva. Surge un vínculo, un puente. Aquello que fue se reconfigura y funde con el tiempo presente de quienes escuchan, para recrear en su conciencia y en su imaginación la sobrevida de lo esencial en lo inmediato, en lo cotidiano. Así, lo ‘olvidado’ se vuelve una expresión coral que se va materializando para permear lo mutable, lo añorado, lo sensorial.
Mediante la potente humanidad de esta chacarera hombres y mujeres de un interior profundo y germinal, que dejaron sus huellas en las melodías y silencios de su tiempo, encuentran un vínculo con nuestros días. Vínculo por el que asoman con tal sustancia y familiaridad que podemos sentir la amplitud de sus voces, su percepción de mundo y la vigencia de su aporte cultural en nuestra mirada creadora, en nuestro propio hacer y proyectar cultura.
Al andar su canto “La olvidada” nos recuerda que es posible encontrar un sentido a los días felices o aciagos de la memoria. Que así encontrando se puede expresar y compartir tanto el gozo como el dolor desde una autenticidad que se reinventa entre palabra y música, florece y vuelve amanecida para decirnos que el olvido puede ser un enorme desamparo. Olvido, como olvidarse por ejemplo de cantarle a la tierra por amor. Un amor que mucho puede decirnos acerca de ese arbolito salavinero,que sin ser ni muy grande ni muy chico puede dar “un poco de sombra / a los cansaos del camino”.
Escuchá «La Olvidada» en el siguiente enlace: https://www.youtube.com/watch?v=iWuSKmPSqVc

Nació en 1958 en Concepción, Tucumán. Es traductor y ha ejercido la docencia del inglés. En los años ochenta formó parte de la asociación JOETUC (Jóvenes Escritores Tucumanos) y del grupo literario Polymnia con los cuales realizó numerosas actividades que marcaron sus inicios en la poesía. Publicó en las antologías “Espacios y Espejos” (SM de Tucumán, Ediciones JOETUC, 1987) y “Amanecer de esquinas” (SM deTucumán, Grupo Literario Polymnia, Ediciones JOETUC,1988). Es autor de los libros “Palabrara” (Magna, SM de Tucumán,1999), “De sentido en sentido” (Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 2008), “Un latido en la voz del viento” (Alción Editora, Córdoba, 2014), “Invención del horizonte” (Alción Editora, Córdoba, 2020) e “Urdimbre de luz y canto” (Ediciones Puerta Roja, SM de Tucumán, 2024).




¡¡Excelente artículo!!
Muchas gracias Susana!