Por Ignacio Daniel Ratier |
Año 2010. Andrés, de vuelta en Santiago, ya egresado de psicología en la UNT, ya amanuense perfilado en los talleres tecno-literarios de Lorenzo Verdasco, comienza a tirar del hilo de sus treinta. Obtiene una suplencia en la Escuela Normal Manuel Belgrano para cubrir las horas que una extravagante docente libera tras salir eyectada de su pago en busca de algunos segundos de aire en el programa de Tinelli. Un día de ese primer cuatrimestre, se para frente a la clase y toma una postura que a los adolescentes les resulta inusual. Dice: “¿alguno de ustedes escribe poesía?”. Todos se quedan en silencio. Y sigue: “porque yo soy poeta”, y el silencio se extiende sin poder frenar la abertura, el raído, que su intervención genera.

Andrés Navarro (1980) es un escritor criado en el barrio Cáceres, a escasos metros del barrio 8 de abril, con el estadio del Club Atlético Mitre del otro lado de su calle (la 3 de febrero). Un escritor que, podríamos decir, juega con la cancha de frente.
Para entonces, me refiero a los aciagos días de adaptación a la docencia, llevaba algunos meses participando del grupo La Jeta Literaria; había aprendido a encuadernar y mostraba sus poemas de aires lamborghinianos (por Leónidas) a un círculo literario de inquietos lecto-escritores que estaban formando y haciendo-ver un gusto, digamos, novedoso para la escena local.
Durante siete años, hasta su primera publicación en el sello independiente salteño-cordobés Nudista (Historia universal de Santiago del Estero, 2017), Andrés escribió, editó, dibujó, pintó y paseó su metro ochenta (en ese entonces, todavía) desgarbado por la ciudad. Casi siempre en silencio y con sigilo; con el oído afinado y la mirada inquisitiva, para recoger el fruto de una lengua remota.
Historia universal de Santiago del Estero (2017)inició lo que hoy, después de El basilisco (2023) y con la salida a la calle de Barricada (2026), podría entenderse como la trilogía de transición de un poeta que talló paciente la piedra de su lengua, insistente, testarudo, hasta hacerse novelista. El primer título de la trilogía es un poemario excelente que mecha pequeñas escenas narrativas que funcionan como separadores de capítulos. En El basilisco, la treta se refuerza y las aguas de la prosa empiezan a ganar terreno, reclamando en su escritura una nueva forma. Pienso en Saer y su río sin orillas, imagen útil para entender la cartografía que construye Navarro. Una cartografía vital del barrio de la infancia. Sus dinámicas, sus casas, sus personajes, sus objetos. Se avizora ahí una textualidad que lleva las marcas de una conexión histórica y social. Por un lado, más fácilmente identificable, el barrio 8 de abril, tan suyo como ajeno, que en su escritura está ahí cuando es nombrado y también cuando no. Pero ya en El basilisco crece, junto con el cauce narrativo, una presencia por momentos fantasmal, que es la del Río Dulce, siempre a punto de aparecer, lo que termina moldeando no un río sin orillas sino una orilla sin río. Este acecho del límite al cual nunca se llega, aparece hacia el final de aquel libro, en un flirteo que se escapa de lo obvio, cuando emergen los esteros en “Guerra de los esteros”, capítulo que podría ser un cuento de las Mil y una noches, y que desarma con una risa furtiva la agónica disputa de las historias fundacionales que tanto han atraído la atención de la narrativa histórica santiagueña. La perorata eterna sobre Aguirre y Núñez del Prado, barco encallado en las costas de nuestras sagradas escrituras.
Con la aparición de Barricada, su primera novela, se termina de conformar una trilogía de transición. El pulso narrativo estaba presente en libros de relatos como Enanos escondidos (Perras negras, 2011) o La muda (Umas, 2016), pero también en buena parte de su fugitiva obra poética, estallada en mil pedazos de plaquetas y fanzines de tiradas cortas, cortísimas, arrojados con desparpajo en nadie sabe qué rincones de Santiago y alrededores. Más de quince años después, si tomamos como punto de partida el inicio de la obra publicada del autor, aparece el novelista y lo que en el futuro puede terminar de configurarse como una nueva etapa de su obra.
La publicación de una novela en Santiago del Estero, como muestran los registros todavía incompletos de la historia de la cultura impresa regional, puede ser un acontecimiento. Por razones no del todo esclarecidas, la novela y Santiago han tenido una relación complicada, difícil, esquiva. Hay varios ejemplos que el lector estará tentado de ofrecer; sin embargo, al cabo de casi ciento cincuenta años de construcción de una tradición impresa, en Santiago, la producción novelística, en términos relativos, resulta escasa.
Quizás en la atmósfera inquietante de Barricada sea posible identificar la latencia de esos designios. La historia transcurre en los años noventa, en la periurbanidad santiagueña; aunque la información que sitúa la historia en tiempo y espacio es suministrada de manera sutil, las escenas nos llevan, por momentos, a los paisajes más reconocibles de la ciudad y la ruralidad. Allí, Barry, el anti-héroe que protagoniza la novela, dialoga con sus fantasmas, con personajes inescrutables y le balbucea a su pasado. El resto de los personajes, como él, tienen la particularidad de desafiar los límites de lo humano: lo animal, lo sobrenatural, las palabras jabonosas y la música, es decir, el material del que están hechos, forman parte de la energía que empuja la trama. Todas las referencias, incontables, se ven desafiadas por la ambigüedad, la contradicción y el desacomodamiento.
En Barricada, más biense desarrollan dos tramas que luchan por hacerse una: la del personaje principal —que coloca los objetos en lugares inadecuados, extrañado en su hábitat, desajustado con el mundo— y la de un narrador que libra una disputa en el núcleo más profundo de su lengua, también desajustada.
En la obra de Navarro todo se mueve en el eje de lo lúdico. Si en El basilisco le preguntan al niño por qué está enojado y primero no dice es nada, pero se va calentando lentamente, en Barricada los niños han sido chupados por animales que también han sido chupados (sic). No hay niños, hay animales (y han sido chupados, no están). Barry llora a su esposa y a sus animales, padece el desarraigo, recibe la visita de un misterioso y pintoresco poeta, y se enfrenta a un enigmático bicho que sale dentre los pajonales (¿se enfrenta a sí mismo?). Una novela sin niños, un discurrir quizás demasiado violento como para que un niño pueda soportar. Quizás de ahí lo novedoso de este texto: el humor se mueve libremente, pero la risa tiene un cepo.
Decíamos, una obra construida en la fantasmagoría del río y una novela en la que el pasado se arremolina bajo la idea de lo chupado, significante más pesado que el osmio para el nervio argentino. Lo que no está, ha sido sustraído y, al parecer, es Barry, “alcohólico no anónimo”, el que carga la cruz. Es ¿un femicida? envuelto en furia y dolor, un extrañado en su paisaje barrial, un lengua dura que ha perdido el juicio y compra fideo suelto.
Hasta ahí, un pedazo de carne viva de la trama, pero es la mirada lo que hace que la obra sea particular, interesante y se apile en muchos pliegues de sentido. Más allá de esa historia, el corazón de la novela es lo indescifrable del lugar que tiene el adentro y el afuera. Para que el cauce narrativo se imponga ha tenido que sobrevivir el pulso poético. Es la manera en que Navarro ha podido atravesar su Rubicón (expresión que siempre usa Paula Rivero en las charlas literarias que mantenemos junto al reseñado). Escribir desde la mirada, pero no la mirada como captura de la realidad. La mirada más bien como algo extraño y difícil de aprehender, una caja negra cuyos misterios a lo sumo podremos intuir, pero nunca percibir con todos los sentidos.
El afuera y el adentro, confundidos y en mezcolanza, invitan a la lectura y la relectura. Barricada es una cebolla de muchas capas, un texto al que hay que rodear y merodear. Es, además, como cierre de una trilogía no pensada, no concebida como tal, una frontera que allana el camino a un territorio desconocido, un arma cargada de futuro.
Andrés Navarro Nació en Santiago del Estero en 1980. Trabaja como psicólogo, docente y escritor. Fue co-antologador de Picados (Bellas Alas 2015). Integra diversas antologías nacionales y provinciales. Publicó el libro de microrrelatos Enanos escondidos (Perras Negras
2011); el libro de relatos La Muda (UMAS 2016); y los libros de poesía Historia Universal de Santiago de Estero (Nudista 2017), No dormir (EDUNSE 2018), Salto a la luna (Chernobyl 2021) y Una lengua remota (Limbo 2025).

Nació en Mar del Plata el 7 de febrero de 1993 y vivió casi toda su vida en Santiago del Estero. Es docente del nivel superior y becario doctoral del Conicet con lugar de trabajo en el Instituto de Estudios para el Desarrollo Social (UNSE-CONICET). Investiga sobre el mundo editorial santiagueño desde la década del noventa en adelante.
En 2021, Chernobyl Ediciones publicó su poemario «Edificio en llamas».



