Sobre Haikus de la puna, de Alejandro Luna (Editorial El Demiurgo, 2024)
Por Mario Flores |
Una suerte de buena salud que goza el haiku en la edición independiente argentina, casi como un género en sí mismo dentro del vasto universo del imaginario estructural poético, pero con su propia subcultura de quienes lo han forjado y cultivado con arduas trayectorias y también con afortunadas reversificcaciones a la hora de reconstruir –innovar es una palabra ampliamente incorrecta- montajes y las premisas de su tradición intrínseca que los nipones supieron plasmar con un láser anacrónico los elementos de la deidad, la naturaleza y lo humano, pero también -ahora- (y mejor) lo artificial, el horror y lo volátil. Que tan naturales y veleidosos han resultado ser en toda clase de poesía como aquellos elementos del clásico bucolismo idílico. También es ampliamente incorrecto suponer que eso establece un posicionamiento en cuestiones estéticas ni mucho menos éticas: sólo los necios leen así (desde allí), y los artificios a los cuales se somete la vieja fórmula -vieja pero aún así actual y vigente, jamás falta de práctica bibliográfica y frecuente ejercicio tallerista- escapa oportunamente a las impresiones aisladas de la composición única y última. No un haiku, sino un libro de haikus. Un libro de haikus quiere decir que no es solamente un libro con haikus. El libro con (que tiene) -solamente- haikus es el producto histérico del compilador compulsivo que declara su cotidiano escupitajo ya publicable. Nada que ver con pensar un libro: de aquí hasta allá, el ayer y el confín, pero sólo en tres versos. Y cada haiku es en sí mismo parte de la constelación de algo más que la inscripción en un formato lírico oriental per se, sino que pasa a funcionar como engranaje de algo más grande -más extenso- que excede la idea de tradición poética o emulación literaria: la secuencia y su conjunto de puntos forman líneas esotéricas, a veces fragmentos que la historia interna deja inmiscuir, y otras ocasiones la pureza xilográfica de la palabra.
Sólo en el último año: Jorge Rolando Acevedo (Tartagal: Luz de neón), María de los Ángeles Valencia (Salta: Pequeñas porciones), Héctor Saavedra (Jujuy: Sueños de madrugada), Teresa Hibarra (Salta: Desentierro del fuego), Diego Cóppola (San Luis: Budas y bares), dentro de otro inagotable catálogo de poemarios lacónicos que coleccionan o antologan, o de última recuperan también, en honor a Bashō a Borges, de Aguirre a Cañas. No hay escasez de haikus sino superpoblación de los mismos. El libro de Alejandro Luna, Haikus de la puna (Editorial El Demiurgo, 2024), a veces esgrime la espada del haiku con equilibrada tensión, y otras tantas yerra en el lodo de las sinalefas y las sílabas agudas. Sin embargo, dicen que no se puede ser tan estricto con esto -no a merced de “cultivar el noble arte de etcétera” cuando se trata más bien de una artesanalidad corpórea de (en términos oulipianos) una restricción del ejercicio de escritura. Anota Cóppola en una muy independiente introducción del 2023:
<<Entiendo al haiku, y no soy el único ni en mi país ni en su país de origen, como una máquina de guerra. Y como tal puede utilizarse con todo su esplendor -el haiku clásico- o haciéndolo estallar en nuevas formas que quizás o seguramente no sean haikus. Las tres estocadas del haiku seguirán con su acupuntura neocóxica. Bien o mal escritos, sus pinchazos curan, liberan, movilizan, creando una mota con visos de portal>>.
Pareciera que ante cualquier flagrante justificación del error (como en la trilogía de sucedáneos de múltiple ángulo de visión en el episodio de Los Simpson) se impone el big picture, el panorama completo de aquella tentativa de paisaje que apela a la reformulación del formato clásico y auscultar la lectura de una posibilidad que establezca dinámicas disímiles a la hora de ejecutar su escritura. En los versos de Luna se respetan estos simbolismos campantes del raciocinio ancestral: la naturaleza y el desamparo ante la inmensidad del universo, los mantras que componen lo humano en medio del ecosistema de lo absoluto, pero también, esto es, a través de lo pequeño y lo rudimentario. Luego de años de trabajar como docente en la puna salteña, los ojos del autor se acostumbran al rango de colores y al espectro de fantasmas posibles que puede conjugar en el laconismo de un haiku hecho canto del desierto, memoria del desierto, la alegría de lo desierto.
“De tantos viajes / mi cuerpo se ha vuelto / punto de fuga”.
“En el desierto / la sed y el agua vienen / con toda la sed”.
“Noche abierta / al insomnio entran / todos mis muertos”.
Lejano al tono metafísico de la abstracción sabia de los monjes tibetanos aislados de los significantes, la hilera (o hilo, en términos de redes) de los haikus compone un paisaje más vasto de lo que plantea la observación del poeta: es más acá de la sensualidad de la palabra en donde se marca el quiebre del sentido y la figuración de lo mortal. Habla, Luna en sus haikus, de los pueblos por los que nadie que pasa puede no sentir pena,y de las grietas en la tierra que evidencian el abandono de la siesta eterna: a veces encontramos los tonos sepias en los poemas (o en el gran poema que leemos en un libro de haikus), y pasan por postales conocidas. Lo humano en su máxima expresión se acorta (pero no se reduce) en ánimos de capturar lo intrínseco, el dejo último de aquella escenografía magnánima de la nada.
“Muerto de frío / el animal intacto / nos mira fijo”.
“Mientras esperan / los rieles se oxidan, / los dientes caen”.
“No recuerdan bien / cuál fue el último tren / que silbó el fin”.
En Haikus de la puna las señales son viscerales: los pájaros muertos yacen en el suelo, por lo tanto ya es invierno, las bocas sin pan ni lenguaje rondan los versos como testigos de un derrumbe mayo. Claro que la puna es trasfondo y sitio: la nieve de fondo y el canto de los grillos avizoran encuentros animales, estrellas, mariposas y flores. Pero esas flores, al igual que la naturaleza evanescente del haiku (que no es un epitafio tallado a fuerza de esclavo en una roca), duran apenas segundos: es la narrativa interna la que sobrevive -supera- aquella belleza fragmentaria del detalle capturado con el ornamento lingüístico de la exuberancia o la condolencia. Pasan los pueblos y los muertos, las voces se encuentran con ellos en esa dimensión del haiku hecho arma del otro relato interior.
“Soñaron aquí, antiguos hombres también, / rastros de flechas”.
“Hacen ofrendas / no recuerdan almas / las acompañan”.
En Nueve versiones para un haiku, de Guillermo Goicochea (17grises, 2024), en el que explícitamente ensaya nueve formas de traducir un haiku que lo obsesiona desde hace años, ilustra: “Y ahí está el haiku, a veces dócil a la domesticación, a veces no; a la espera de otra reescritura, de otros garabatos que lo rayonéen hasta la tacha, que lo hagan hablar nuestra lengua y decir más -o menos- de lo que decía o quería decir. Así lo reescribimos en una zona de inestabilidad sísmica, de desplazamientos subterráneos entre las representaciones de dos culturas, donde la certeza de nuestra propia identidad lingüística tambalea y hace estremecer las mitologías de estabilidad de nuestro discurso”.
Fotografía de portada: Alejandro Luna (autor de Haikus de la puna) y Rolando Vargas (editor de Editorial El Demiurgo).

(Tartagal, Salta, 1990) es escritor y editor. Publicó las novelas Hikaru (Nudista, 2018), Cacería (Nudista, 2022) y Diosas mutantes (Nudista, 2024), y los libros de poemas Cuando llegue el fin de los tiempos (Almadegoma Ediciones, 2017) y Ceremonia del fuego (Funga Editorial, 2024). Recibió el Premio Literario Provincial de Salta (2018 y 2023), la Beca Creación del Fondo Nacional de las Artes (2019, 2021 y 2022) y el Fondo Ciudadano de Desarrollo Cultural (2021, 2023 y 2025).



