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ISSN 2684-0626

 

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Poemas inéditos de Denise León

Palabras de presentación

-Gabriel Gómez Saavedra-

La sangre, como una trenza extendida desde hace siglos, atraviesa los climas de lo cotidiano y es fuego donde encontrar el reflejo personal más puro, pero también el idioma a partir del cual se lee el dolor propio junto al de los seres amados, y al de aquellos que, sin estar dentro de los límites de lo íntimo, nos integran a sus propias sangres para proyectarnos en lo plural. Fuego que, a veces, encuentra respuestas en la boca de Dios y, otras, alcanza solamente para iluminar el silencio. La trenza de sangre que traza la vida que Denise León imaginó para la poeta Esther Morguez Algranti (1916-1984) se comparte aquí, a través de estos poemas que integran el libro inédito La darsanit.

          La luz me escalda los ojos. El reloj sobre mi pecho marca las cinco y la escucho en el baño lavar sus bragas. Con su puño furioso, Dios golpea tres veces en mi corazón. Casi no tiene fuerzas para exprimir el agua que chorrea sobre la porcelana de la pileta. Una vida debería dejar al menos un surco, una huella. Ahora apaga las luces y siento sus dedos tamborilear en las maderas del pasillo. Todavía los siento sosteniendo la casa en pie, sosteniendo el tejido agujereado de mi respiración. Adentro. Afuera. Adentro. Afuera.
–Señor, abre mi boca hacia la luz.
            Huele a quemado. A combustible. A fósforo. A orina. A miedo. La sangre es redonda y llama, profunda, desde la tierra. Primero me lavo la mano derecha hasta el codo y después me lavo la izquierda. Una vez. Dos veces. Tres veces. Miro caer el agua. Soy la vestal de secretos que ya no le importan a nadie. Aunque nos vayamos lejos no habremos salido nunca de esta casa. No los veremos morir, ni los enterraremos. Son las nubes ennegrecidas de Belsen, Maidanek y Ponar. Descansan en los agujeros de Dauttmergen, Belsen o Estonia. Digo la plegaria de los profetas y espero, como dice el Talmud, obtener aunque sea la mitad. ¿Ya terminó? Yitgadal ve itkadash sheme raba. Señor, estamos en Edirne y hay pájaros en tu templo. Descorre el velo. Desata mis ojos. Manda. Escribe o muere.
            Pasó un mes y tuvimos que dejar la casa. A Regine le gustaban los salmos y el jardín. Ya no recuerdo si era el salmo de la preciosa semilla o el de los que lloran cuando siembran y cosechan cuando recogen. Lloraban y las lágrimas se iban metiendo en el surco hasta agotarse. Pero las secreciones físicas son profanadoras y quienes se acercan al Templo deben estar sin mancha. Ni eunucos, ni enfermos de los ojos, ni el que tenga roto el pie o la mano puede acercarse a ofrecer los manjares que se abrasan en honor a Yaveh. Yo tuve una hija rota. Ahora, ella está envuelta en su mortaja. Separada de los vivos. Y el nacimiento es nuestra muerte, dice la escritura. No hay ninguna hora en la que no esté. Un cuenco. Un caracol. Un higo desprendido de la rama, el brillo dorado de una pulsera al sol y, entonces, el silencio más absoluto.
            Paciente, mi padre me leía la proclama de los capitanes y me decía: no olvides lo  que te estoy diciendo porque quien lo olvida se arrepentirá. La repito en la oscuridad y las palabras se forman en mi boca: ¿quién ha edificado una nueva casa y no la ha estrenado todavía? Váyase y vuelva a su casa, no sea que muera en la batalla y otro hombre la estrene. ¿Quién ha plantado una viña y no la ha disfrutado todavía? Váyase y vuelva a su casa, no sea que muera en la batalla y la disfrute otro. ¿Quién se ha desposado con una mujer y no la ha tomado todavía? Váyase y vuelva a su casa, no sea que muera en la batalla y otro hombre la tome. Y así. Para ir a la guerra, un hombre tiene que tener el corazón y el cuerpo, enteros. ¿Estaban enteros los hombres y las mujeres de Belsen, de Maydanek, de Dachau, de Kuremes?
            La cocina de la casa en la que vivimos está callada como un hueso. No se elige ser la que mira, sencillamente se nace para mirar. Tantos años mirando lo que pasa cuando no pasa nada. Mirando hasta en los sueños, llenos de su nombre divino, del temblor de su rostro que se oculta o se vuelve, de las palabras que no se dicen y se sumergen en el agua con la ropa y el jabón. Llegan las tías y nos vamos sentando. Pasan los vecinos y, de pronto, se ha acabado el verano. Alguien tapa los espejos y pienso que voy a caerme pero una voz me llama: Ester bat Yacov y su roce es cercano, como el aire. Sabemos contar pero no contamos. ¿Quién amó más en esta tierra?

Denise León nació en Tucumán, Argentina, en 1974, nieta de inmigrantes sefaradíes. Es poeta y ensayista. Se doctoró en Literatura Latinoamericana en la UNT. Ha publicado Poemas de Estambul (Alción, 2008), El trayecto de la herida (Alción, 2011), El saco de Douglas (Paradiso, 2011), Templo de pescadores (Alción, 2013), Sala de espera (elCRUCEcartonero, 2013), Poemas de Middlebury (Huesos de Jibia, 2014), Mesa de pájaros (Bajo la luna, 2019), Árbol que tiembla (La Ballesta Magnífica, 2022) y Nostalgias del Imbat. Poesía Reunida (EDUNT, 2023). Poemas suyos han sido incluidos en diversas antologías como Por mi boka (Lumen, 2013) y Penúltimos. 33 poetas de Argentina 1965-1985 (UNAM 2015), y traducidos al inglés, al polaco, al japonés y al portugués.  Es Profesora Asociada de Literatura Latinoamericana en la UNSa e Investigadora del CONICET.

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