Por Hernán Carbonel |
Cuando encontré el libro en la biblioteca donde trabajo supe inmediatamente que ese nombre me sonaba de algún lado: Eduardo Rosenzvaig. Claro: el escáner mental no tardó en recordar que tenía que ver con la provincia de Tucumán. Eso decía su biografía en contratapa: profesor de la Universidad Nacional de Tucumán, director del Instituto de Investigaciones sobre Cultura Popular de dicha universidad, autor de más de cuarenta libros (novelas, cuentos, ensayos), multipremiado (entre ellos, el Casa de las Américas).
El libro en cuestión es Victoria Ocampo elige sombreros en París, publicado por editorial Leviatán en 2009. Apenas empezarlo uno comprueba que es un hermoso delirio: en paralelo, como en dos planos, se suceden las vicisitudes de la Ocampo en la capital francesa al mismo tiempo que se relata la declinación del gobierno peronista y los bombardeos de 1955. La novela se parece a una tormenta narrativa, como si los grifos de la escritura se hubiesen roto para que la realidad explotara por el aire. Como quien mezcla el mazo y va sacando las cartas de a poco. Con una secuencia argumental rota, de tintes experimentales, bien podría emparentarse con Lamborghini o a Aira.
Es “una especie de delicia literaria” dice Osvaldo Bayer en el prólogo titulado “De eso no se habla”. “Nos explica”, continúa Bayer, “con sorna argentina lo que nunca nos pudimos explicar”. Y el epígrafe es un gesto de ironía similar a lo que analiza Ricardo Piglia en Respiración artificial respecto de las atribuciones falsas de la cita con que abre el Facundo: el fragmento de una carta en francés de Victoria Ocampo a “Querida Pacha”. En fin, marcas de una época en que ser parisino otorgaba abolengo intelectual. Entonces ahí están, el general y el gorilaje, la UES, el septiembre del ’55, la cañonera paraguaya y la diáspora nazi que arriba al país, Pocho, el Tirano, el creador de sindicatos y leyes sociales, el primer trabajador, el de las atribuciones excepcionales, el de los allanamientos, un erotismo flotante con las “pochonetas” (“abajo tiene la naturaleza peludita, en estado salvaje”), mientras la Ocampo “sonríe repensando el ataque histérico de Borges” contra el General y la Dama y se prueba sombreros en la Casa Reboux y camina por la Avenue Matignon, a la vez que entran y salen Man Ray, Aldous Huxley, Bill Haley, Drieu la Rochelle, las incursiones del antropólogo suizo Alfred Métraux en Tucumán.
Es que la dicotomía parece no terminar nunca. Para unos y para otros, según como se la lea, Rosenzvaig será gorila o peronacho. Esa esa, esa es, quizás, la mejor forma de la escritura y la mejor proposición de lectura que instala a un autor en ambas márgenes, o sea, en todas y a la vez en ninguna. Y aún cargada de sentidos y simbologías, “La política es así. La niebla es así. El vello de lo insignificante es así”, se lee hacia el final de la novela. Lo dice Bayer:
“páginas para reír, sonreír y pensar. En lo que pasó pero también en ese pasado que puede tener tanto futuro”.

Hernán Carbonel escribe para el suplemento literario de La Gaceta de Tucumán y la revista Acción. Es responsable de contenidos en Fundación La Balandra. Da talleres de lectura, produce y conduce programas de radio, y lleva adelante Coda, un club de lectura. Publicó los libros Antiguos dueños de la tierra (en conjunto con Mario Méndez y Jorge Grubissich, 2013), El chico que no crecía y otros cuentos (Galerna Infantil, 2014), la investigación periodística El caso Arroyo Dulce (con prólogos de Antonio Dal Masetto y Sergio Pujol) y Sedimentos (La papa, 2022).



