Gerania Editora, 2026.
Por Pablo Campos |
JUEGO, FUEGO
Este volumen ofrece 12 textos de autoras y autores que han logrado proyectar su literatura fuera de sus provincias y en algunos casos fuera del país. Gratificado por la lectura de estos relatos, he abordado en detalle 8 de estos cuentos.
La reinita, de Selva Almada, es la historia de Sandra, una mujer comprometida con la complicada logística que implica armar el vestuario de una comparsa. Su trabajo es crucial, específico, y comienza con meses de antelación. Hay un amante y llega un embarazo. Nace Melina, crece, aprende las coreografías y se integra como “pasista” infantil. La repentina e inexplicable desaparición de la niña trastornará por completo la vida de Sandra. Año tras año, la solidaridad de sus compañeros será cada vez más escasa. Hacia el final del relato, cuando parece amainar la odisea personal de Sandra, asoma la esperanza azarosa. El lector no saldrá indemne de esa última escena. La potencia de la mesura emocional de Selva Almada -esa destilación en su prosa- es admirable.
En Comprobados, Luis Acardi Lobo nos sitúa en Tilcara o Humahuaca. Carla es el centro erótico de un recorrido cargado de sensualidad, alcoholes y amores no correspondidos.
Usando la primera persona, Grimanesa Lazaro escribe Maguinina. La cronología de los hechos no concede pausas: con ritmo sostenido, la narradora va debilitando las formas de lo cotidiano conocido. Esa dilución de los bordes familiares (que virtuosamente nos extraña sin exasperarnos) enturbia el paisaje y nos exhorta a elegir si estamos ante un largo y profundo delirio individual o si el carnaval ha dislocado, peligrosamente, el orden de la realidad. Ambas cosas, tal vez, aquí no se excluyan. Me arriesgo a decir que en este relato se escuchan ecos de Silvina Ocampo.
Mariano Quirós compone Nuevas tesis sobre el ritmo. “Una comparsa, podríamos decir, establece dos ritmos: el que efectivamente percibimos, y el verdadero, el que importa”. Las reservas semánticas de la frase citada serán despejadas por un narrador que no apela al desarrollo conceptual sino al paciente, progresivo y horizontal avance de las acciones. Aquella premisa sobre el ritmo (más exactamente, sobre los ritmos de una comparsa) se verifica con el mero transcurso de las escenas: la sospechamos -la intuimos, la comprendemos- a medida que nos ponemos al tanto de los hechos. Con solidez narrativa, Quirós construye una voz testigo que alterna observación directa, opiniones, recuerdos: una relajada urdimbre que tracciona nuestra atención.
Eugenia Almeida es la autora de Miércoles de ceniza. Como si estuviera conjurando recuerdos infaustos, un hombre evoca un episodio de su niñez: “Yo era muy chico. Estaba en la escuela, todavía. Chico y estúpido”. Cercado por su propia ingenuidad, aquel niño terminará participando de un robo planeado por una banda de asaltantes. El carnaval -concentrado en la imagen de los corsos- funcionará como efectivo telón de fondo. En este cuento salpicado de suspenso, la agilidad de los episodios conducirá a una estrambótica resolución.
En El unicornio de Ranchillos, Exequiel Svletiza nos regala una sangría dantesca: cada párrafo es un intenso trago hecho de imágenes, sonidos, olores. Ubica la acción en el carnaval del club San Antonio de Ranchillos, ese megabaile que las multitudes de Tucumán desatan una vez por año a fuerza de calor humano y no humano, galones de alcohol, kilos de ferrite, cumbias y cuartetos, nieve en aerosol, etc. La nitidez de las descripciones -sean del lugar o de los asistentes- hace pensar que el narrador se encuentra a metros de la acción. Sin embargo, el alcance perceptivo de ese testigo directo no se limita a lo visto y oído sino que expone la vida subjetiva de los personajes: su cercanía se vuelve omnisciente y se tiñe de recuerdo de primera mano. En el ritmo de este cuento hay trazo firme y oficio de escritura.
María Eugenia Campero escribe Carne vale. Sorprende en este relato el uso de la alusión. A través de este recurso, la narradora logra dos efectos simultáneos: volcar altas (y constantes) dosis de información, y extender el grado del verosímil siempre un paso más allá. El realismo trágico y lúdico de las situaciones corre en paralelo con el mundo de lo sobrenatural, y esta convivencia (escrita como un hermoso cuadro en sfumato) está lograda con singular sutileza.
Alejandra y el fuego, de Máximo Cheín, concentra la acción en los corsos de una ciudad pequeña. En ese contexto sucede un mortal accidente. Cuatro narradores sucesivos dan su versión de los hechos, y cada uno de ellos acentuará el aspecto que quiera -o pueda- acentuar: sus palabras nos dejan el tono impreciso de una postal gastada, un paisaje de pueblo entrañable, cruento, cándido.
Nada agrego si digo que el sentido habitual de las cosas es desplazado por el advenimiento del carnaval. Prefiero, con los cuentos de este libro, la idea de que el absurdo (cómico y trágico) vive agazapado en sus antiguas entrañas. Esta celebración mutable y única transcurre en esta selección de relatos: los atraviesa, está, sucede.

Estudiante moroso de la carrera de filosofía en la UNT. Integra el Dpto. de Artes Visuales y Literatura de la Dirección de Cultura de la Municipalidad de S. M. de Tucumán.



