Por Gabriel Gómez Saavedra |
La morfología de las partidas está impregnada, a veces, de vientos tensos y, otras, de esperanzadores, que ofrecen insertarnos en la parte posterior de muros ciegos, para que el atrás sea empujado, en una variedad de velocidades, hacia el pozo sin fondo de los borramientos. Pero, al final, descubrimos que el único logro verdadero de esa operación es el encerrarnos en un vórtice sin dimensiones, que respira en una pausa cíclica y unánime, donde el espíritu percibe lo dejado como una presencia que parece ser la que conocimos pero que, al acercársenos, carga el halo de un doppelgänger; volviéndose, muchas veces, más densa que las permanencias que todavía nos rodean. Así, todo alejamiento nos es más que una compañía que pasa a integrar el equipaje para opacarlo con cada nuevo viaje. A su vez, todo partir es un abandono de nosotros mismos; necesario para afirmar esa existencia de asteroide dibujando un recorrido en un plano infinito, que se completa y autovalida con el trazo de las identidades que hemos dejado atrás.
Estos poemas de Victoria Lopez Vera conciben esa condena de las partidas con imágenes que se parecen a una seda liviana, capaz de receptar y distribuir, perfectamente, el rostro de la luz en su superficie, pero que, ante la mínima intervención del viento, alza vuelo transformándose en ondas volátiles que cambian el rostro de la luz por un mar en el que alguna vez nos bañamos y que ahora golpea silencioso y amenazante en nuestra escollera: “En mi puño cerrado / llevo migajas de pan. / Gaviota de mí / ven, toma / come /dime”.
Kairós
Te seguí hasta el monte en la hora de oro.
Me tendí sobre el circulo de cuarzo blanco.
Dijiste que así seriamos salvos, pero el ángel
nunca apareció vestido de lana.
Oscureció en mi pecho desnudo la noche.
Regresamos al barco en un silencio sin gracia.
Entonces supe que no tenías Dios
y ya no quise más morir.
15
El único niño en el viaje tiene
un ojo sano y el otro ciego.
Con uno ve
con el otro
imagina.
Mira con los dos.
Y por qué no naufragar
Por la noche no hubo ninguna revelación.
Sueño, sed y ya amanece.
Me acerco a la proa.
En mi puño cerrado
llevo migajas de pan.
Gaviota de mí
ven, toma
come /dime
con qué voz entraré a la nueva costa
con qué palabras
Revolución
Todo parece marchar bien.
Se está a favor o en contra.
Se resiste o se parte. Algunos parten.
Recuerdo esas tardes de éxodo en el puerto
la fanfarria de pitidos de las embarcaciones y esas garzas
volando hacia el poniente.
Nos quedamos.
Quisimos atravesar la mutación hacia las ruinas
ver al descubierto las gemas del no saber,
del albedrio
(ya sabrás cómo brillan).
Oriental
A los 35 volví a casa.
Al caminar por los alrededores
no encuentro a nadie conocido.
Las lechuzas chirrían
en los viejos galpones.
Los ratones mueven las matas
al ras del suelo.
Recojo una oreja negra del pacará inclinado.
No hay a quien mostrársela.
Sigo el silvestre aroma de los tártagos
y busco los antiguos pasajes
siguiendo mi recuerdo.
Las huellas hacia el canal
donde solíamos bañarnos.
Pruebo avanzar entre las piedras
con las manos en los bolsillos.
Victoria Lopez Vera nació en 1989, en Tucumán. Es docente, Profesora de Letras por la U.N.T. y Diplomada en Escritura Creativa por la UNTREF.

Concepción, prov. de Tucumán, 1980. Publicó la plaqueta Huecos (Ediciones Del Té, 2010), y los libros Escorial (Editorial Huesos de Jibia, 2013), Siesta (Ediciones Último Reino, 2018) y Era (Falta Envido Ediciones, 2021). Entre otras distinciones, ganó el Premio Municipal de Literatura San Miguel de Tucumán – Género Poesía (Región N.O.A.) y fue seleccionado por el Fondo Nacional de las Artes como becario del programa Pertenencia: puesta en valor de la diversidad cultural argentina.



