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ISSN 2684-0626

 

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Agosto en el ingenio: crónica sobre el Ingenio de las Artes, Lastenia

Por Amparo Álvarez Romero |

Miro un vaso balancearse sinverguenza sobre el despliegue de libros exhibidos, indefensos, esta vez nada meticulosamente acomodados. Lo miro con desconfianza. Pienso que lo obvio va a suceder. Ya escuché historias de los que aprendieron antes el oficio y pienso que lo obvio va a suceder. Salgo a tomar frío para refrescar la actitud de jovialidad y me entretengo saludando y sosteniendo conversaciones muy breves, mientras, sigo con la mirada y mi cuerpo apoyado a la ventana, alerta, por si el acontecimiento sucede: alguien hojea un libro o efectivamente, lo obvio sucedió. Veo un grupo de personas volcarse encima de los libros y con apuro voy. Todo sigue quieto y seco.

Un viaje

El hecho de haberse subido a tantos autos amigos en solo dos días es síntoma de que una ha viajado (y lo ha hecho en buena compañía). Había ido a la parada de colectivo y me puse de cara al cerro desafiando con mi ceño al sol para llegar a ver los cartelitos. Escucho que me nombran a gritos y me viene esa ocurrencia utópica que, sólo quienes esperaron el colectivo durante la siesta alguna vez tuvieron, ¿alguien en auto será que me ha reconocido y quiere acercarme? Y pasa, siempre pasa, y es un gesto accidental que a una le hace volver a creer en la solidaridad. Era Pablo, gran accidente. En el camino me doy cuenta que compartimos más cosas de las que creía. Los tucumanos tenemos la urgencia de cartografiar la provincia, creo por toda la tierra que nos sortearon o por la culpa que cargamos por olvidarlo. De eso con Pablo nos encargamos cuando destacamos los lapachos florecidos de septiembre e imaginamos una política de la belleza encargada de plantar lapachos en cada esquina de las cuadras de esta provincia. Llegamos a destino y nos despedimos, a la noche nos encontrábamos en el Ingenio de las Artes.

De esto van las sorpresas:

Que el recuerdo devenga en alegría implica una insistencia en reconstruir desde el punto de vista que quisieramos la historia. Los cuerpos estaban rebasados por su encuentro. La sensación fue como si el evento de lo importante, lo alucinado, se transformara en una disposición de cuellos inclinados a una guitarra que provocaba o coros o narices con agua. Existía una atención imposible de romper. El espacio estaba intacto y sin movimiento hasta que llegó ella, casi que volando, esquivando piernas y sillas, con la cara decidida y el apuro en las alas.

Rita se sienta sola en un costado y escucha la música. Hay una pausa y Rita se para de entre las sillas, levanta la cabeza y grita -¡Hola Juan! Se produce un intercambio de palabras dulces y graciosas. Allí todos paramos los oídos y las narices y decidimos ser observadores de una alianza sudamericana, de la firma de la independencia, la bifurcación de nuevo en Tucumán y volver a sentir que somos protagonistas de algo inmenso. Juan decide tocar la canción de Rita.

Las golondrinas como dedos en v, van y vuelven. Concluyo que el cielo y las brasitas negras son igualadores de la provincia. Recuerdo de cuando se me metieron en mis ojos una tarde, cuando todavía no los aprendía a cerrar a tiempo. La brasitas habían llegado hasta mi casa. Empiezo a imaginar las distancias, calculando la lejanía entre un ingenio y yo, y entonces sucede lo obvio. La mano tropieza y el vaso hace una maniobra: esquiva los libros pero cae directo en la hoja con el poema. Las palabras se derraman, todo lo blanco se vuelve bordó y ahora el poeta tiene que inventar otra lectura. A la espalda de la libertad le salta una gota. Se venderá con descuento. Despliegue de trapos y vaquitas para pagar los poemas rotos por el vino. Todo es agua y nadie se enoja.

Otro viaje

“El amor a la vida se lo debo a los compañeros” dice Beto. Estábamos en la ruta camino a Los Ralos un viernes al mediodía. Conocer la infancia de Beto era urgente y allí íbamos los tres. Pienso en la frase: “Lo urgente no deja tiempo para lo importante” y la invierto. Llegamos y empieza la reconstrucción. Saca la mano por la ventanilla y derriba a la vez que construye cuando indica: acá es el camino hacia la muerte del viejo Reales; en la esquina anterior fue la primera y única sala de cine; al fondo a la derecha está la iglesia, pasando el club. En el centro del pueblo sobresalen las tres torres y a la vuelta de todo esto hay cañaveral, cañaveral y más cañaveral. Bajamos en la que había sido la estación de tren, ahora es la casa de una familia. Pido ir al baño y una señora me deja entrar, ¿me conoce? Desde las vías veo las ruinas y una de las torres, alta y única, es una ilusión arquitectónica, el cálculo de las apariencias. Pienso: hay que estar en este lugar y mirar desde este preciso ángulo para creer que es una y no son tres. Pienso: esto no hay en los libros, mejor dicho, los libros existen aquí afuera. El amor a la vida era eso, habernos ganado la historia en primera persona.

Volvemos casi que volando de Los Ralos y paramos el auto en el parque, cerca de la terminal. Se acerca el trapito de la zona y pregunta si lo vamos a dejar. Beto podría haber contestado solo como contestó: ¿Votaste al presidente vos? la insistencia en su praxis política con base en la conversación seguía densa y firme después de 50 años. -No señor, por favor, cómo voy a votar a ese si soy golondrina del limón yo, ¿usted cree que a mi me alcanza hoy con eso? Si me sacó el plan de trabajo, sacó todos los planes, no tengo donde asentarme mi casa, ahora me corrieron de donde trabajaba, me vine para acá por eso, yo debería estar en el limón. ¿Va a querer que le lave el auto? Y antes de que Beto responda, arroja un balde lleno de agua y jabón que salta y nos empapa a los tres. Teníamos lentes así que no nos entró espuma a los ojos. Mientras nos alejábamos caminando, pienso: sólo le hizo una pregunta.

*Ph: Agustín Indri

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