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El espacio cero de la poesía

Sobre La jaula del hambre, de Pablo Romero (Pre-Textos, 2024)

Por Pablo Toblli |

La poesía es el género de la juventud por antonomasia. Sólo en el mundo de la poesía y de los poetas -y en el de la lozanía existencial- podemos hablar de sed de absoluto, y en ese código empezar un itinerario de búsquedas, de ideales esenciales, de lugares donde permanecer. La poesía y los poemas pueden ser algunos de esos lugares. Así, el imaginario del hambre, ese deseo de poesía difícil de satisfacer, exige del texto poético la construcción de un sitio cuidado capaz de saciar y albergar lectores, que le piden a la literatura, algo más que un pasatiempo naif. El poeta de La jaula del hambre sabe de tal enigma y demanda, por eso a medida que uno recorre cada poema de este libro tiene la sensación de que está ante un artefacto sutil, a veces desde un constructivismo minimalista, en donde cada elemento se encuentra en su justo lugar en relación a otros. Esto se observa, entre cosas, en el fino trabajo de puntuación o espaciado que esconde un ritmo de lectura, pero también la persecución de la poesía como espacio total en ese artefacto: poema-revelación que compone en el hecho poético una zona, algo más que palabras.

En los textos de La jaula del hambre, una de esas zonas emerge de poemas que Romero busca en su primerísima juventud, como esos que yo siempre quiero encontrar para reeditar la primera vez que tomé un libro de poesía en mis manos, lo cual me recuerda una experiencia inédita, como una tertulia iniciática de la existencia, más verdadera, más esencial que otras que había tenido antes.

En aquel tiempo, cuando comencé a leer poesía, no entendía mucho en términos de la lógica de lectura que yo traía hasta el momento, pero intuía que algo estaba pasando en otro registro cognitivo que se abría, que se desmarcaba de manera incipiente. Con aquella especie de obnubilación y desparpajo que me hacía continuar leyendo, aunque no entendía “casi nada”, nació mi vocación con la poesía, en una ruta de lectura dispuesta a colocar mi cuerpo.

Existía, en ese trance, una especie de resguardo y alimento para el disconforme. Un paraje. Es decir, un espacio. La poesía como espacio: un rincón nunca acabado, a veces ya iniciado al que llegaba un poco tarde; otras inasible, a veces hermético. Y recuerdo que en esa ebullición fragmentaria, aquel libro primigenio era una invitación a subvertir, ampliar, desear, disgregar, paralelizar, sofocar, desertar, huir. Nunca quedarse. O en términos de Bachelard “semejantes ensueños eran invitaciones a la verticalidad” que me hacían ascender, descender o flotar. Por lo tanto, aquella zona de fascinación y frenetismo es la que -inocente o inconsciente- siempre espero de un libro de poemas.

Entonces, visto así, el poeta con su imaginación me brinda una nueva casa: “Veremos a la imaginación construir muros con sombras impalpables, confortarse con ilusiones de protección o, a la inversa, temblar por unos muros gruesos y dudar de las más sólidas murallas”, sostiene Gaston Bachelard en La poética del espacio. Y es que esa casa -conflictiva y paradojal- es la magia ambivalente de la poesía: refugio, escozor, intemperie, sopor, alimento y hambre. La poesía, las palabras del poema, son vida pero también muerte. O como piensa Pablo Romero que el mundo acaba donde empiezan las palabras; pero la belleza, a su vez, puede comenzar justo ahí. Entonces, la poesía es el alimento pero también la «Historia del hambre»; punto de partida pero de llegada; juventud y vejez; todo a un tiempo.

La jaula del hambre, al ser una poética del espacio, tiene que construir imágenes de albergues y, según Bachelard, “las grandes imágenes […] son siempre recuerdo y leyenda a la vez. No se vive nunca una imagen en primera instancia […]. Por lo tanto, el curso de la vida avanzó bastante cuando se venera una imagen descubriendo sus raíces más allá de su fijación en la memoria. En el reino de la imaginación absoluta se es joven muy tarde”. Es decir, la imagen adquiere su vivacidad, organicidad y operatividad después de mucho tiempo que se fija como obsesión, como trauma estético. Todo brillo que un poeta puede extraer de una imagen alojada en su interior por años sólo ocurre mucho tiempo después. Por ello, Pablo Romero decide revisitar sus poemas de adolescencia. Hay algo a lo que el escritor siente que debe volver y atesorar, diversificar y amplificar, porque hay poetas que no pueden escribir sino desde un hambre original, casi traumático.

Para tal proyecto, Pablo Romero se desmarca de aquella tónica de poesía en los últimos años, tan fascinada con la urbanidad, de giros orales y coyunturas sociológicas, animándose en un poética postslam. El poeta de La jaula del hambre trabaja con finezas una lengua desde una vuelta a los silencios primigenios de la infancia rota, por medio de condensaciones inteligentes y veloces, y desde esos extravíos estructurantes reflexiona sobre la lengua poética, porque “cada palabra es una grieta abriéndose en el silencio” y “escribir se parece a un vaso vacío”. El deseo así es inconmensurable y “los poemas son bestias y saben morir de hambre”, para una poesía que no sea gratis, que nos cambie para siempre o muera.


Nota: El título de esta reseña está inspirado en El grado cero de la escritura, de Roland Barthes.


Pablo Romero (Tucumán, Argentina, 1999) es poeta, editor, tallerista y traductor. Autor de Los días de Babel (2015), Palabras tectónicas (2022), La jaula del hambre (2024) y El cuerpo y la piedra (inédito). Resultó ganador del Concurso Festival Poesía Ya, otorgado por el Centro Cultural Kirchnner. Sus poemas manuscritos fueron exhibidos en la muestra Arder en lo que ya ardiendo ardía, del Museo del Libro y de la Lengua de la Biblioteca Nacional Argentina. Traduce poesía eslava. Su obra ha sido parcialmente traducida al francés, italiano y portugués. Desde 2019 dirige Aguacero Ediciones.

Una respuesta a “El espacio cero de la poesía”

  1. Jaime Matorras dice:

    Muy interesante la reseña.

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