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“La literatura es, sobre todo, un trabajo de observación”

Entrevista a Ezequiel Villarroel

Por Cecilia Rocabado |

Cita acordada late de por medio, y las palabras que van encontrando su cauce. Un diálogo fluido y claro entre dos personas de generaciones cercanas. Los paréntesis no muy académicos y la humanidad misma sucediendo. Así fue mi segundo encuentro del mes con Ezequiel. Antes, habíamos estado caminando con Franco[1] en la Marcha Federal Universitaria del martes 23 de abril, libros en mano y hermanadxs, a la distancia, con tanta gente querida de todas partes del país.

—Contame de tu nuevo libro. ¿Es narrativa?, ¿es poesía?, ¿ninguna de las dos?

—El nuevo libro es poesía pero por una cuestión, el libro estaba escrito hace algún tiempo. Lo había escrito antes de la pandemia y en la pandemia me dediqué a elegir y revisar los últimos versos que no me convencían. En ese entonces, justo se había abierto una convocatoria a un Concurso a nivel de Norte Grande, por la Secretaría de Cultura de La Rioja y aproveché a enviar ahí el material. Por suerte, obtuvo el primer premio. La base decía que uno de los premios era la edición del libro y, si bien se atrasó un poco, sale ahora en mayo con Falta Envido Ediciones[2]. Cultura de La Rioja hizo el nexo con Falta Envido de Tucumán y arreglaron. Igual no deje la poesía, aunque es cierto que en la actualidad me estoy dedicando más a la narrativa.

—Bien, ¿y cómo se llama el libro?

—Se llama 370, que se escribe 3-70, hace referencia a las 370 viviendas de Alto Comedero ya que toda la historia sucede ahí. Digo historia porque tiene una serie de poemas que se continúan, dialogan uno con otro. No da lo mismo leer los poemas en cualquier orden, lo recomendable es leerlo del principio a fin. ¿Viste que hay libros que vos podés abrirlos a la mitad y no pasa nada? En este caso cuenta una historia, entonces hay un orden.

La historia un poco trata sobre un grupo de chicos entre adolescentes y jóvenes que se juntan en una casa abandonada cercana al Aeroclub. Bueno, estos chicos se reúnen ahí, comparten cerveza, porros, pasta base; hay todo un trasfondo de lo marginal. Se describe mucho por ahí como era esa zona de Alto Comedero con las calles sin pavimentar, con el aguatero municipal tirando agua mezclada con ácido en la tierra para que no se levante el polvillo. Entonces hay una mezcla de imágenes visuales y sensoriales: uno puede percibir olores, aromas…

—Uso de sinestesia… ¿Y por qué Alto Comedero? ¿Vos viviste ahí?

—Yo viví un tiempo muy corto en Alto Comedero. Viví hasta los 17 años en Palpalá. A mis padres le tocó la vivienda justo cuando terminé la secundaria, pero yo apenas me recibí, me fui a vivir solo aquí en San Salvador. Si bien yo no pertenecí a ningún grupo, me pareció interesante plantearlo así, porque si planteaba un lugar tranquilo donde todo el mundo es feliz no sé si el lector se hubiera interesado. Sé también que hay zonas y zonas en Alto Comedero, claro que no quiero estigmatizar…  Lo abordé desde ese lado, sin embargo, hay cosas que si pude vivir como lo del camión pasando a tirar agua con ácido, o ver esa casita abandonada en la que en realidad nunca vi a nadie, uno juega con la ficción de manera que sea mas interesante.

—Claro, te pregunto lo de Alto Comedero porque en el imaginario jujeño hay toda una cuestión ahí. Es otra ciudad ya, es inmenso. Por eso, no sé si es una metáfora de algo o tiene que ver con tu vida…

—Fue elegir un territorio que me parecía interesante porque tiene su historia en todos los sentidos, desde la construcción de viviendas;  Milagro Sala; en cierta zona los feriantes que también se mencionan en el libro; la venta de drogas que eso también está… Dialogando con personas me decían que hay barrios más antiguos como Malvinas pero yo quería plantear Alto Comedero porque conozco, tengo amistades y, si bien nunca me pasó nada, siempre está el imaginario de “cuídate si vas”, entonces uno va imaginando historias y así resulta la literatura: uno pone un poco de realidad, un poco de ficción.

—Claro, ¿y entonces escribiste 3-70 antes de escribir Una canción punk, que es tu primer libro de narrativa?

—Sí, Una canción punk es mi primera novela, está situada en San Salvador de Jujuy, y uno de los protagonistas vive en Cuyaya. Nunca viví en Cuyaya y un poco supongo que escribí lo que me imaginé y, de alguna manera, coincide. De hecho, la novela tiene la tapa que es un lugar de Córdoba. Hay gente que me dice “yo reconocí ese lugar como de Cuyaya y no puede ser, es de Córdoba”.

—Es que una o uno tiende a asociar con los recuerdos, es así…

—Sí, y de esto me doy cuenta recién, mientras hablamos. Supongo que hay cierta relación entre 3-70 y Una canción punk, con la vida de estos adolescentes.

—Sí, eso te iba a decir. ¿Por qué los adolescentes? ¿Vos sos docente?, ¿docente de nivel medio?

—Sí, soy docente. En 3-70 me interesaba abordar otro tipo de voz y lo más difícil, luego de que encontraste tu propia voz, es reinventarte. Yo sentía que venía haciendo lo mismo, repitiéndome, libro tras libro, y por ahí no quería cambiar mi estilo porque me sentía cómodo. Pero bueno, me pasaron cosas interesantes. Me presenté en concursos, que es algo que realizo y, en dos ocasiones, saqué un segundo premio y una mención. Y entonces pensé que me estoy repitiendo y eso me ayudó mucho. No soy alguien negativo, asumí mi responsabilidad y dije “es momento de encontrar otra voz” y esa fue la búsqueda con el nuevo libro. En 3-70, la voz es de un adolescente que vive en los márgenes, pero que a la vez es otra ciudad como decís, tiene su propio mundo, es realmente un barrio tan enorme que creo que no se llegó a independizar por otras cuestiones.

No quiero irme por las ramas, cuando escribí Una canción punk no lo pensé como un diálogo con el poemario sino que decidí tomar algo que ya conocía, que era la década de los 90. A mediados de los 90 inicié el secundario, tenía que hacer memoria, de esa mezcla entre la era analógica y la digital; tenía que imaginar la historia y algunas cosas que podrían ser anécdotas. Hay una escena por ejemplo donde está el hippie tocado la guitarra y le dicen “jipon”. Eso no suma demasiado a la historia, pero queda bien en la continuidad, con el hilo narrativo. Pienso entonces, que si hay alguna relación entre la novela y el poemario es inconsciente.

—Y regresando a la poesía, recuerdo a Usagi[3] donde hay una cuestión bien urbana, desde los títulos, hay títulos que están escritos en inglés por ejemplo. Yo también fui adolescente en los 90.

—Sí, Usagi es más pop. 3-70 se aleja de lo urbano, de la ciudad centro, se anima a emplear palabras vulgares que a mí eso me dio satisfacción y obviamente crea opiniones diversas. Hay personas que me dijeron que ese recurso no les gustó y a otra que sí.

—Y sí, además eso genera que la literatura no te va a dejar indiferente...

—En el caso de la novela, fíjate que hay personas que me dijeron que Flema nunca estuvo en la Vieja Estación o que el orden de los temas de los recitales no era el adecuado. Y sí, yo juego con la ficción, me gustaba como quedaba en la novela y por eso así lo escribí. En eso, tengo algo de Javi, uno de los protagonistas. Yo “tocaba de oído” en mi adolescencia, en el sentido de que sabía algo de punk pero no demasiado; me gustó usar ese recurso, que el narrador no sea el que más sabe sino que vaya aprendiendo. Y la lectura de otras personas me ayudó mucho también, como el trabajo en un taller de narrativa con Fabio Martínez, que luego fue el editor de Una canción punk. 

—Genial, y contame… ¿Hace cuánto que sos docente?

—Desde el 2010. Yo me recibí de profe de Artes Visuales, pero recién hace un año que estoy ejerciendo la docencia como profesor de Lengua y Literatura.

—¿Tu cuestión de docente también trasluce no? Lo que veo en tu poesía, es que hay una cuestión más plástica, en las imágenes.

—Sí, la literatura es sobre todo un trabajo de observación, al menos para mí.

—Vuelvo a la literatura, entonces. ¿Qué estás leyendo actualmente?

—Suelo saltear literatura contemporánea con clásica. Entonces por ejemplo hace un tiempo -tres semanas, un mes máximo-, leí Las ratas de José Bianco, un clásico del país que nunca había leído. Lo pude leer y eso me gusta mucho de los libros, que te esperan. Puedo sonar como demasiado cursi, pero cuando tengo un libro que sé que se escribió hace dos siglos y, sin embargo, llegó a mis manos, para mí es una satisfacción y una emoción terrible. Agradezco que el libro pueda seguir existiendo. También, estuve leyendo novelas del NOA. Leí a Felipe Quiroga que editó su novela Chikito con Falta Envido Ediciones; me gustó, por suerte se lo pude decir, le escribí; y también leí Las dueñas del drama de Martin Alanís, también de Falta Envido. Lo que pasa es que en la última Feria de libros de Salta, aproveché a comprar libros y entonces voy alternando. Otras lecturas fueron El caballero que cayó al mar de Herbert Clyde Lewis, de La Bestia Equilatera, y Té de litio de Soledad Olguín, de Odelia Editora.

—Por lo que escucho lees variadísimo...

—Y después también leí un libro de María Belén Aguirre que ella subió a su Instagram. Yo soy de los que aprovechan eso, lo valoro. Y actualmente estoy empezando la novela Combi de Aníbal Costilla, de La Papa Editorial.

—Y en ese sentido, ¿qué opinas de los libros y los nuevos formatos?, ya que está tan cerca el día del Libro.

—A mí me interesa que las personas puedan leer independientemente del formato. Mis estudiantes se sienten más cómodos desde el celular y es otra generación, ¿no? Lo que me interesa es que lean, pero como escritor siempre voy a tener un fetichismo, me gustan los libros en papel, me gusta presumirlos cuando van a casa, mi biblioteca, recomendar libros, siempre estoy preparado para esa pregunta. También tengo un Kindle, que me parece un invento genial, que me facilita otras lecturas además de almacenar un montón de libros. Entonces sí quiero dejar de leer algo extenso, me dedico a leer un cuento que lo podés leer en un viaje en colectivo. Tiene esa ventaja, pero al libro en papel vos lo vas sintiendo, vas pasando de página en página, esa sensación no la tenes con un aparato digital.

—Para finalizar, otra clásica pregunta, ¿como ves la situación de la literatura jujeña en la actualidad?

—Creo que el apogeo de Jujuy fue entre el 2000 y el 2010, en donde había muchas editoriales independientes, escritores de todos lados venían aquí, ahora creo que ese buen momento lo está viviendo Tucumán.

Fijate que era increíble la cantidad de poetas que había, de 30 poetas jóvenes que había creo que ahora quedaron como cinco escribiendo. Ahora hay como una generación que no se caracterizan tanto por publicar, claro que se hace más complejo publicar con la crisis económica. Entonces se presentan en los Slam o publican en antologías digitales. Los libros impresos desde ese sentido no son la primera opción. Quedan algunas editoriales como Almadegoma Ediciones y Cronopio que tratan de facilitarte el tema a los escritores. Pasa que además de editores, Pablo Espinosa y Eli Soto son escritores, entonces están en eso de “ponerse en el zapato del otro”.

—Vos me comentaste también que en algún momento tuviste un proyecto editorial…

—En algún momento sí. Me publiqué yo y a dos personas más, a Gabriel Gómez Saavedra y a Cesar Colmenares. Después, tuve la suerte de que algunas editoriales me ofrecieron editar.

¿Te interesa volver a editar?

—Me interesa, pero se me hace difícil por el tema del presupuesto, quiero ser lo más justo con los escritores. Me interesa darle la mano a gente que merece ser editada…Estoy en esa situación, aplaudo la gestión de estas editoriales que siguen funcionando a pesar de las crisis económicas y que hacen lo posible por seguir, como el sorteo de numeritos para rifa de libros y otras cosas más.

Y redondeando, lo que sí siento es que están surgiendo algunos narradores tanto en el NOA como en Jujuy, y algunos vienen desde el lado de la poesía, es como que se están animando a mostrar su narrativa, y uno se da cuenta, creo, de que fueron poetas, por la brevedad de los escritos.

—¿Cómo quién?

—Elizabeth Soto es una, Meliza Ortiz es otra, Federico Nieto que hacia dramaturgia y publicó una novela el año pasado. En la poesía uno tiende a economizar y en estas narrativas se ve eso… es mi caso también, la novela que saqué es breve.

Y recuerdo ahora palabras de Martín Goitea que es narrador, y recomiendo su blog que se llama Abismos de luz[4], tiene entrevistas interesantes y reseñas de libros jujeños. Él me dijo “se nota que venís de la poesía porque sintetizas”, me lo dijo como algo positivo. Pienso evidentemente lo que me pasa a mí, también les está pasando a otros escritores que vienen de la dramaturgia o de la poesía…


[1] Franco Narvaez: docente de nivel medio y adscripto en la FHyCS.

[2] Editorial independiente y autogestiva tucumana. Agradecemos a  Zaida Kassab y Daniel Ocaranza por proporcionar la tapa del nuevo libro de Ezequiel.

[3] Poemario de Ezequiel, publicado en el año 2020.

[4] Para visitar Abismos de Luz: https://abismosdeluz.wordpress.com/


Fotografía de portada de 370, de Ezequiel Villarroel: Daniel Ocaranza

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