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ISSN 2684-0626

 

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Enantiodromia (Parte 1)

Por Gabriel Amos Bellos |

Quizá sea un hábito de oficio, esto de buscar en el pasado las condiciones necesarias para explicar una crisis presente; no imagino otra forma, por cierto: lo que sea que llegue  circunstancialmente a una situación crítica, no lo hará debido a las condiciones presentes; estas son apenas detonadores que, por así decir, impactan sobre líneas de fractura preexistentes en la estructura, fragilidades resultantes del modo y contexto en que ha sido constituida, de las vicisitudes de su constitución. Desencadenan la crisis, no la causan. Pueden tener incluso alguna incidencia sobre la forma que toma, o sobre su curso general, pero esa forma y ese devenir de la crisis –y hasta las vías de su eventual resolución–, estarán determinadas en mucho mayor medida por las características propias de la estructura que por el impacto de las actuales circunstancias.

Así pues –antes que intentar explicar la crisis de la racionalidad moderna con base en los callejones sin salida a los que sabemos condujo su despliegue–, me inclino a procurar establecer (o al menos, en una suerte de ejercicio socrático, delinear con mayor precisión) a qué nos referimos bajo tal sustantivo: ¿cómo la racionalidad moderna ha llegado a ser lo que es?  y  ¿qué es?  y  ¿cómo eso que es nos permite entender mejor su presente crisis, ofreciendo quizás por añadidura los senderos de alguna posible resolución?

Me es claro que toda reconstrucción histórica será necesariamente lagunar, incompleta y fragmentaria; sin embargo –y no solamente por razones de espacio–, no llevo intención de ofrecer una minuciosa descripción acabada en todos sus detalles; bastaríame con poner en cuestión algunas afirmaciones tradicionales que han llegado a considerarse hechos comprobados, mientras propongo –para reemplazarlas tentativamente–, unas conjeturas plausibles.

Aún dando por sentada la restricción –tácita o enunciada–, de la historia de la racionalidad, como se suele, a eso que hoy llamamos Occidente (privando así del preciado don a toda cultura no occidental), me resulta llamativo que una inmensa proporción de las historias de la Razón, continuando cierta tradición enciclopédica generalmente teñida de un velado difusionismo, apoyen su relato en amalgamas en las que es poco plausible diferenciar las cualidades y rasgos propios de los componentes originales.

Procuraré evitar permitirme aquí la ingenuidad de adoptar sin indagación analítica previa, ciertos constructos ideológicos [holofrases] creados por algunas escuelas de pensamiento crítico, pues intuyo que su sintético atractivo y cómoda aplicación frecuente podría haberlos tornado –una vez establecidos–, en obstáculos epistemológicos en los que hasta sus creadores han hallado tropiezo e incluso podrían haberse estancado. No que esta actitud implique objeción acerca de su fecundidad.

Difícilmente escaparía a la mirada indagatoria de un buen estratega la distinción (y sus múltiples y complejas consecuencias, que exceden ampliamente el mero campo de batalla) entre una nobleza de espada –cultivada, conquistadora, esclavista–, y un ejército de ocupación profesionalizado, asalariado. Ya esa aproximación, no poco burda, insinúa mi postura ante la holofrase “grecolatino”. Algo similar me sucede ante otra de esas amalgamas, de la que espero tratar más adelante.

No encuentro motivos para suponer que los latinos peninsulares hayan tomado, sin más, la cultura helénica al pie de la letra y sin adecuaciones, sustracciones, agregados, deformaciones… Suele pensarse que el Olimpo romano –solo por tomar un ejemplo entre otros muchos posibles–, no es más que el mismísimo Panteón griego con sus dioses renominados. Para imaginar que así lo hubieron hecho, deberíamos partir de una premisa desde todo punto de vista errónea: la de que la totalidad de la cultura latina consistía en una especie de hoja en blanco, lista para ser inscripta con los contenidos del helenismo vertidos literalmente al idioma peninsular.

Concedamos, para hacerme posible un punto de inicio, que la razón sea o haya sido –como sostuvo Chatelet (1983), entre otros muchos–, una invención griega. Tomando las precauciones políticamente correctas del caso, el autor se despega rápidamente de cualquier posible acusación de eurocentrismo; no consintamos que así nos distraiga de que, sin transición alguna, da por sentada una curiosa sinonimia: “No digo en absoluto que solamente exista este modo de reflexión y este modo de sabiduría. Existen otros que valen tanto como él. Pero los griegos inventaron lo que he llamado el logos o la razón, una manera de construir la sabiduría” (p33).

Indaguemos el primer término de la propuesta sinonimia: Logos, en una primera acepción, es “palabra”; en la medida en que no cualquier sonido vocalizado es una palabra, sino solo aquellos dotados de sentido, logos nos remite al sentido que hace ser a la palabra. De allí extiende su significado al sentido que adquiere un conjunto de palabras dotadas de sentido: lo que llamamos frase. Pueden construirse, sin embargo, conjuntos de palabras que no transporten sentido; esto nos fuerza a extender la significación de logos a aquello en nosotros que permite vincular distintas frases con sentido para construir una exposición que en su conjunto sea vehículo para un sentido: pensamiento (y, más específicamente, pensamiento discursivo [lógico], como luego se desarrolla en la Retórica y se manifiesta en los Sofistas: el fluido logos discurre en busca de sentido, verdad o persuasión, incluso belleza, pudiendo para generarlo recurrir a una inagotable variedad de figuras retóricas, imágenes y tropos). Por ese camino la noción evoluciona hasta llegar a adquirir, en la filosofía moderna, el sentido de “representación mental abstracta”, es decir “concepto”, quedando asociado a la posibilidad de establecer o enunciar una verdad (en tanto adecuación de lo expresado a la realidad que pretende describir). Heráclito –primero en emplear el término en contexto filosófico–, lo entendía como principio rector[1] de todas las cosas naturales, ley que determina los flujos de toda realidad.

En cuanto comenzamos a explorar el otro término –“razón”–, de la sinonimia indicada, esta se nos revela potencialmente falsa. Ciertamente la Real Academia Española concede al vocablo una oncena de acepciones, varias de ellas cercanamente asimilables a la riqueza de logos. Insistiré, empero, en mi recurso al pasado, pues la etimología (latina, cabe apuntar) de “razón”, ratio, nos muestra otro cariz: denota específicamente un procedimiento de comparación entre dos términos, apuntado a establecer una relación cuantitativa –aunque eventualmente pueda ser también cualitativa–, entre ambos. En alguna otra acepción, ratio en tanto tasa, fracción, cociente, orden o frecuencia implica, como puede notarse de partida, cuantificación, mensurabilidad, distintividad, etc.

No afirmo; conjeturo, y a trazo muy grueso, que el paso del periodo clásico-helenístico a la caída de la Hélade bajo el dominio romano (batalla de Corinto, 146 a.C.) habría implicado también una transición en la hegemonía mediterránea del modo logos al modo ratio como vía de producción de saberes y criterio para el establecimiento y validación de verdades.

El modo logos de producción de saberes habría ido quedando gradualmente sumergido y dejado de lado a medida que –bajo el expansivo y opresivo dominio romano–, languidecían a lo largo de los siguientes cuatro siglos los resabios del imperio alejandrino, repartidos en ciudades relativamente autónomas y distantes geográficamente de la Hélade, pero aún cercanas a ella en cosmovisión: Alejandría, Antioquía, Constantinopla… De acuerdo a mi suposición, la pragmática Razón (ratio), primer germen de la racionalidad instrumental occidental del presente, no sería entonces una invención de la prestigiosa Grecia (nombre latino de la Hélade), sino de la poderosa Roma imperial.

(Continuará…)


[1]· Puede ser necesario establecer con claridad que esta concepción de logos carece de relación con la concepción evangélica de Logos, tal como puede encontrársela en Jn 1:1~3.


Imagen: Möbius strip – by David Benbennick, CC BY-SA 3.0 wikimedia commons

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