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Esa mezcla entre lo divino y lo animal

Sobre Diosas Mutantes, de Mario Flores (Editorial Nudista, 2023)

Por Maira Rivainera |

Quiero hablar del narrador técnicamente confuso de Diosas mutantes. Decir por ejemplo que la ficción empieza ahí donde termina lo que cada quien se atrevió a vivir. Desde las primeras páginas, cuotas irremediables de realidad pero a alguien que no haya pasado una infancia entre árboles y atmósfera grotesca de sudor y olor a verde, le costaría menos leer sin la repugnancia de recuerdos de los que tratamos de escapar, unos con algo de angustia y otros ya olvidados del fin pero con el propósito siempre respirando cerca: dejalo atrás. Nadie que se vaya de viaje no se lleva consigo, en el imaginario universal se transmite de esa manera la idea de las huellas imperecederas de la historia en el tiempo. Diosas mutantes es una granja de animales hediondos e impunes, que quien habite Salta al interior conoce o hace suficiente esfuerzo por ignorar. Una familiaridad vomitiva, de calor con perfume a velas de cera rancia y rayos estridentes de sol cáustico. 

A veces el tono se reconoce por un odio producto del rechazo absoluto a lo circundante, entonces es Devi. Pero hay una sordidez distinta, no ya solo de rechazo sino de demiurgo que desprecia al imbécil imberbe a que dio carne, alguien que siente lo contrario del orgullo pero no la frustración sino un afecto feroz de destrucción imposible al que le queda como camino únicamente el sometimiento a una contemplación del error. El propio error.  

El lugar de lo vivo en la narración es la palabra que se sostiene en un parpadeo de lente, perpetuos fotogramas intermitentes de escenas cual esferas de sentido. La historia es narrada entre saltos, en los que Nabokov decía encontrar poca arte literaria por oposición a la maestría flaubetiana de discurrir imperceptiblemente entre un tema y otro. Saltos entonces, trozos desmembrados de una totalidad perfecta, solo asequible a existencia alguna en la imperfección del fracaso del proyecto de un ser superior en la creación. Dios quería del barro modelar la cumbre de su ex nihilo, en lugar de lo cual está el hombre, humano por defecto de cálculo; un dios que no es matemático. Un fallo que hizo de la imagen total en que florece un argumento, una caja con piezas incompletas que sin embargo dejan entrever o adivinar el sentido de las líneas, el color, la perspectiva, el punto de fuga, en una pintura de lo que hacen los discursos que ordenan la sociedad en los centros urbanos, pueblos urbanizados, en el radio entre los límites de Salta atravesados por la catedral y las arterias por donde transitan foráneos golondrina, quienes cubren a los del lugar de ese talco irrespirable que levantan del suelo en su aleteo, a los inamovibles, los eterno e inmutable, a los que siempre les pasa lo mismo, a los que siempre pasan por lo mismo; el loop sinérgico del capitalismo cultural de las reivindicaciones sociales. 

Encuentro en esta novela un latigazo a esa hipocresía en la política reivindicativa de lo nativo, lo originario, los desposeídos. Matacos, indios, lacra, esclavos rebeldes, insurgentes, pústulas, molestias circunscriptas a las vidrieras de museo: su cultura es ya para exponerse en los lugares donde se testimonia de lo que ha muerto. Cementerios resucitados de brotes irrefrenables de un pasado que insiste, al que se pretende poner punto y aparte.  

Durante algunas páginas de suspenso pareciera prefigurarse en Devi una Emma Zunz, mujer calculadora, entregada a una venganza noble más idiota. Pero no, Devi hace oposición al furor apasionado que es el emblema de los cuerpos feminizados carentes de reflexión, rol divulgado como puro acceso apasionado de vitalidad; piensese durante un intervalo, si la pasión atraviesa al cuerpo instrumentado para la producción de ganancia monetaria en el trabajo sexual o al cuerpo sacudido por una excitación imperativa de descarga que exige otro cuerpo más allá del consentimiento mutuo.  

A un religioso de placeres discutibles, se le escucha decir “He pasado más de hora y media con ustedes; sin embargo, no me siento satisfecho. (En una cárcel de menores, 8-IV-73)”, la delicadeza es notable, la risa incontenible, la realidad un olvido imposible. 

Solamente alguien a quien le hubieran roto el gran vidrio de las promesas en que creyó podría estar tan enojado por haber sido desilusionado. Por otro lado, también admirable, Mario Flores no tiene en Diosas mutantes, como tampoco antes, valga la aclaración, miedo a no ser amado por lo que escribe, ni aplaudido, ni de ser ese nadie del nadie que hable de su tierra es tomado por profeta sin la paga de un exilio. En un mundo de noticias falsas, le queda a la ficción poner al descubierto la verdad, en ese giro de tuerca que hace a la realidad la literatura según el tiempo en que se exista.

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