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El arte de ofender en voz baja

Sobre Nadie quiere ser Beth, de Eugenia Campero (La Papa Editorial, 2023)

Por Mario Flores |

NOSOTRAS. Las recomendaciones de libros, con el paso de los años, se vuelven cada vez más sospechosas: es algo cuya lectura deviene de los regímenes mediáticos del imperio actual el oponer la publicidad a la lectura, el spam al interés, la figura de autor antes que el contenido. Entonces hay libros que, cuando concretan el equilibrio mínimo que representa sostener su carácter narrativo sin necesidad de la presencia sospechosa del autor, se revelan como pequeñas joyas. ¿Por qué llega este libro al anaquel donde reposan pacientemente las lecturas pendientes? ¿Qué mecanismo es el que ejercita en su procedimiento dramático como para incluir 18 piezas en 106 páginas (todos los cuentos son muy breves, pero no refieren al laconismo inconcluso del microrrelato mezclado con prosa poética en el uso y abuso de la primera persona)? (Entonces, ¿cómo es narrar en un espacio-tiempo-territorio-cuerpo-dispositivo textual atomizado sin riesgo de que las historias se bifurquen en racionalizaciones previsibles?). En las dos páginas y media de “Nosotras”, el noveno cuento de “Nadie quiere ser Beth” (primer libro de Eugenia Campero publicado en 2023), la narradora explica claramente, sin tapujos ni instalando una teoría, en consonancia con el estribillo carismático de Dárgelos (“tengo que aprender a fingir más…”): “Sabemos fingir. Que no se note tanto la desesperación”.

“Nosotras” no es solamente el relato de una familia disfuncional, de un padre que no está, ni se reduce a un monólogo interior eterno que más tarde abundará en los tecnicismos psicológicos que conforman el discurso del personaje ahora autor. La narrativa de Campero es veloz y, por momentos, derrapa con gusto: porque si se tratara de un volumen de historias familiares, costumbristas o neo costumbristas, no dejaría lugar al primer plano que hace natural lo siniestro, todo lo que se convierte en desastre: “Yo tengo muchos amigos, quizás de más. De los que callan y de los que hablan. De los que te cuentan historias que querés escuchar y las historias que preferirías que no: las que explican dónde está mi papá, con quién se fue, de qué se hartó. En dónde vive y con quién. Que tengo hermanos. Que no va a volver”.

FANTASMAS Y CAMELIAS. En un taller de corrección de novela o quizás de novela argentina (durante la Feria del Libro de Las Termas de Río hondo, Santiago del Estero), uno de los participantes (escritor también, librero también) me dice que “Nadie quiere ser Beth”, de Eugenia Campero, le resulta de un tono similar a uno de los libros que yo trabajé en el taller de novela o de edición o de corregir sin piedad. En la contratapa del libro, Fabián Soberón apunta que el elemento central en el arte de Campero es “la comicidad que condimenta la narración o el aporte hilarante que modifica lo acontecido”. A propósito de esto: no recuerdo cuándo fue la última vez que vi a una persona reírse con un libro. La mística reciente de la caricatura intelectual del imperio obliga a lecturas sosas, de pronunciada seriedad furiosa que otorga a la ficción una atención mucho menor de la ya suscitada históricamente. Donde sea que alguien sostiene un libro entre sus temblorosas manos, mostrará siempre un ceño fruncido, una impostura de concentración sufriente y pastoral. En “Nadie quiere ser Beth” (y sin detenerse en las referencias ipso facto a Volver al Futuro, a Mujercitas, a los Beatles aunque en realidad es a Simon & Garfunkel) es indispensable diseccionar el absurdo con rapidez: que se sienta como “la emisión del último capítulo de una telenovela o la explosión impecable y total de un punto negro. La muerte de la intriga”, dice la narradora de “Fantasmas y camelias”. Una alumna de piano que jamás logra tocar el piano. Es la profesora lo que importa: el desplazamiento mental que une y reúne un chorro de ideas múltiples, de anécdotas tan banales como imprecisas y mórbidas, la pausa como un pacto tácito con el lector para que la respiración siga un ritmo que no abandone la crítica y el cinismo, junto con la ternura de las ancianas y los recuerdos de juventud, también el sabor del terror humano.

“Es muy común que las historias de amor terminen cuando comienza la facultad”, dice la protagonista en su primera persona inmutable en muchos de los cuentos del libro, y acá pareciera revelar una idea precedente que se aventura a plantear una estructura. No es esa, sin embargo, la parte más relevante del cuento, sino un párrafo cerca del cierre, en el cual Campero muestra una manera, a modo de ejemplo, de cómo no volver trillada una historia cuya “muerte al final” ejecuta su montaje. Lo poético, a veces, irrumpe con denostada suavidad; a veces, sólo a veces, irrumpe con minuciosa conmoción. “Cuando alguien muere, cuando una casa se derriba, cuando se tala un árbol, muere también la parte de uno que trepó ese árbol, que ocupó esa casa, que abrazó a esa persona. Muere lo que éramos cuando lo teníamos. Yo me encontré de repente con mi comunión rota, velando una parcela de mi yo”.

SOBRE LOS PÁJAROS. En la biografía de Eugenia Campero se consigna el dato de haber sido discípula de Alba Omil. De esta autora oriunda de catamarca, es este fragmento del cuento titulado “El quinto, los pájaros”: “Soñó sus árboles, sus ríos, sus estrellas, sus rayos, las piedras que había puesto en las entrañas de la tierra, los profundos jardines del mar, los ojos que colocaría en las caras de los hombres y sonrió: de entre sus labios entreabiertos salió un aire que dio forma a ese sueño y un esplendoroso pavo real abrió su cola llena de ojos verdes, azules, dorados; luego fue a pasear por los solitarios, oscuros jardines, hizo resonar su grito fiero entre los inmensos silencios”.

La cadencia de los cuentos de Eugenia Campero es igual de detallista, y su rítmica no escatima en hacer de lo grotesco un punto de partida para la desmitificación de los grandes relatos: en “Nadie quiere ser Beth” las familias ya no son tradicionales ni persiguen un estatus visiblemente comprobable, los amores no son proyecciones idílicas sino que dejan entrever su toxicidad cotidiana: estas formas de volver normal lo que se considera anormal, avanzando entre el misterio, procura esa cadencia y esa rítmica. En las dos páginas y media de “Nosotras”, la narradora rompe la cuarta pared y desafía a los lectores: “Los invito a un tour gratuito por casa”. La casa es un espacio donde reina el silencio de lo cínico, y sus detonantes son apenas signos monosilábicos, conversaciones truncas que, sin embargo, dicen más que los largos parlamentos que acostumbran los escritores de historias familiares. “Es rubia por vocación”, dice la protagonista mientras contempla el ritual estético de su madre, a puro mate con edulcorante, con el que disfraza las canas y los odios de clase. “Qué gente estúpida”, comenta la madre cuando ve un fumador, después de abandonar el tabaco que fumó durante décadas. Entonces no hay conversiones ni redenciones ni posibilidad de anagnórisis: el relato funciona como mutación de la familia tradicional, ese derribe de los grandes relatos filiales que reúne los elementos de costumbre: el mate y la tintura, el padre ausente. La idea de libertad es como el humo que se exhala: no deja rastros fehacientes de un final feliz. Esa acidez es la que hace que los cuentos de Campero nos conduzcan en velocidad crucero, hacia escenas que no llegan nunca. Se interrumpen, y no es fácil hacer un arte de la interrupción, del corte abrupto.

En “Fantasmas y camelias”, la premisa es de un orden sobrenatural (me gusta decirle sobrenatural a cualquier superstición, por más arraigada que esté al absurdo y la senilidad): “En las casas donde hay camelias, no hay fantasmas”. Luego, la superstición se vuelve en un ordenamiento de lo humano: el enamoramiento se puede diseccionar como un manual de instrucciones. La estudiante de piano que nunca llegará a ser pianista sigue al pie de la letra el manual, se enamora y se decepciona, y lo único que sobrevive es aquel recuerdo falaz que le corresponde a lo muerto, a lo que ya se abandonó en el tiempo: “¿Cuándo pasa eso, que las cosas y las personas se unen en una sola entidad, se comen entre sí y se amalgaman, se vuelven inescindibles?”. El cuestionamiento es filoso y filosófico, pero no hay tiempo para elucubraciones existenciales: la maestra de piano ha muerto y la protagonista apenas se entera de la noticia. Lo único que resta es comprobar si el fantasma de la anciana no anda rondando por ahí, en su memoria plagada de camelias y mandatos sociales. Los primeros libros corren muchos riesgos: no hay un marco de autor en el cual podamos entender la tentativa de su funcionalidad, mucho menos su proceso creativo: estos dos cuentos de “Nadie quiere ser Beth” me sirven de prueba, en una de esas, para reafirmar una idea que leí hace tiempo: “En un libro de cuentos hay uno que es bueno, otro que es raro, y el resto es puro relleno”.

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