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ISSN 2684-0626

 

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FESTIVAL DE POESÍA NORTE NATURAL. UNA CRÓNICA POSIBLE

CATAMARCA – 4 Y 5 DE SEPTIEMBRE DE 2026

Por Meliza Ortiz |

Advertencia a las personas que lean esto: más que una crónica, esto va a ser un diario íntimo medio largo, en modo “confesiones a la Virgencita del Valle”. Fiel al estilo de esta servidora, que no se va a poner a demonizar ahora las “escrituras del yo”, después de toda una vida hablando de sí misma en todo lo que escribe. Y menos delante de la Virgencita.

UNO

Todo empezó cuando me invitaron al Festival de Poesía Norte Natural y yo dije que sí, que encantada. Primero porque quería ir, porque siempre es lindo que te inviten a un festival de poesía, habiendo tantos y tantas poetas en el país y en el mundo; y segundo, porque me gusta mucho viajar y quería conocer San Fernando del Valle de Catamarca. Yo ya había ido a San Fernando del Valle de Catamarca alguna vez, cuando era chiquita, con mis padres, en un viaje larguísimo hasta Viña del Mar. Pero vi tantas cosas y provincias y paisajes en ese viaje desde Jujuy (vi hasta huesos verdaderos de dinosaurios en medio de rocas), y era tan chiquita, que lo que más me acordaba de San Fernando del Valle de Catamarca era unas escalinatas grandes que había que subir un montón, y muchas velas prendidas a los costados, en el santuario de la Virgen del Valle, que, además, creo que no queda muy cerca de la ciudad misma sino sobre la ruta, en una gruta que debe ser donde a alguien se le apareció la virgencita. De la Virgen del Valle en sí misma no me acuerdo, la verdad. Me hubiera gustado ir a verla y entonces ahora así sí me acordaría, pero yo en mi mente creí, y creo, que quedaba súper lejos de la ciudad misma y había muchas cosas para hacer en el Festival (perdoname, Virgencita, por haber sido tan pagana).

Después de todo eso, o antes, tomé un colectivo Andesmar, que son los que van para esos lugares que a los jujeños nos parecen lejísimos y un poco raros (como les debe pasar a la inversa a los demás con respecto a venir a Jujuy), y llegué a San Fernando del Valle de Catamarca (lo digo así todo largo al nombre porque me encanta decirlo así). Llegué doce horas después. No sé si pude dormir mucho. Adiviné una cuesta en algún tramo del camino y supe con toda la fe que mucho no tengo, que ya estábamos un poco más cerca. Amanecía. Vi un río al que atravesamos mediante un puente. Y, como había luces de casas que se veían cerca, supuse que ya estábamos llegando. Por las dudas, filmé un videíto del río y subí una historia que decía “¡Llegando!” y puse abajo el cartelito de la ubicación: “San Fernando del Valle de Catamarca”.

Eran las 7 de la mañana. Me bajé, fui derecho a la bodega del colectivo a buscar mi valija con libros (porque, en el marco del Festival, también iba a haber una feria de libros) y ahí fue que nos adivinamos con Alejandro Acosta -en la semiclaridad oscura de la mañana tan temprano- que me fue a buscar a la terminal. Primer poeta encontrado en el camino, y uno de los organizadores del Festival, junto a Celia Sarquís (que fue la encargada y responsable de hacerme llegar la invitación), Víctor Aybar (que lo había conocido hacía dos semanas en la Feria del Libro de Jujuy y estuvo bueno y distinto el reencuentro, con los roles intercambiados) y Karina Tapia (que la conocí ese mediodía de la llegada, en el almuerzo, y se convirtió en una amiga). Alejandro se fue a dejar mi valija con libros en su auto y me dijo que ya venía, que subiera a la confitería de la terminal, donde estaba Marinés Scelta desayunando, porque también acababa de llegar, ella en sentido contrario, desde Mendoza, en la misma línea de colectivo, habiendo viajado la misma cantidad de horas que yo. Segunda poeta encontrada del Festival. Compañera de editorial en Almadegoma. Nos conocimos ahí, tomando un café con leche con medialunas en la confitería de la terminal de San Fernando del Valle de Catamarca. Persona clave para mí en ese viaje la compañera Marinés, por diversos motivos. Entonces volvió Alejandro y nos llevó a las dos al hospedaje que nos habían reservado: la hermosa casa de Meke, convertida en Bed & Breakfast. Antes nos recibió el perro de Alejandro y Celina Galera (tercera poeta nombrada en esta crónica, pero que aparecerá un ratito después), vecinos del Bed & Breakfast de Meke. ¿Cómo se llamaba el perro de Alejandro y Celina? En realidad era una perra cachorra grandota adolescente con todo el ímpetu y la torpeza propia de su incipiente crecimiento con semejante cuerpo perruno de pronto a cuestas.

DOS

Con Marinés nos tiramos un rato a descansar en la habitación que nos había tocado, en la planta alta de la casa Bed & Breakfast. Como yo no había traído toallón, vino Meke y me dejó uno sobre una de las camas. Así, de esa forma azarosa, fue como quedó decidido quién dormiría dónde. Las dos, sin tener que decir nada, estábamos conformes. Después empezamos a escuchar las voces de los otros poetas que habían llegado antes, la noche anterior, y que se estaban levantando y se reunían a desayunar en la mesa larga de abajo, en la zona del comedor. Nos unimos a ellos un ratito después con Marinés. Ahí yo no conocía a nadie, salvo a Marcelo Sutti, de Salta, que ya habíamos compartido una ronda de lectura en el FIDEO -Festival Intergaláctico de Escritores Oficial-, que el año pasado se hizo en Jujuy. Después los fui conociendo de a poco y me fui enterando de que tendría que haberlos conocido antes. Quizá no coincidimos nunca en ningún lado por las distancias de todo tipo y porque yo tampoco es que estoy re enterada de todo lo que pasa desde nunca. Eran poetas de muy larga trayectoria que también venían de otras provincias y que también, por ese motivo de ser de otras provincias, estaban alojados ahí. Además de “Pajarito” (Sutti), estaba Tina Elorriaga (de Buenos Aires), Hugo Rivella (de Salta), Vicente Muleiro (de Buenos Aires), Juan Carlos Moisés (de Chubut viviendo en Salta, y que fue con su compañera salteña Graciela, con quien charlé bastante y me sacó todas las dudas en relación al verdadero lugar de nacimiento de Héctor Tizón, que era su pariente; porque eso del verdadero lugar de nacimiento de Tizón siempre fue un misterio, pero ella sabía la respuesta verdadera y me la explicó con toda claridad. Y yo no se las voy a decir a ustedes, jaja). No me acuerdo bien, porque éramos muchos, si Hernán Jaeggi (de Córdoba) también estaba alojado ahí. A él lo conocí un poquito después, haciendo fila en el Comedor Universitario junto a los estudiantes, a la hora del almuerzo.

Después nos fuimos todos a lo de Alejandro y Celina. Celina es la primera poeta catamarqueña que conocí en persona en toda mi vida y que no nos veíamos desde 2008, cuando se presentó en Salta la antología Poesía Joven del Noroeste Argentino editada por Santiago Sylvester con el Fondo Nacional de las Artes que finalmente fue muy recordada en este Festival, quizá porque algunos de los que estábamos ahí salíamos en esa antología y porque algunos de los poetas más grandes del Festival salían en la antología anterior, la de Poesía del Noroeste Argentino – Siglo XX, y habían ido a vernos esa vuelta en Salta, pero yo no me acordaba, no por mala, sino porque suelo ser así de no enterarme de lo que está pasando, nunca. Pero, volviendo, siempre me acordaba de Celina como alguien distinta, multifacética, porque también es artista plástica y música. Por eso me encantó conocer su casa: una casa de artistas. En el jardín de adelante tenían un cardón altísimo que también tenía nombre y un huequito arriba donde vive un pájaro. Lo primero que me llamó la atención cuando entré, fueron los cuadros enormes de diferentes artistas que cubrían las paredes, y un piano hermoso en el living. ¡Celina nos mostró su taller y Alejandro también! Y me traje un CD de la banda que tienen: Baladí. Alejandro puso el CD en el estéreo de su auto y fuimos escuchando los dos primeros temas, que me gustaron mucho, hasta que llegamos al Comedor Universitario, donde íbamos a almorzar ese día. Albóndigas o medallón de merluza con ensalada. Yo elegí albóndigas.

TRES

Con Marinés queríamos conocer el centro de la ciudad de San Fernando del Valle de Catamarca, así que le pedimos a Alejandro que nos dejara por ahí cerca después de almorzar, así podíamos dar una vuelta antes de ir a la inauguración del Festival, que era esa tarde. Alejandro no se dio cuenta (y creo que nunca se enteró. Si lee esto Alejandro se enterará por este medio: querido Alejandro: aceleraste antes de que yo cerrara la puerta de tu auto y me pasaste por encima del pie con la rueda de atrás, o sea, me atropellaste el pie. Todo bien, Alejandro, no pasó nada, jaja, sino hubiéramos estado un par de nosotros en alguna guardia ese día, en vez de haber estado en la inauguración). A partir de ahí todo era cuestiones con los pies. Ya no me las acuerdo todas, pero, por ejemplo, un caracol hermoso y enorme tipo tropical que estaba en el baño de arriba de la casa Bed & Breakfast de Meke, podía haber sido un motivo para tropezarse mal y que te pase algo en los pies. (Lo loco es que ibas de nuevo al baño y el caracol estaba en otra parte más razonable y después en otra parte no tan razonable, y así. Aclaro que era el caparazón de un gran excaracol. O sea, no podía moverse solo. Misterio). Otra cuestión con los pies fue un mini encontronazo fortuito, ya no me acuerdo si mío o de Marinés, con un bulto que había en la calle, de esos urbanos que son supuestamente para “cuidarte”, después un escalón inesperado en la vereda. En un momento pensé en ir a alguna santería del frente de la plaza a comprar un exvoto con forma de pie (¿vieron esas figuritas chiquitas de metal que hay en las iglesias, con forma de la parte del cuerpo que querés agradecer porque no te pasó nada, o pedir que se te sane, o que no te pase nada, y que las ponen todas juntas como en una vitrina tipo cuadro?) e ir a dejárselo a alguna virgencita en la Catedral (si estaba la virgencita del Valle mucho mejor. Se lo habría dejado a ella). Pero bueno, en fin, no lo hice. Y después de todas maneras ningún supuesto maleficio de los pies se hizo realidad y estuvo todo bien. Por suerte.

CUATRO

La plaza de San Fernando del Valle de Catamarca es hermosa. Quizá es la plaza más hermosa que yo haya visto de entre las plazas que conozco de las ciudades capitales del noroeste argentino. Me falta conocer la de La Rioja (que ya la conozco pero no me la acuerdo, de ese mismo viaje que hicimos con mi familia cuando yo era chiquita). Bueno. Nos sentamos un rato ahí en la plaza. Todo estaba lleno de flores y de árboles florecidos y de árboles de naranja llenos de naranjas. Y se veían el Ambato y el Ancasti, uno al oeste y el otro al este, según nos explicó Alejandro en el desayuno cuando yo le pregunté. Esos nombres, al ver los dos cerros, acudieron a mi mente en forma de antiguas sabidurías que me quedaron dando vueltas por motivo de datos que uno guarda en el transcurso de su vida. Me gustó verlos por fin y comprobar que existían. Eran más altos y estaban más cerca de la ciudad de lo que yo pensaba. También había muchas virgencitas del Valle en las vidrieras. En una había tantas mini virgencitas del Valle puestas todas juntas medio en fila que parecía un ejército de vírgenes del Valle. Por otro lado, Marinés quería llevarse algo de mimbre. Lo encontró. Yo opiné que era un muy buen mimbre.

CINCO

Bueno, hasta ahí todo normal, salvo por lo del atropellamiento sin querer del pie (supongo que fue sin querer, Alejandro, ¿eh?), que igual ya ni me dolía, por suerte. Y acá empieza la cosa que solamente UNA persona del festival la sabe (una o quizá dos): llegamos al salón de actos de la Facultad de Agrarias de la UNCA, donde se hacía el Festival el primer día, y cuando me puse a armar los libros en la pequeña pero bonita Feria independiente que se generó en el pasillo de adelante, después de conocer a Flor Agüero, poeta riojana, y a Lourdes Avendaño, armando también ahí la librería Rizoma, me empezó a agarrar un mini ataque de ansiedad secreto que me duró todo el Festival. Yo sentía que ya empezaba el Festival, que toda la gente estaba llegando y que yo no podía terminar de armar la mesa con libros. Era como un laberinto en cámara lenta. Salgo sonriendo en todas las fotos, con ganas de sonreír genuinas, pero con el mini ataque de ansiedad secreto flotándome adentro. Confluyeron distintos factores internos. No fue solamente porque tenía que armar rápido la mesa con libros (además, ¿por qué tenía que armar rápido la mesa con libros? Si no había drama con eso. Pero bueno). La cosa es que el segundo día directamente me largué a llorar en un banco de la plaza (porque el segundo día el Festival era a media cuadra de la plaza, en la Biblioteca Provincial de Catamarca, y entonces volvimos a ir un ratito a la plaza a comprar agua con Marinés). Pero bueno, así.

Era como que la que estaba pasando entre muy bien por cómo era todo y medio enrarecida por dentro, ¿vieron?, pero igual gracias a cuidar los libros que llevé con mi librería itinerante que recién comienza, y al mini ataque de ansiedad secreto, lo conocí mejor a Esteban Chacoma, poeta riojano, de Ediciones Amargas, que desde el día anterior me venía diciendo de hacer un videíto leyendo un poema mío para subir a sus redes y yo le decía que sí pero nunca lo podíamos hacer, por distintos motivos. Después sí pudimos. Después del llanto en la plaza, con Marinés siendo buena amiga conmigo. Gracias, Marinés.

Igual no es que me perdí cosas del Festival por lo del llanto. Sí escuché a varios poetas leyendo (escuché a todos los de las otras provincias el primer día, que pasamos todos a leer cada uno un poema en la inauguración del Festival) y después escuché a algunos y algunas más, cuando me escapaba un ratito de estar cuidando los libros afuera. Por ahí nos turnábamos con Flor, con Celia Sarquís, y además había gente de la Biblioteca que también nos cuidaba los libros. No es que yo estaba como una esclava cuidado libros y que por eso no podía ir a escuchar las mesas. Sino porque necesitaba estar afuera y como un poco en silencio. Y porque también quería estar con los libros.

El segundo día al mediodía, me tocó leer a mí. Primero leyó un poeta catamarqueño, Jorge Cerrizuela, que leyó bastante y que después tocó una canción de él en la guitarra. Y después estuvo bueno que me tocó leer con las genias chicas poetas catamarqueñas: Estefanía Herrera, Paula Bustamante y Camila Ortega.

Una cosa graciosa fue cuando entré para escuchar la mesa de Hernán Jaeggi, un poeta muy sensible, que él mismo dice que tiende a emocionarse cuando lee sus poemas y yo me identifico con eso últimamente mucho. Lo gracioso fue que pasó por la calle una caravana de fieles de la Virgen del Valle y, en plena lectura, se escuchó gritar, al lado de la ventana donde eran las lecturas: “¡Viva la Virgen del Valle!”. “¡Viva!”, respondimos todos a coro desde adentro del salón, entre miraditas también graciosas.

También quisiera agregar que con Marcelo “Pajarito” Sutti tuvimos unas charlas muy buenas sobre cosas de música y sobre las zambas de Castilla y Leguizamón y sobre las letras de otros grandes poetas-letristas como por ejemplo Perecito y la “Zamba de la viuda”. También me sacó las dudas sobre la procedencia del padre de Manuel Castilla, que no era encargado de la estación de la localidad salteña de Alemanía (con acento en la “i”, como aclaró a los demás comensales del almuerzo del segundo día el mismo Marcelo), sino de la de Cerrillos, y que todo se debe a una confusión en el cambio del título de esa zamba: porque primero se llamaba “Viene el tren de Alemanía” y después le dejaron “El tren de Alemanía”, o sea, nada que ver, se trastoca todo el sentido. Plenamente de acuerdo con vos, Marcelo.  

Otra cosa graciosa: Copito, el perrito caniche de Tina y Hugo que se convirtió en el perro poeta del festival, se portó re bien siempre y fue nombrado “Asistente Ilustre” con toda justicia.

Me gustó también escuchar los poemas de Flor Agüero cuando entré al salón porque luego de esa mesa venía la mía. Ahí también leían Karina Cubas y Julia Tiraboschi (ambas de Catamarca) y el recién nombrado Marcelo, pero, lamentablemente, no llegué a escuchar.  

Después, esa tarde, en la mesa de Hernán Jaeggi, César Vera Ance y Jorge Tula, también llegué a escuchar a Silvio Rivas, poeta catamarqueño autodenominado a través de su micrófono y en forma muy simpática como “el abuelo del festival” y que leyó un poema sobre tener el alma repartida entre dos lugares: su tierra natal, a la que volvió luego para quedarse ahí muchos años, y su tierra por adopción y de nuevo ahora por elección y a la que había regresado hacía poco: San Fernando del Valle de Catamarca. Es como que puso en palabras lo que yo creo que debe sentir mi papá sin expresarlo, porque tiene una historia parecida de inmigrantes niños desde la misma tierra, con la misma edad y en el mismo año de llegada al país. Ese poema me emocionó. Tendría que habérselo dicho. Y tendría que haberle comprado su libro para traérselo a mi papá. Bueno.

En Catamarca hay muchos & muchas poetas: además de los ya nombrados, estaban la queridísima Pía Cabral, que ya la había conocido hacía un par de años en el encuentro Poetas del Norte Entero, en el marco de la Feria del Libro de Santiago del Estero, y de quien siempre guardo recuerdos muy bonitos porque es muy cálida ella e integradora de gente “tímida aunque no parezca” como yo, que soy así. Me hubiera gustado tener más tiempo para charlar con Pía. Después del Festival -todo fin de festival es siempre caótico y de desencuentros- nos mandamos unos mensajitos y nos dijimos eso. Seguramente habrá una próxima oportunidad para esas charlas lindas que nos debemos, Pía querida.

SEIS

La naturaleza y el clima de San Fernando del Valle de Catamarca son extraños. Es un valle, como San Salvador de Jujuy, pero corre viento siempre, lo que no sucede en San Salvador de Jujuy, al menos no durante el día (a la nochecita sí, empieza a correr un vientito fresco en verano y medio helado en invierno), y me dijeron que eso del viento siempre en San Fernando del Valle de Catamarca es lo normal. Después, la vegetación es una mezcla de valle como los que yo conozco y de quebrada como la que yo conozco, o sea, entre fértil y seco-pinchoso, pero todo florecido. Es raro, realmente. Estuve un rato largo pensando en eso cuando llegamos y cruzamos toda la ciudad desde la terminal hasta lo de Meke, que queda en una parte alta. También hay lapachos, que son siempre hermosos en todos lados, pero además hay unos árboles muy divinos que yo nunca había visto, con unas flores grandes blancas o rosadas, o blancas y rosadas. Con Marinés les sacamos fotos el primer día, yo hice un videíto con las flores agitándose con el viento catamarqueño. Eso fue después de lo del atropellamiento de mi pie, que no era nada, yo lo sentía apenas, pero igual la colega mendocina me hizo sentarme en un banquito en la vereda y sacarme la zapatilla y la media de ese pie para chequear que estaba todo bien. Y sí, sí. Estaba todo bien.

SIETE

La primera noche después del primer día del Festival, Alejandro y Celina nos ofrecieron a todos una cena súper cálida en su casa, donde no pudieron faltar las empanadas y el vinito. Ahí tuvimos una mini discusión graciosa con Francisco Avendaño sobre cuál era la mejor antología de Sylvester: si la de los poetas “del siglo XX” o la de los que en ese momento éramos los de la “poesía joven”. Yo le dije que era mejor ésta última, por supuesto y nos reímos. También le dije que Groppa era el mejor poeta jujeño de esa generación de los del siglo XX. Y tengo razón. Después nos reímos comparándonos a todos los jóvenes con Groppa y nuestros poemas sobre árboles con pajaritos parados en una rama (nada que ver, jajajaja).

En esa cena, además, pasó otra cosa: en el patio de atrás, donde habíamos algunos insurrectos que no podíamos estar mucho tiempo sentados, Hugo Rivella me dijo que desde aquella vez de la presentación en Salta de la Antología de Poesía Joven, siempre había querido contactarme para invitarme al Festival de Cosquín (así me dijo). Yo le pregunté si se seguía haciendo ese Festival, y me dijo que seguramente el año que viene se hace. Así que espero que, Hugo, te acordés de esa invitación que me hiciste medio entusiasmado por las virtudes de la vid en el patio de Celina y Alejandro. Y sino, Tina y Copito: háganle acordar. Listo. Jajaja.   

OCHO

También el último día hubo, en el corte de la siesta, un taller de encuadernación y autoedición a cargo de Lilén Guillet y el Colectivo Anemoira. Con Marinés queríamos hacer el taller pero, entre que Marinés tenía que volver al Bed & Breakfast de Meke a buscar su valija porque esa noche se volvía a Mendoza, y entre que yo quería ir a buscar más abrigo porque nos habían hecho asustar (Alejandro, obviamente, jajaja. Mentira, Alejandro, todo bien) con que a la noche teníamos el cierre del festival en un Centro Cultural (re bonito: el Centro Cultural Villa Dolores), que quedaba un poquito más lejos y que “AHÍ HACÍA MÁS FRÍO”, llegamos finalmente al taller cuando ya estaba por la mitad. Pero vimos la segunda mitad y estuvo bueno. Estaba lleno de gente (que no era necesariamente los poetas o el público del Festival, o sí), y Esteban nos mostró re contento cómo le había quedado su primer cuaderno. 

Otras y otros poetas catamarqueños que pude escuchar de a ratitos fueron: Rosario Andrada, el ya nombrado Jorge Tula (que también ya lo había conocido en Poetas del Norte Entero hacía un par de años en Santiago), Reynamora Azul, cuyo verdadero nombre es Patricia Álvarez (que igual después la escuché a la noche en el cierre del festival y me gustó mucho la propuesta perfomática “de raíz”, por decirlo así, que hizo), Hilda García, Graciela Pernasetti, Giovanni Feruglio e Isabel Ruiz.

Digamos que, al fin de cuentas, y de una forma u otra, pude escuchar a la mayoría de los y las poetas, ya sea en la inauguración, en las respectivas mesas o en el cierre del festival. Estuvo bueno eso.

NUEVE

Re lindo el cierre del Festival: me encantó la mini función con organillo que dio Oscar, en la sala teatral de su Centro Cultural de Villa Dolores, y me encantó el recital de Pía y Francisco: con lectura de poemas y canciones acompañadas con la guitarra. Me emocionó un montón. Se me caían las lágrimas, en serio. Muy lindo estuvo eso. También me gustó mucho verlo a Víctor conduciendo el evento de cierre, como pez en el agua del mundo del espectáculo artístico. ¡Genio siempre y en todo Víctor!  

Y la ultimísima parte fue muy hermosa: fui la última en dejar la casa de Meke, al día siguiente del cierre Festival (charlamos un buen rato ahí durante el desayuno, divina Meke), y después me fui caminando unos metros nuevamente a la casa de Celina y Alejandro, mochila y valijita con libros acarriando, donde también estaba Vicente Muleiro, que tenía el pasaje de vuelta para las seis de la tarde (el mío era a las dos y cuarto, una cosa así). Así que nos invitaron a almorzar locro con queso. Una tradición de su casa ponerle queso abajo al locrito: quedaba muy rico. Hablamos un poco de literatura con línea de humor, que es tan difícil de encontrar, nos hicimos más amigos con Vicente, que me cayó re bien también, nos sacamos una selfie con el locro. Después de comer Alejandro y Vicente tocaron un ratito la guitarra, Celina cantó, yo me quedé muda sin decir que yo también cantaba o que me gustaba cantar (¡ah! Varias veces Vicente, durante el Festival, me cantó pedacitos de coplas jujeñas cuando me veía aparecer jajaja. Muy genio realmente Vicente, me encantó conocerlo). 

DIEZ

¡Gracias por todos los libros que me regalaron e intercambiamos!

ONCE

Bueno, y muchas más anécdotas y momentos. Graciosos, profundos, lindos, conmovedores, reveladores (sí, algunos momentos fueron reveladores), raros también, etc., como en todo lugar donde se junta un par de días a convivir todo el tiempo un grupo grande de gente exótica como nosotros: la gente poeta, jaja.

Saludé a Alejandro y a Vicente en la terminal (me acercaron hasta ahí, amablemente), mandé la valijita con libros a la bodega, me subí al colectivo y emprendí la despedida por la ventanilla, del hermoso Festival del Norte Natural y de la bonita -y, puedo agregar, misteriosa- ciudad de San Fernando del Valle de Catamarca. Tranquila y sanada. Con una mini ruedita de auto tatuada en el empeine del pie derecho (que después, poco a poco, se fue desvaneciendo).

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