Por Jimena Sivila Soza |
Los ojos
Escribo la historia de todos los días. Hoy es el día número once desde que papá está en terapia intensiva. Voy camino a la clínica, me siento amplificada y sensible, con una corteza fina que apenas cubre.
Leo un mensaje de Mateo, mi hermano: “Está con apertura ocular”. “Con respecto a ayer, mejoró”. Prendo la radio y busco música para cruzar el puente San Martín. Miro el atardecer en las montañas, son días de sol y viento norte. El aire que a veces falta entra al fondo de todo. Respiro y sonrío. Mi papá tiene los ojos abiertos.
Anoche, durante la vigilia, prendí una vela pidiendo por la salud de papá. Tenía una corazonada. Nos despedimos con Chili, mi hermana, convencidas de que teníamos que concentrarnos en mandar energías para que abriera los ojos. Cambiar el vaso de agua de abajo de la cama y dejarla correr para que su cuerpo se limpie. Me dijo: “Los problemas renales se relacionan con miedos y situaciones del pasado que no se pueden dejar atrás”. Entonces decreté que mi cuerpo sería un escudo que enfrentaría el pasado perturbador sin importar las emociones ni las contradicciones.
Pensé en los ojos de papá. Antes me detenía en el detalle de su respiración. Está ahí, respira, respira profundo como una bocanada. Su tórax se agranda. Y ahora sus ojos.
¿Cómo mirarán sus ojos?
Una amiga, que sabe de estas cosas, me envió un mensaje: “Decile todas tus emociones, tomalo como un ritual para darle energía”. Hace once días que la vida es un ritual. El tiempo está marcado y todo lo que somos está mediado por el horario de visitas a la terapia. El tiempo retumba con suspenso. Tengo temor a la posible llamada. Nos cuidamos y escribimos mensajes antes de llamar. Caminamos juntos por las calles del centro, de ida y de vuelta. Pasamos de a uno. Escribimos el parte para comunicar a los amigos y familiares. ¿Cómo lo viste? ¿Tenía los ojos abiertos? ¿Te reconoció?
Un chiste
Era el primer día de internación en una habitación del Sanatorio Norte, por un cuadro de neumonía. Ese día, más temprano, lo ayudé a desayunar un té con tostada y mermelada. Estaba molesto. Horacio, mi compañero, le instaló un televisor para que viera el partido de Argentina e Inglaterra junto a mamá. El gol de Inglaterra fue a las 17:15hs. La llamada desesperada de mamá fue a las 17:24hs. Lloraba asustada y describía cada detalle de la descompensación que sufrió papá. Yo sostenía a mamá por teléfono mientras el auto pasaba los semáforos en rojo a toda velocidad. La calle estaba quieta: “Lo llevan a terapia, está mal… se va papá se va…”. “Mamá, tranquilízate, agarrá la mano de papá, que te mire, y decile que estás ahí, que estás con él.”
En la clínica se mezclaron las angustias, las palabras de los médicos y la alegría del primer y segundo gol de Argentina. De repente, aparecieron personas que miraban el partido en un pequeño televisor colgado en la sala. Yo también me acerqué a celebrar los goles. Euforia, abrazos y la salida repentina de Orlando, que corrió hacia nosotros: “Lo estabilizaron”. Orlando, un médico muy amigo de papá, que siempre al referirse a él le dice “El Maestro”.
Qué chiste, qué ocurrencia y qué ganas de llamar la atención Lalo. Como dice Javier, mi hermano: “Si no quería ver el partido después del gol de los ingleses… hubiese avisado”.
Mi abuela materna murió durante el mundial del `78. La enterraron el día que Argentina ganó la copa. Pienso en el chiste de la vida… ¿dos veces lo mismo? ¡Abuela, no nos hagas chistes! La abuela amaba a papá, me dice su hija, mi madre. Orlando tampoco pudo ver en el partido de Argentina e Inglaterra del `86, estaba de guardia e ingresó un hombre apuñalado. Me hizo un gesto con el dedo sobre su pecho que no comprendí.
Mientras esperábamos para ingresar, las redes sociales compartían una imagen de una bandera que decía “Las Malvinas son Argentinas”. Le muestro a Raquel, mi hermana: “Debe ser IA”, me dice. Claro, llegamos a un punto donde no sabemos si es real la realidad. Si lo que vemos es lo que vemos. Si necesitamos profundamente inventar una ilusión.
Mirando con los ojos fijos, como quién mira un estereograma, entré a la terapia, lo reconocí de lejos. Le conté que le habíamos ganado a los ingleses y que los jugadores abrieron una bandera, le conté la ilusión. Le importó mucho, pero estaba molesto, inquieto. Esa actitud fue un anticipo de realidad. El primero de varios días. Estaba molesto porque sabía que a este partido no lo jugaría como médico.
Volver a donde comenzó todo
Tengo una foto en la que estamos en Mar del Plata papá, mamá y yo, de 3 meses. Fue un 8 de febrero de 1977. Esta foto me acompañó los días de dolor. Está en el altar con la virgen Morenita y Evita. Prendí velas verdes y sahumerios todos los días.
“Volver al principio”, eso te dije en una de las visitas a la terapia. Que vuelvas a Mar del Plata, junto a mí y a mamá. En ese comienzo de todo. Que vuelvas a caminar el recorrido desde allí, hasta acá. Que te detengas en cada uno de esos momentos con nosotros.
Cuando veo la foto pienso que lo único que no cambió desde entonces son nuestras miradas. Cuando te veo en la terapia, a pesar de que los médicos nos dijeron que estás grave, y aún sabiendo que a lo mejor sean nuestros últimos momentos, nuestras miradas siguen estando allí. Entonces, regresó al comienzo de todo y me detengo aquí, junto a vos, y te pido que regreses allí. Es que te veo joven. Me veo niña. Nos veo en el mar. No creo en ese tiempo que aleja o muere. Creo en este posible final, un final donde el tiempo vuelve al inicio. Porque allí estoy ahora. En la certeza amorosa de haber nacido junto a vos papá.
Soy también dolor sostenida en tus brazos y en los de mamá. Te sostengo, papá. Te tengo en mis brazos ahora. Me resisto a tu partida, por eso empiezo de nuevo. Vuelvo una y otra vez a ese 8 de febrero de 1977, tenemos malla, sombrero tejido, tengo el ceño fruncido, tus pies y los de mamá se mojan en el agua salada. Nos miramos como siempre. Qué belleza la foto en medio del dolor.
De repente, surgen otras fotos en mi memoria: un ritmo infantil, tu voz en un tarareo, yo sentada sobre tu pierna. Ese mismo ritmo que ahora llevo sobre tu pierna con golpecitos de mis manos. Quiero llevarte allí, que me encuentres allí. Te veo llegar a la noche, con un abrigo de invierno, te veo dar golpecitos con la mano sobre el bolsillo. Nos veo también a nosotros, yendo a tu encuentro, reconociendo la señal, nos traías algo: maní calentito en cucurucho de papel, o chocolate.
Encrucijada
Hoy es 2 de agosto y mi papá tiene una nueva infección, dicen que era algo esperable por los días de internación. Siempre nos recuerdan que es un paciente crítico. Otra vez, ese hueco doloroso en el pecho, como un frío seco. Otra vez, esa necesidad de agarrarme de algo porque me marea el abismo de pensar: pensar que puede sufrir, que puede no estar, pensar en la tristeza de mi mamá y de mis hermanos. Caminamos todos los días junto a mamá, dándonos ánimos, convencidas de que papá la va a pelear. Caminamos por las calles nocturnas en busca de un kiosko donde tengan agua tónica sin azúcar. Hoy papá empeoró, eso dice Orlando. Esta mañana, temprano, me levanté feliz, porque soñé que entraba a la clínica y mi papá estaba sentado, desayunando y sonriendo. En el sueño hice que grabara un audio saludando a mis hermanos y a Orlando.
Hoy papá intentó levantarse. Movía su cuello y su cabeza con intención de levantarse: ¿Quería sentarse? Según mamá, quería irse con nosotros, quiere que lo llevemos. Y nosotros también queremos llevarte, al lugar al que pertenecés. Te dije que pienses en cosas lindas, que tu mente tiene que estar tranquila: pensá en Mar del Plata, en las ballenas, pensá en el nuevo departamento junto a mamá, en ir a La Plata a visitar a mis hermanos. Tantas cosas bonitas quedan todavía por vivir. Te di un beso. Y vos querés decirme algo… pero no hay palabras. Necesito poder comprenderte. Cada vez que termina el horario de visita, me dedico a intentar comprenderte, hasta la próxima visita, como si todo lo que estuviera pasando fuera una encrucijada. Creo que mi padre nos está dando señales, como si se tratara de un rompecabezas o de un acertijo. Parte de nuestra relación fueron los acertijos. Nos traía juegos, que no sé de dónde los sacaba. Seguro de alguno de esos vendedores que suelen estar en los edificios públicos. Mi habilidad era resolverlos. Creo que todo lo que está pasando es un gran juego de ingenio que tenemos que resolver. No sé si será el acertijo más difícil de mi vida, porque la vida es larga… Pero sí es el más difícil que me tocó hasta ahora. Quiero resolverlo y llevarte con nosotros, papá. Espero mañana soñar de nuevo y levantarme feliz. Deseo que mañana las noticias se calmen y nos den esperanza.
Los amuletos
Una mañana, el chofer del DIDI, me comentó que viajó a Aguas Blancas, con su novia y vendieron casi todo lo que trajeron. Que con el auto gana un millón y medio de pesos y que está 12 horas por día. Que su novia también trabaja, pero que no les alcanza, por eso compraban para revender. Estaba entusiasmado, pero me aclaró: “No tengo hijos”, dándome a entender que la economía cerraba porque no tenían hijos. Y continuamos conversando sobre la falta de trabajo, especialmente para los jóvenes. Le pedí que me dejara en la esquina, cerca de la clínica, que iba a ver a mi papá, que hacía dos semanas estaba en terapia. “¿Sos creyente?”, me preguntó. Con seguridad le dije: “Sí, soy creyente”. Dudaba de que estuviéramos hablando de lo mismo; mientras me convencía a mí misma de que sí, soy creyente. Creo, creo y confío. Tampoco me importó coincidir en la fe. Me miró de perfil y me entregó una cruz de madera: “Para tu papá, dásela a tu papá, está bendecida. Esta cruz ayudó a mi papá” . Me emocioné, le agradecí la cruz bendecida por la Virgen de Punta Corral.
Agua, velas, cruz, sanación en secreto, cinta colorada, rituales, sahumerios, infusiones, masajes, limpias, meditación, oraciones, numerología, agua florida, pachamama. La Negrita Cabana, es amiga de papá y nuestra guía espiritual para comprender y armonizar con las velas, con el agua, con la tierra. Con sus palabras y su orientación, me siento fuerte: “La energía está sostenida en el fueguito que nos transmite tu padre”, me dijo.
Recuerdo la primera vez que vi llorar a mi papá. Entré a la casa, la puerta del baño estaba abierta y pude ver que mi papá se afeitaba. Miré el espejo, y vi sus ojos con lágrimas. Junto a mi mamá fueron a la Virgen de Agua Chica, hicieron un corazón y pidieron por la salud de mi hermana. Luego fueron varias veces para agradecer. Mi papá también creía, confiaba, supo que había algo más. Alguna vez me habló del misterio. Que hubo veces que sucedió algo con los pacientes que él no pudo responder o comprender como médico. En estos días en terapia el camino no es una línea recta, va zigzagueando: un paso para adelante, uno para atrás, para un costado, para el otro. Pero el fuego, la llama de las velas, sigue ardiendo fuerte. En el misterio tengo la certeza espiritual de que papá está sanando.
La familia médica
Hay palabras que aparecieron, palabras médicas que no estaban en mi vocabulario. Detrás de esos partes médicos comencé a notar que hay una familia médica que también está afectada por la salud de papá. El equipo de salud está estremecido porque él es uno de ellos. Francisco intentó hablarnos como médico, pero estaba conmovido, le descubrí la angustia en su mirada. Un médico nos dijo: “En terapia lo conocemos todos, porque cuando se complicaba algo, alguien decía: llamen a Sivila.” Pero Sivila Soza es ahora el paciente. ¿Qué haría mi papá? Yo recuerdo que papá decía que no había un cuerpo igual a otro, por eso estudiaba mucho. Porque el estudio le daba margen para interpretar ese cuerpo. Él iba hasta el final, él llegaba a un punto en que, a veces, el paciente daba vuelta la situación. Le dije a los médicos que vayan hasta el final, que generen las condiciones para que él pueda resolverlo, que le ofrezcan oportunidades.
Recuerdo la preocupación de mi papá cuando se le complicaba un paciente. Entraba a la casa distinto, y mi mamá le preguntaba: “¿Pero se puede salvar?”. A la noche, cuando por alguna razón me levantaba, le pedía desde la cama: “¿Papá me traes un vasito con agua?” Yo sabía que estaba despierto, que estaba leyendo en su atril, que estaba estudiando porque siempre tenía una cirugía complicada al otro día. Lo vi varias veces, muchas noches. A la mañana, él me levantaba para ir al colegio rascándome la planta del pie. En la mesa del living, el libro seguía apoyado sobre el atril. Otras veces, estudiaba mirando videos de cirugías que él mismo había realizado. Nos invitaba a ver esos videos, en blanco y negro. Yo me quedaba a su lado mirando el video, nunca tuve impresión pero me aburría enseguida porque no entendía nada.
La familia médica tiene fotos familiares en los consultorios, fotos con los hijos. En la sala 5, del Hospital Pablo Soria, mi papá tenía, en el escritorio, debajo del vidrio, un montón de fotos de cirugías y de partes del cuerpo. Yo iba seguido a buscarlo a la sala 5. Me gustaba estar allí, caminar por esos pasillos largos, descubrirlo conversando con sus amigos médicos, y tomar una merienda con él, en el bar del hospital. Caminé por los pasillos del hospital buscándolo por la sala 6, por la sala 5, por la guardia, por la zona de quirófanos, por los dormitorios. Me conocían, así que me dejaban caminar y buscarlo.
“Recordá lo que necesita tu padre”, me dijo la médica amiga. Que mi papá, en las terapias, no quería que a él le pasara lo mismo. Que, a veces, la familia pide e insiste. Esas palabras estaban dirigidas a mí, estaban actuando como un espejo: ¿acaso estoy pidiendo demasiado? ¿Acaso lo estoy reteniendo y papá no quiere? ¿Acaso no es así la vida: una tensión permanente entre la necesidad de vivir y no poder, de intentar aferrarnos?
No tengo miedo al dolor, acompañé el dolor de mi pareja que perdió a su papá, y sé que un día, se puede seguir, y que los recuerdos son un gran puente de conversación. Pero creo que papá todavía necesita un poco más de aquí, un par de cosas que él deseaba vivir. Papá eligió tener siete hijos, eligió la multiplicidad de miradas, las disidencias, la particularidad en el todo. Eligió un sistema de muchos. Y pienso en los efectos del dolor. Mi papá es una persona pragmática y en una familia numerosa, el dilema de las partes en el todo, y el todo en las partes, siempre estuvo presente. Estoy convencida de que estamos ante un nuevo dilema, que para mi papá no es un dilema individual, es del todo y de las partes.
Y la misma médica amiga me dijo con una risa: “Tu papá siempre llegaba a la terapia, nos tiraba una bombita, y se iba”. Luego se puso a llorar. Se acomodó, reprimió el llanto, y me dijo: “Me pone mal, no sabía que Carlos estaba tan grave, por favor teneme al tanto.” Papá tiró una bombita en la terapia. Siempre con su humor. Eso dijeron de mi padre: que hacías muchos chistes.
Una enfermera, mientras cambiaba algún suero, me dijo que le costaba ver al doctor así. Que operó en pandemia a su cuñado y lo salvó. Que el doctor siempre aprovechaba cualquier momento para enseñarles algo, sobre drenajes, por ejemplo. Que aún guardaba los dibujos de mi papá. Gabriela, otra enfermera, me dijo con los dientes apretados que papá no se rendía con ninguno de sus pacientes. Le agarró la mano: “Vamos doctor, fuerza”, le dijo. Casi no quiso mirarme, porque no quería que descubriera sus ojos afectados.
Soldado herido
La página 330 o 331 del libro El Fuego y la Palabra, es la página que quedó marcada en la lectura de papá, en el capítulo Chiapas, la Resistencia. Esa hoja plantea temas relacionados a cómo el zapatismo organizó un sistema de salud a partir de la creación de las clínicas zapatistas.
Mi padre hizo la residencia en cirugía general en el hospital Salaberry del Barrio de Mataderos en Buenos Aires. En sus anécdotas nos contó el por qué había decidido hacer la residencia allí: hubo un profesor al que admiraba, me parece que de origen asiático, que le dijo que si quería ser un buen cirujano tenía que ir al Salaberry porque allí había “carne de cañón». Él eligió un hospital de guerra, él quiso ser un médico de guerra en la salud pública. Por esos años, caían muchas personas accidentadas. En ese hospital, un 11 de mayo de 1974 cayó herido el padre Mugica. Ese día, mi papá estuvo allí; le contó a mi hermana que llegó todo baleado, que se atendían a todos sin preguntar demasiado. Hubo otros heridos y otros accidentados, en sus relatos escuetos. Mi mamá conoció a papá cuando era médico de guerra en formación. Eran momentos donde no se preguntaba ni contaba mucho, por eso la Silvia tiene poco registro de lo que sucedía en el hospital.
Nací en 1976, entre las fotos del mar y la historia horrorosa de la dictadura. Un día papá llegó a casa con un libro sobre la Triple A, y se lo dio a mamá. Le dijo algo así como: “Mirá lo que conseguí o te conseguí”, palabras que no llegué a escuchar bien. Me llamó la atención la complicidad entre ellos. Busqué el libro y lo leí de un tirón. Las palabras entraron en mi conciencia, empecé a comprender algunas cosas, y me alejaron de los libros de aventura de la colección Billiken. Así arranqué la secundaria. Podría haberle preguntado a papá sobre los detalles de ese libro durante las horas que pasábamos esperando dentro del auto, en esas colas larguísimas que hacíamos, sobre la Avenida Almirante Brown, para cargar nafta porque al otro día subía todo. No lo hice. Prefería, en cambio, mirarlo amasar pan junto a mamá. Recuerdo el sabor y el color del pan, y nuestras panzas llenas de ese momento. Todavía me faltan muchos pedazos para comprender cómo hicieron mis padres para que seamos felices en momentos de tanta oscuridad. Oscuridad que me levanta de noche cuando no hay luz.
Una oscuridad similar me levantó la otra noche. Me levanté varias veces, inquieta y angustiada. Es el día veinticuatro en la terapia, mi padre tuvo leves mejorías durante la semana.
Estábamos animados. Pero aparecieron esas palabras: tomografía, líquidos, saturación, paliativos. Y los médicos vuelven a decir que no reaccionó. Pero si conmigo sí, yo sé que está ahí, a mí me responde, me mira, se enoja. Ingresé decidida a la terapia a hablar con vos, papá. Estaba molesta. Te recordé que elegiste ser un médico de guerra, que no es casual que tu última lectura sea El fuego y la palabra. Te leí un párrafo de la hoja 331, la que está marcada. Te recordé que sos un guerrero, un luchador. Que tu destino es luchar, que estuviste en el Salaberry, que al padre Mugica lo balearon en la puerta de la parroquia, en su campo de batalla. Que sos un soldado herido y que ya era hora de que regresaras a casa, que tenías una vida esperándote, que dejes un poco a ese médico de guerra y que solo regreses a casa con mamá, a mirar tu cosecha y contemplar. Que podría ser tu nacimiento. Este no es tu final papá, tu final… Hay una vida allí, en los momentos de oscuridad, estamos con las patas en el agua del río Yala, en el dique Las Maderas, o en Mar del Plata. Un fuego, una pava vieja, una sombrilla, olor a ramitas quemándose, la piel salada, los dedos babosos haciendo bolitas de pan para la pesca. Sos un médico de guerra, que supiste llevar el delantal con orgullo por los pasillos de los hospitales y supiste, también, dejarlo de lado para subirnos a un auto a miles de kilómetros lejos de esos pasillos, lejos de la sangre, para solo disfrutarnos y dormir… Cómo te gustaba dormir en la arena, por horas, la moldeabas con tus brazos hasta formar una almohada de arena. Luego te levantabas con tu cuerpo milanesa y caminabas, directo y decidido, hacia el mar. Entrabas con pasos firmes mientras el agua te lavaba y cuando el mar llegaba a la cintura, metías tu cuerpo entero para nadar un largo rato. Te mirábamos desde la orilla tu brazada larga, tu largo nadar de una escollera a la otra, ir y volver. No recuerdo verte salir del agua. Recuerdo jugar y cada tanto buscarte y descubrite allí, nadando largo.
Pachamama
El nueve de agosto, nos reunimos en casa para celebrar la Pachamama. Ofrendamos y agradecimos a la madre tierra recordando las palabras que siempre decía mi padre: “Kusilla, kusilla.” Apareció el colibrí verde, ese que siempre esperabas sentado en la galería. Lo buscabas por las tardes, y cuando llegaba, tu cara se iluminaba. Coincidimos con mi padre en la magia de descubrir las aves. Un día fuimos a caminar por los senderos hasta la laguna de Yala. Nos quedamos maravillados contemplando un pájaro carpintero con los binoculares.
Le ofrecimos a la Pacha api, pastel y chocolate, sus debilidades. Cada vez que viajo a La Quiaca voy al mercado a comer api y pastel. Como cuando la Techi, mi prima, me llevaba de niña con las trenzas simbadas con cintas que la tía Tita peinaba al lado de la piedra de moler. Hace poco, papá fue al café de Horacio con el tío Fernando, su hermano menor. Parecían dos niños con sus apis y sus pasteles en el mercado de La Quiaca. Sí, eran dos niños compartiendo una intimidad que solo ellos comprendían. Qué hermoso ser testigo de verte niño. ¿Adónde te transportabas, papá? A la calle Rivadavia, a los carnavales, al club. A lo mejor te fuiste a un encuentro con el abuelo José, tu papá, otra historia de la que sé poco. Alguna vez balbuceaste que no pudiste salvarlo, que se te murió. Recuerdo que nos contaste que descubriste que querías ser médico: cuando, de niño, te dedicaste, meticulosamente, a salvar a un conejo herido que criaron en el fondo de la casa, junto a otros animales.
Mientras le hacía masajes en el pie, se me quebró una uña. ¿Acaso una señal de que tampoco puedo salvarlo? Cuando ofrecí coca a la Pachamama, una hoja se quedó pegada en mi mano de la uña quebrada. La miré, miré la hoja, y se la ofrecí nuevamente a la Pacha: “Querida Pacha, es tu hijo, te pido que hagas lo que te parezca mejor para mi papá, yo te agradezco que lo ayudes. Lo que sea mejor para él. Gracias”. Al finalizar la ceremonia sonó el celular de mamá. Carla y Raquel, mis hermanas, se fueron con ella a un costado, porque les pedí que no lloren frente a la Pacha. Las miraba desde lejos, mis hermanas mantenían un espacio de aire, a un metro de mamá. Y dijeron eso, eso que a veces nos resistimos a escuchar. Raquel me dijo: “La Pacha ya decidió.”
Fuimos a verte esa tarde, tus ojos estaban cerrados. Te dije al oído: “Hola papá, soy Jimena, tu hija. Sos un soldado herido, estás luchando esta batalla, papá… ¿Sabías que te quiero? ¿Vos me querés?” Mientras te hacía masajes en los pies, tus ojos se abrieron. Qué felicidad que otra vez pude estar ahí, que pudimos mirarnos. Me sentí en plenitud. Te acaricié la cabeza: “Papá, quiero que me cuentes la historia de Mugica, vos sos un soldado herido como Mugica. Papá, regresá al 8 de febrero de 1977, a Mar del Plata. Papá, gracias por hacerme feliz, ¿cómo hiciste para hacerme feliz en medio de una dictadura horrorosa?. Quiero que me sigas contando historias”. Entonces, observé que tu pie se movía de nuevo y tu mano derecha también, una vez más, como cada día. Queriendo demostrar que estabas allí, que seguías intentándolo, que no me preocupe. Te agarré la mano: “Papá, sabés que estoy con vos y vos conmigo, ¿sabías que estaremos juntos, siempre? Siempre vamos a estar con vos, papá. Pensá en cosas bonitas, papá, en tus siete guerreros, yo soy una guerrera y mis hermanos también. Nos hiciste tan felices, papá. ¿Sabías que estoy escribiendo sobre vos? Todas las noches, al salir de terapia llego a casa y escribo sobre vos. Quiero que estés allí. ¿Vas a estar, papá?”
Los médicos dicen que es posible que ya no comprenda. Pero yo creo otra cosa. Sé que cada palabra que le digo es fuego, un fuego que lo abraza y lo cuida. Que fueron esas palabras y esas respuestas las que armaron un puente para que sigamos juntos, siempre. Qué orgullo papá, hasta en el momento más difícil, así de herido, continuaste entregando señales, me seguiste sosteniendo, hasta el final siendo mi papá. Como esas noches que me levantaba con miedo a la muerte y caminaba hasta la habitación de mis padres. Parada, al lado de la cama, les decía que no quería que se mueran. Entonces, me hacían espacio en la cama para calmar mi angustia, hasta que me quedara dormida.
Lunes
El lunes 10 de agosto, a las 21:10hs, falleció mi papá. Se fue rodeado de nosotros, con nuestras palabras y caricias. Fuimos escudo de amor y fuego.
Al entrar a verlo, un rato antes, supe que se estaba yendo. Horacio le cantó esa canción que cantaban juntos. Yo continué con el ritual de masajes en los pies, en las manos, para que supiera que estaba allí. Y le dije: “Hola soldado herido, soy tu hija, la que te molesta. Estoy con Mateo, estamos todos. ¿Sabías que te amamos? Pensá en los momentos de felicidad con nosotros. Pensá en cada paciente que salvaste, que curaste. En esos días de pesca con tus amigos. Volvé con nosotros al mar, al río. ¿Me vas a venir a visitar? Como quieras papá, como un colibrí, en un sueño, o así, como sos, no tengo miedo de volver a verte. Visitame. Te voy a estar esperando”.
Falleció un lunes. Los lunes eran los días de guardia en el hospital. Le dije: “Por fin podés ponerte el ambo, el guardapolvo blanco y regresar a tu querido hospital. Cuidanos, papá.” Estuve veintiséis días acompañándolo en la batalla, quizás más difícil, la de tener que dejarnos por un tiempo. Mi padre me dejó ver sus lados rotos. Todos tenemos algo pendiente, alguna traición, algún enojo, algún remordimiento. Todos tenemos, también, momentos donde fuimos felices.

Trabajadora y militante cultural. Licenciada en Teatro por la UNT. Docente en el Profesorado de Teatro de Jujuy. Fue Representante de Jujuy, del NOA y Secretaria General del Instituto Nacional del Teatro (2015-2023). Escribió y dirigió obras de teatro: A la memoria… (2004), Delantal de Casamiento (2007), El Estado de la neutra (2009), Que te trae que te lleva (2012); Abstract de identidad (2014).



