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Héctor Tizón: la poética renovadora de un paisaje agreste

Por Adrían Ferrero |

Creo que no tienen demasiado caso las fechas. Salvo sí decir que Héctor Tizón vivió, revivió (porque fue un hombre de la buena memoria) y escribió sus libros a lo largo de buena  parte del siglo XX y los del XXI, asistiendo a todas sus convulsiones. En lo relativo a este punto, ello lo condujo a realizar intervenciones públicas. Fue un hombre que pese a andar mundo tanto por motivos de estudio, políticos (el exilio), profesionales y personales, jamás pudo irse del todo de su Puna jujeña. Que la amó profundamente. Que la narró (lo que en este caso vale por celebrarla). Y que entiendo que una notable parte de su vida y de sus libros fueron escritos allí, donde tenía una casa (de esas que uno suele tener por las dudas quiera regresar sin irse del todo) precisamente porque de ese espectáculo necesitaba para empaparse del aire del que iba a hacerse cargo su prosa. Que conquistó un lugar en nuestra literatura nacional a fuerza de talento, de técnicas novedosas, pero sin efectismos, narrando lo agreste, y de ficciones que también dan cuenta de la violencia, la indigencia, el patronazgo y la explotación. Un paisaje yermo, modesto en sus costumbres tanto como en la de su economía. Que Tizón conoció el amor de una mujer que, como subraya en la dedicatoria de su último libro, Memorial de la Puna (2012), fue “el amor de su vida”, Flora Guzmán, Dra. en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Y que tuvo hijos que no me caben dudas se han de haber sentido orgullosos de un padre que fue un hombre justo y honesto, virtuoso en el arte de la narrar (de seguro a ellos también a su debido tiempo) y de una ética que aspiró a proyectar de modo potente en el orden mismo de la ficción para que impactara en el universo referencial. Esto es: estuvo muy atento a la construcción dinámica que supone la arquitectura de una poética con el objeto de producir un determinado efecto en el mundo.

No fue un hombre público ni presuntuoso sino de hábitos austeros. Su mirada estuvo dirigida en dos direcciones: con un ojo contemplaba de modo exigente y estudioso su arte, atento a madurarlo con disciplina y el conocimiento de su Historia y, con el otro, era un gran indignado contra las opresiones, las injusticias, la corrupción, el latrocinio, el imperialismo que reinan (o habían reinado en momentos más exasperados que otros de la Historia) en el mundo. Por otro lado, puedo adivinar su sonrisa en privado al asistir a la fatuidad grandilocuente de ciertos colegas o incluso de algunos críticos literarios pero a manejar esa información al mismo tiempo con la discreción de un hombre con modales. Asimismo, no con la sonrisa del malicioso, sino del lúcido que discierne la verdad o la autenticidad de la impostura.

Este puñado de atributos, que dibujo fugazmente lo  hago a partir de sus libros y de algunas anécdotas a las que accedí por testimonios bibliográficos o de conocidos que los narraban, jamás del trato con él. Porque no lo frecuenté más que en una incidental y casual conversación en una Feria del Libro en Buenos Aires, pero que sin embargo fue reveladora. Todas permiten trazar el contorno y las facciones de un rostro que, pese a que los lustros avanzaran sobre su cuerpo, seguía tan pendiente de su oficio y de su integridad como de los avatares mundiales. Esto es: no  perdía su lozanía. Y jamás lo vi asistir a las fiestas de la frivolidad o la obsecuencia de capillas literarias. Tampoco a sumarse a modas efímeras. Ni a seguir de modo oportunista a nadie ni a nada. Fue, ante todo, un hombre clásico que, tarea curiosa, desempeñó cargos diplomáticos, además de su profesión de abogado y luego Juez de su Provincia. Hay anécdotas interesantes y hasta risueñas al respecto contadas por él mismo o por terceros.

Dio a la cultura literaria argentina una serie de libros de incuestionable trascendencia para entender tanto la conflictividad de la realidad nacional como la condición humana (aun defiendo esta noción; no la considero anticuada, en particular por motivos éticos, que eran los que desvelaban a Tizón en sus intervenciones tanto públicas como en su poética). También para esclarecer atributos de la sociedad de nuestro país, sus antagonismos, sus violencias y su Historia. Su prosa es tersa, se deja leer con cortesía y es engañosamente simple. Encubre una complejidad su escritura, de ritmo, de reconstrucción de ciertas voces (que pocas veces son urbanas) en la que se puede percibir una terminación fina y una sutileza propias de los grandes prosistas. También se vislumbra una profunda atención a la escucha. Desmanteló el realismo ramplón y sencillista, en un sentido difícil: antes debió echar por tierra el modelo mimético (según sus propios términos, que no fueron los de otras poéticas) y supo, a cambio, elaborar una ficción que acudió a formas excepcionales de las zonas no centralizadas de nuestro país. Problematizó la noción de centro y literatura “del interior” en el corpus de una literatura nacional, sobre todo con preguntas. Inquietando a la comunidad letrada. En efecto, se formulaba Tizón y las formulaba al campo literario argentino tan sólo con sus novelas y cuentos. Veamos algunas: ¿cuál es el centro? ¿debe haberlo? ¿quién determina, en tal caso, cuál es o debería serlo? ¿habitar en ese supuesto “interior” (con tantos matices en un país como Argentina, de Ushuaia a Misiones) supone escribir de una manera homogénea? ¿no existen singularidades en esas geografías según los distintos proyectos creadores? ¿por qué habría de suponer privilegios estéticos el no estar alojado un autor en ese centro metropolitano? Me parece que estas cuestiones perfilan también a un hombre cuestionador pero no resentido. Era demasiado sabio para eso. También una realización personal no solo en el plano literario que hacía innecesarias las emociones rencorosas, que también siempre son destructivas.

No lo veo a gusto en las metrópolis, sino torpe en los subtes o acaso molesto por los atolladeros de autos. Me lo imagino, eso sí, brillando en medio del silencio de un paisaje al aire libre, jugando con sus hijos, a la sombra de la fronda de un árbol. Pero siempre con vocación de combate. En el primero de sus Cuentos completos, Agustín, el protagonista dice:

“-Muchas veces pensé en volver, hasta decidirme. Pensaba que había que mirar esto de nuevo. Quisiera morirme aquí-dijo Agustín al final”. Y es que uno tiene la cabal sensación, que deviene al leerlo a menudo convicción, de que Tizón imperiosamente necesitaba reconocer, es decir, de volver a ver, de volver a vivir, de volver a frecuentar personas todo ello traducido en experiencias por las que había atravesado en su Jujuy originaria pese a haber andado mundo (como dije). Y que habían afectado su historia como escritor pero también como persona singular en primer término.

Una vez una escritora inteligente y que estimo me dijo en una conversación privada de él que era “un gentleman”. Habían compartido la responsabilidad de ser jurados de un concurso literario y así se le habían revelado su personalidad y sus modales. Para quienes lo conocieron no tengo la menor duda de que así ha de haberse manifestado en sus formas de dirigirse al semejante porque así lo es su poética también desde la noción de sujeto que maneja en ellas. Hay en Tizón, como en pocos, una total congruencia  entre su modo de ser, de pensar y de hacer (no solo de escribir). Ante todo una persona honesta, coherente y horada. Conviene, en un ejercicio interesante, trazar una lectura de su poética que brinda una cierta clase de experiencia, (y no otra) con la de sus ensayos y ponerlos en diálogo. Esa infinita riqueza permite lograr la completitud del modo en que hacen sistema ideas o pensamiento abstracto con sentido elaborado de la narración. Lo que no significa que se trate de una narrativa hermética. Tampoco de una narrativa ingenua o que se deje tentar por el simplismo.

En una literatura como la argentina, más bien reacia a estimar los contenidos encarnados en personajes virtuosos por considerarlos parábolas pedagógicas, edificantes o contemplar el mundo natural (probablemente por atribuirle propiedades bucólicas y pobres en inspiración para argumentos), Tizón demostró de modo elocuente todo lo contrario. Encontró e investigó en él, reelaborando ese resultado en sus conflictos, privados y sociales, en sus paradojas y en sus contradicciones. También fue su punto de partida para la invención y su escenografía, lo que no es poco en una patria que suele invisibilizar cuando no ser peyorativa con esos espacios como si se tratara de una toponimia cuyo panorama consiste en mero exotismo o un trasfondo de folklore, carente de toda posible relevancia o revelación estéticas significativas. En tal sentido, Tizón restituye al paisaje pueblerino y rural la marca de la excelencia estética. Lo vuelve esencialmente interesante.

De su poética guardo un recuerdo espléndido, pero no esclarecido ni de estudioso, porque si bien he leído casi todos sus libros, evoco con precisión este último que publicó que ya mencioné y de otro, de artículos y ensayos, No es  posible callar (2004), que siempre tengo a la mano porque son de tal contundencia de argumentos, tan irreprochables sus premisas teóricas (no necesariamente puestas de manifiesto) que adoptan la forma de un rugido. El resto es un riquísimo cúmulo de momentos felices (lo que no es sinónimo de apacibles o gratos; Tizón, como dije, narra también la suerte de los desdichados, la infamia y la mentira) que son al mismo tiempo inconfundibles. Se distinguen incuestionablemente de los ensayos de otros autores. Atentos a desentrañar poéticas ajenas o asuntos vinculados a la escritura, sus procesos o su relación con la socicocultura, entre otros temas posibles.

Como el universo de Juan Rulfo (pero con varias palabras más, esto es, más prolífico en particular, y con otras modulaciones) el universo de Tizón es parco y carente de hojarasca. Quiero decir: sin su excesivo laconismo pero con los mismos principios que alentaron a ambos. La conflictividad del orden de lo real está metaforizada en esas narraciones de modo impecable. Bajo ningún punto de vista moralizada. Pero al mismo tiempo Tizón sí está interesado (y lo desvela) el sentido de la ética. De modo que más que pontificar, muestra un estado de cosas. Ese estado de cosas denota una realidad, pinta un friso, producto de los cuales se desprende una noción de la ética y de una crítica hacia el statu quo cultural en un sentido amplio. Estos elementos condensan la silueta de un hombre humilde que se jugaba entero en sus textos con vocación de pronunciar palabras primordiales, perturbadoras y valientes. Jamás se traicionó. Fue, si bien de modo no tan nítido o evidente, un escritor incómodo. Dijo cosas que pocos se atrevían a siquiera a murmurar y menos aún  otros estaban dispuestos a escuchar, en un ejercicio de negación o cobardía encubiertas francamente alarmantes.

Estudió Derecho en la Universidad Nacional de La Plata, circunstancia que no pareciera estar en consonancia con su vocación de escritor. Pero sí lo está con la principal para él: la reflexión y puesta en acción del ejercicio de la ética.

Y quien suele estar pendiente del amor de sus hijos, del de su mujer, al de su pago (me gusta esa palabra para Tizón) suele estarlo también al semejante, tanto en los dramas privados como en los de orden social, rasgo particularmente relevante en su poética, sobre todo habitando una provincia pobre en la que no se deciden las cosas del mundo. Es más, ni tan siquiera decisiones de la nación. Donde no cunde el federalismo, un narrador tiene materia de sobra para encontrar, más que nunca, motivos de sobra como escritor para ser justo, neutralizar la centralización cultural, desenmascararla en sus libros con elocuencia. Pero sin necesidad de acudir a un discurso que aspira a cobrarse una revancha de la que se puede perfectamente prescindir.

Procedimientos y técnicas literarios que sin ser revolucionarios fueron novedosos para las poéticas argentinas de la época, originalidad en sus fábulas, alojados en un paisaje, un terruño y una población sin demasiadas primicias. Me parecen la mejor definición de un hombre al que se le pueden formular muy escasos reproches. Su prosa vino de modo renovador a innovar en una literatura cautiva de un regionalismo mimético que no se ponía jamás en cuestión a sí mismo. Eso que, precisamente, es lo que Tizón hace todo el tiempo: se interrogó acerca de los modos de narrar. La invención de Tizón trae un discurso literario necesario que radicalmente cambia por irradiación la noción con que se contempla tanto desde esa zona como desde la metrópoli el Noroeste. Su poética fue una bocanada de aire puro.

Puede ser una confesión pueril, acaso sentimental y no sé si él en su sobriedad proverbial aprobaría que la evocara, que la convocara a estas páginas en momento en los que ha cundido el cinismo. Pero recuerdo el día siguiente particularmente conmovedor al que falleció y vi su imagen en una fotografía en un diario liberal que no apruebo que le prestó poco espacio (como era de esperar). Apenas un pequeño recuadro. Parecía su obituario más que la  evocación de la personalidad que él había sido. La de un patán que llega al poder y conquista una cierta veneración: “el traidor venerado”, como condensa uno de sus títulos. Al atardecer yo iba a un encuentro egoísta, probablemente una reunión social. Y aún hoy, puedo evocar el sollozo que experimenté por su pérdida en el taxi en el que viajaba. Con la pena de un duelo que para remediar tan solo podría acudir a sus libros. Cuando regresé a mi casa, sobrevino un silencio difícilmente olvidable. Su muerte significó no sólo una ausencia inmensa para la cultura literaria argentina, sino la mundial y, también, la pérdida de un alma alerta a la inmoralidad en un país que suele dejarla pasar por alto. Tizón fue indoblegable. Narró los atropellos del poder, la miseria de algunos hombres, junto con la infamia, como dije. Pero por supuesto estos tres núcleos estaban puestos en directa correlación. Eran un trípode que interactuaba con reciprocidad. No se trataba de núcleos independientes. Narró algunas historias de amor. La soledad de ciertos hombres o mujeres. El desamor. Las tribulaciones políticas también de algunas zonas del  país según lo dictan algunos capítulos de la Historia, en particular las del Noroeste (pero no exclusivamente). La falta de lo elemental para una subsistencia, lo que conduce a la desesperación, a la angustia producto de la falta. Y entre ese territorio yermo, en el cual la vida parecía no prometer noticias, Tizón conquistó el lugar de una poética que abrió sendas para quien tenga la gracia, la fortuna del descubrimiento de su prosa resplandeciente. Para quien regrese a ellos y se reencuentre con una poética que resiste el paso del tiempo porque me atrevería a afirmar que es de una contundencia indestructible. Tizón es a esta altura un clásico contemporáneo argentino. Disimulado. Pero un clásico contemporáneo nacional. Lo distingue quien sea capaz de aprender de él las lecciones que uno les hurta a los grandes maestros, luego de haberlos leído tanto, que ya no distingue si le son propias o eran de aquel a quien han dejado de pertenecerle.

Me gustaría cerrar estas líneas evocativas, eso sí, con la mención de las distinciones recibidos por Héctor Tizón. Obtuvo los Premios Konex de brillante, “Consagración Nacional” Academia de Letras, “Gran Premio de Honor” de la Sociedad Argentina de Escritores y Premio Fondo Nacional de las Artes. Fue Declarado Ciudadano Ilustre y recibió una medalla por su trayectoria. ​En Francia fue condecorado como Caballero de la Orden de las Artes y las Letras y también en Francia el Prix des Deux Oceans, por su novela Luz de las crueles provincias.

4 respuestas a “Héctor Tizón: la poética renovadora de un paisaje agreste”

  1. Susana Noé dice:

    Excelente articulo. Lo felicito por mostrar un auténtico Hector Tizón y acercar alos lectores la obra creativa de unGrande

    • Adrián Ferrero dice:

      Muchas gracias, Susana. Tizón sigue. ¿no es cierto? Cordial saludo
      Adrián

  2. Daniel dice:

    Maravilloso Tizón y gracias por su sensibilidad.

    • Adrián Ferrero dice:

      Muchas grcias,estimado Daniel. Un atento saludo
      Adrián Ferrero

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