Por Lucas Cosci |
Esta vez es La Brasa. No podría ser de otro modo. La instalación que da bienvenida a la 15ª Feria del Libro de Santiago del Estero, es un árbol en cuyos gajos cuelgan pequeños libros a manera de frutos. El árbol sostiene con sus ramas la edición facsimilar de los nueve números de La Brasa. Son cien años. Había que generar alusiones e ilusiones. Lo demás replica los juegos de las ferias anteriores. Una destacada presencia de editores y figuras del noroeste, también del resto del país. Presentaciones, recitales poéticos, talleres, charlas y atracciones varias para todas las edades. Novedades: una nueva estética en el diseño, espectáculos de masas como los shows de mapping y de drones, tecnología desplegada en las alturas (nos gusta siempre mirar el cielo) y un lema sugestivo: Identidad escrita, cultura viva.
Un lema es una invitación a pensar. ¿A qué pensamiento nos transporta este lema? Si bien no podemos adivinar los sentidos que han alentado su origen, sí podemos dejarnos interpelar mediante el ejercicio de desimplicar sentidos posibles para pensar el evento. Que en sí mismo es una fiesta, una celebración, una ceremonia.
El lema invita a pensar la relación identidad-libros. Los libros, ¿son dispositivos de construcción identitaria?
Pero además el lema propone cultura viva. Es decir, que la vida de una comunidad estaría vinculada a esa relación indentitaria implícita en los libros.
La identidad de los pueblos es un efecto discursivo que se construye narrativamente. En esa construcción, los libros juegan su ronda. Son portadores de narrativas –en el más amplio sentido– acerca de quiénes somos y de cómo nos pensamos, organizan nuestros sentidos alrededor.
Si hablamos de identidad, no es en términos de una estructura rígida, inmutable, esencial. Hablamos de constelaciones históricas, dinámicas, que se configuran a partir de discursos, que pueden ser orales, pero que sobre todo que anidan entre los pliegues de la escritura.

La identidad no es un fósil de yacimiento. Es permanente construcción. Movimiento. Reinvención. Todos los autores que escriben y publican en este momento, y cuyos libros forman los paneles de esta feria, son los albañiles de ese gran andamio de la obra del edificio cultural-identitario. La palabra obra en español significa tanto un producto acabado como el proceso de su construcción. Toda obra es movimiento. Esa es la vida de la cultura.
El mundo del libro es un sedimento de incidencias. La cultura de una nación se basa en parte en sus obras literarias, en libros que reunifican un sentido común siempre en movimiento. En cierto modo, somos escritos por nuestros libros. Como un tatuaje expansivo, llevamos escrituras grabadas en los cuerpos. Lo que hemos leído, lo que hemos escrito y lo que se dice de lo que hemos escrito y leído.
¿Cuáles y cuántos son los libros en que se funda nuestra tradición, nuestra historia, nuestra forma de pensarnos a nosotros mismos?
Los libros son células rebeldes, resisten todo intento de unificación, generan por sí mismos diversidad. La riqueza del libro está en esa diversidad que lo desborda.
En este sentido, la 15ª Feria del Libro es un evento que funciona como un estallido de derroteros: opciones de vida, mundos posibles, conocimientos: de las cosas, de los otros, de nosotros mismos. Un despliegue de símbolos para pensarnos, individual y colectivamente, en el que subyacen grandes apuestas narrativas.
El libro es cultura viva. Cimiento. Mundo. Trama de supuestos. A pesar del enjambre de voces y sonidos que constituyen nuestra tradición, vivimos en una Galaxia Gutemberg, en un gran conglomerado de letra impresa o digital que nos constituye.
El libro como dispositivo de la cultura existe desde hace miles de años, en sus versiones pre y post gutembergianas. Lo cual no significa que sea una reliquia arqueológica o una pieza de museo. Por el contrario, Identidad escrita se autocompleta como cultura viva. La coma que separa los términos implica un vínculo condicional. Es una forma retórica de generar una invitación, una provocación. Cultura viva significa producción, creación, generación. Siempre contingente, siempre amenazada. La cultura es viva, pero podría no serlo. La muerte es siempre una amenaza.
La opinión pública se representa la producción de libros como una gran industria. En buena parte lo es. Están los grandes sellos dominantes, que en buena parte establecen nuestros horizontes de lectura. Pero en estas ferias de provincias se visibiliza una gran producción artesanal, a pequeña escala, selectiva: los editores independientes. Ahí está la mayor diversidad. La industria cultural promueve la circulación de la mercancía a gran escala, a expensas de la diversidad y la originalidad. Los sellos editoriales independientes son las grandes apuestas de rescate de propuestas originales, innovadoras; las apuestas que rompen moldes. Afortunadamente, en Santiago y en todo el Noroeste, ha crecido en los últimos años el número y diversidad de editores. Son un gran tejido. Se han organizado, tienen sus redes, funcionan como un organismo vivo. Y ese tejido se hace visible en las ferias. Alguna vez dije que el Norte del país se autodespliega como una red de conexiones materiales y simbólicas en un circuito propio, que prescinde de la mediación centralizada. Esta feria lo ratifica.

Estamos en una fiesta, la fiesta de los libros. Una fiesta en la que circula cultura en estado de ebullición, latiente. Es un contexto favorable que contribuye al desarrollo de nuestros proyectos más genuinos y nos autoafirma desde nuestro enclave geocultural en las profundidades del interior.
Vivimos tiempos de devastación. En el contexto de la actualidad no hay espacio casi para la germinación de la vida. La cultura nacional ha sido mutilada a fuerza de motosierra. El cimbronazo nos sacude. La muerte es siempre una amenaza. El árbol de La Brasa se la banca, firme, en medio de un tornado arrasador. Celebremos que todavía queden espacios para respirar. Son refugios de resistencia.

Vive en la provincia de Santiago del Estero. Es doctor en Filosofía por La Universidad Nacional de Córdoba. Docente e investigador en la UNSE y en la UNT. Autor de libros de ficción, entre los que se encuentran Faustino (novela, 2011), La memoria del viento (cuentos, 2012), 1958, estación Gombrowicz (novela, 2015), Ciudad sin Sombras (Novela, 2018); y del ensayo El telar de la Trama. Orestes Di Lullo, narrativa e identidad (2015). Es autor del blog El cuaderno de Asterión, en línea desde el año 2009, donde publica artículos literarios y de actualidad política




Luego de haber participado em la feria, me quedo gratamente impresionado por el sano compromiso de las autoridades de la provincia con la cultura nacional federal.