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La música anda balbuceando

Por Jorge Atar Balocco|

¿Qué es el jazz? ¿Una música muy compleja, algo etéreo y delicioso, el primer producto de la industria cultural en globalizarse, el tío abuelo del trap, la gloria de un Estados Unidos igualitario y no-racista, un género musical nomás entre tantos otros?

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“Jazz hot” le suelen decir a toda la primer etapa del jazz, desarrollada al principio en Nueva Orleans y después extendido a otras ciudades: sensual, bailable, y picadito como un D´Arienzo. Pero, dice un historiador, “el jazz hot, que el público asociaba con los alocados años veinte, fue víctima del clima de desánimo y los problemas de dinero de los años de la depresión. Al empezar el decenio de 1930 el gusto del público se alejó de lo rápido y ruidoso para acercarse al territorio de los sueños”[1]. Y este nuevo estilo somnoliento desató una reacción: apasionados grupos de jóvenes blancos y de clase media empezaron a manifestar que el jazz no era sólo música, “sino también un símbolo y una causa”. Lo que buscaban era un revival, un renacer de la tradición de Nueva Orleans, la pura, la hermosa, la única música de jazz verdadera.

Este movimiento de jóvenes blancos se pretende anti racista porque otorga carta de ciudadanía al jazz específicamente negro, legitimando a la población afrodescendiente como productora de cultura nacional (y ese es el símbolo y la causa del revival). Pero a pesar de las intenciones, aquí la cuestión: esa legitimidad implica situarnos en la Nación, sellarla con estrellas y bandas, desvincular a esta población de su historia de esclavitud y colonialismo, es decir desvincularla de su africanidad, cortar lazos con lo no-occidental.

Entonces, dos operaciones complementarias: legitimar y desvincular. Esa es la “geopolítica de la producción artística”, un patrón que organiza qué culturas se encuentran en condiciones de producir obras de arte y qué culturas no. De ahí la necesidad de localizar al jazz como fenómeno estadounidense despojándolo de sus relaciones con otras culturas, saberes y territorios. Queda erigida, de este modo, una historia del jazz que mira desde Nueva Orleans hacia adelante.

Y esto no es lejano ni nos es ajeno, es parte de nuestro mundo Moderno/Colonial[2], que desde la Conquista y gracias a ella viene imponiendo una clasificación racial/étnica de la población del mundo. Pienso ahora en la humita y en el locro, dos comidas indígenas apropiadas por el relato nacional como tradicionales de nuestra Patria, que la identifican, pero castradas de su origen plurinacional ‒dos operaciones complementarias: legitimar y desvincular‒.

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En el año 2000 Jorge Accame, escritor y docente en San Salvador de Jujuy, publica la novela Concierto de jazz. El relato transcurre durante la asistencia de Marcelo, narrador protagonista, a un concierto en un teatro. Llega, se sienta en una butaca y ahí empieza la historia. ¿Qué es lo que es el jazz que escucha Marcelo? Hay dos cuestiones en su horizonte: una, el espacio y tiempo netamente africano que intercepta esporádicamente el relato, en el que los músicos se convierten en cazadores en la selva conectados a la luna; otra, el dolor/sufrimiento como constitutivo del jazz, pero no un dolor conceptual o fruto del recuerdo melancólico, más bien un sufrimiento que se experimenta y que por lo tanto involucra al cuerpo. “Ahora el negro del saxo hace su presentación y es un negro que sufre cada nota, como debe ser el jazz”, sentencia Marcelo. Lo que está en el medio de las cacerías en África y el sufrimiento de los músicos es la experiencia histórica de la colonización y esclavización, «el huracán del Progreso».

La novela de Accame responde a la geopolítica Moderno/Colonial que localiza al jazz como un fenómeno ligado a lo nacional yanki, la trasciende, le desdibuja los puntos de referencia que otorgan legitimidad al jazz, le desdibuja los vestigios culturales que lo constituyen. Se trata de la disputa por la dirección en que se van a disparar genealogías, ecos, memorias: Marcelo se enfrenta en el teatro con las ruinas de la Modernidad.

Pero atención, también él es una ruina, un resto, y junto a Marina forma parte de una generación que el mismo texto nombra como huérfana, una de las tantas ruinas que quedaron tras la última dictadura cívico-militar argentina. Así es la historia de Marcelo: carta del padre a la Junta Militar y su desaparición forzada dos días después, posteriores amenazas a Marcelo, su necesidad de migrar por pequeños pueblos en busca de refugio y, finalmente, el regreso y la indemnización por ser familiar de desaparecido que establece la Ley 24.411 de 1994. Así la de Marina: desaparición forzada del padre y la madre, a lo que se suma ser violada esa misma noche por el grupo parapolicial que efectúa el secuestro. Cuando ella le cuenta ese suceso, Marcelo responde: “podríamos haber sido hermanos”. Esta vez se trata de «el huracán del Proceso», del cual emerge, como ruina, la condición que les iguala.

En el telón de fondo, las alusiones se proyectan a destiempo, sincopadas, se disparan desde la escena cerrada del teatro, a través de la historia de los personajes, hasta la historia social, política y cultural, historia de la que el jazz oculta sus balbuceos:

“El jazz se escurre y yo lo miro bajar. Si uno acerca el oído a la orilla, puede escuchar sus balbuceos. Si uno lo toca con la punta de los dedos, puede rasgarle la piel. Si uno sigue su curso imprevisible, como los patos dormidos que desaparecen bajo la oscuridad del puente, puede comprender nuestra historia”.


[1] – Lo dice Eric Hobsbawm en “El caruso del jazz”, un capítulo de su libro Gente poco corriente. Resistencia, rebelión y jazz.

[2] – Moderno y Colonial son dos caras de la misma moneda, por eso van unidas con una barra: no hay modernidad sin colonialidad; mientras más intentamos “modernizarnos” más reforzamos nuestro ser coloniales.

Una respuesta a “La música anda balbuceando”

  1. Viviana Balocco dice:

    Excelente explicación de lo que significa el jazz.
    Felicitaciones!!!!

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