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El pajar bajo la Luna

Por Lucas Cosci |

Fotografía: Martín Taddei

Tucuman-Santiago no es solo el anuncio en una ventanilla de La Unión o de Urquiza en la terminal de ómnibus; servicio que suelo tomar a veces, cuando vuelvo de mis clases los días viernes. Tucumán-Santiago es otro viaje, una constelación muy compleja de proximidades y lejanías, que se propagan y se contraen. Tucuman-Santiago es para mi, además, un registro biográfico, porque voy y vengo casi todas las semanas, y una parte de mi vida se ha ido por ese camino.

En una hipótesis callejera, siempre he dicho que Tucumán era al mismo tiempo demasiado diferente y demasiado igual a Santiago. Tan parecido, justamente, que las diferencias se acrecientan de manera desmesurada, se vuelven irrefutables.

Por ejemplo. Cuando camino por el bajo tucumano me parece que ando en Santiago por la zona del pasaje Castro y el Mercado Armonía. Tal cual. Y la experiencia humana también. Veo los mismos pasajes, las mismas ofertas, la misma gente. Cuerpos sin mediaciones, distancias achicadas al mango (ni hablar de la pandemia), mercancía al acecho por doquier como una cascada de fetiches. Un caos hermoso, bello, demencial, que se reparte igual entre las dos ciudades vecinas. Las vistas, los sonidos, los olores y hasta los sabores (con excepción, claro, de la empanada, que abre una polémica que no me interesa alentar, por ahora,  y menos en este lugar). Todo es igual. Pero sigo caminando apenas algunas cuadras, muy pocas, por Avellaneda y ya estoy entonces lejos, muy lejos, en Rosario o en Cordoba, o incluso en alguna ciudad europea. En pocas cuadras pasamos a otro planeta, más todavía si le pegamos al fondo por Mate de Luna. (A todo esto, ¿alguna vez han pensado los tucumanos lo poético de ese nombre? Seguro que sí. Pero no creo que despierte el mismo asombro que a nosotros, los forasteros. Porque si escuchamos ese nombre desde chiquitos, nos exponemos a naturalizar las evocaciones surrealistas que pujan por ahí. Menos mal que en Santiago ninguna calle se llama así y entonces tenemos un oído virgen para dejarnos traspasar por el deleite de esos ecos. Me pregunto, ¿Cuántos poetas vivirán en esa avenida? ¿Diez? ¿Veinte? ¿Ninguno? Habría que hacer un censo y formular alguna hipótesis al respecto).

Andar en Tucumán para un santiagueño es una experiencia de familiaridad y extrañeza. Lo mismo, con el lenguaje. Las construcciones sintácticas de los hablantes tucumanos no cambian en mayor medida de la de los santiagueños, con excepción de algunas licencias en el habla popular, incluso la presencia de quichuismos y otras expresiones regionales. Pero de solo escuchar esa tonada inconfundible, ya sabemos que viene del otro lado del límite oeste de la provincia. Hay una acústica que está a mucho más distancia que los kilómetros que separan una ciudad de otra. Y esa acústica quiera que no, en un momento se vuelve literatura. 

¿Se puede extrapolar esta experiencia de familiaridad y extrañeza al campo literario? Puede ser, aunque prefiero arriesgar que en este terreno se acentúan las diferencias.

En principio cualquiera se sentiría tentado de establecer conexiónes no del todo felices: la zafra en la literatura tucumana y el obraje en la santiagueña, el movimiento La Carpa y el movimiento La Brasa, algunos nombres del canon homologables de ambos lados y otras cosas así, que vuelven el campo propicio a la identificación del falsas correspondencias.

Pero no.

Cuando leo a los escritores de Tucumán, siento que es otra cosa. Hay otra acústica y hay otra forma de nombrar el mundo. No es la literatura doméstica, vernácula, o susurrante que se escribe en mi provincia.  Tampoco es la literatura ubicua y abstracta de Buenos Aires. Es como una literatura parda, overa, mestiza. Los escritores y poetas tucumanos no quieren ser tucumanos, pero sin siquiera darse cuenta la luna de Yupanqui se les cuela entre sus voces. Para colmo sin querer. O peor, en contra de sí mismos, como una fatalidad casi Borgeana. O mejor lo decimos con Cesar Vallejo: “Tanta vida y jamas me falla la tonada”.  Eso es lo que pasa, no pueden sacarse la tonada. Por eso uno tiene la impresión de que los escritores de Tucumán están siempre como en pelea consigo mismos. Porque la tonada que no falla convive con una voluntad cosmopolita que quiere torcerla. Hay un acto de negación que se superpone a una afirmación sin riendas, que viene desde un momento previo a la conciencia intelectual, una afirmación que viene desde el suelo urbano, vallisto o zafrero, desde un horizonte simbólico en retirada pero todavía presente, con voz, con incidencia,  con rigor de destino. Y entonces es una lucha, pero una lucha cuya tensión genera belleza.

No querer ser lo que somos, es una hermosa manera de serlo. Quizás porque trasunta una épica de la sedición en la que los escritores del Jardín de la República se sienten cómodos.

Conozco autores notables de Tucuman, dentro y fuera del canon. Para no ser injusto con los olvidos, dejo los nombres pendientes. Están subidos a un colectivo que está siempre a punto de partir y que no arranca, no arranca. O se van por el mundo pero se llevan la tonada como un lastre identitario que quisieran borrar de un plumazo, pero no pueden. 

Para terminar, una anécdota, Me encontraba comiendo una pizza con David Lagmanovich en una oportunidad que nos visitó en Santiago, hace ya muchos años, y le pregunté por la poesía tucumana. Me dijo que había muchos poetas, pero pocos con proyecto poético propio. Y yo pensaba que si decimos eso de Tucuman, qué nos queda para Santiago. Su juicio era lapidario y sustentado en un férreo conocimiento.

Después me quedé pensando en sus palabras, y le di la razón a medias. Solo a medias. No es que había pocos, el problema es que muchos, que sí tienen un proyecto propio, se habían vuelto invisibles.

Y creo que en eso sí hay una trágica coincidencia. Las dos tradiciones literarias tienen demasiados nombres en sus filas, como si escribir fuera una patente qué hay que portar. Y eso hace que cierta literatura de carácter excepcional no canonizada -que la hay, me consta-, se vuelva aguja en un pajar.

Hay agujas, si. Muchas, no todo es paja. Pero están hundidas en una montaña de heno. A lo mejor haya que esperar la luz de la luna para ver su brillo.

2 respuestas a “El pajar bajo la Luna”

  1. Javier Freixas dice:

    Hermosas imágenes, belleza reflexiva. Un placer, como siempre, viajar desde la «ubicua y abstracta» Buenos Aires, a Tucumán y a Santiago del Estero, aun cuando sea a través de la lectura de una crónica filosófica y poética. Un disfrute, como siempre, viajar a través de un nuevo texto del gran Lucas Cosci.

  2. Maxi T dice:

    Excelente reflexión, siempre pienso en la ventaja de aquellos santiagueros, salteños, jujeños y catamarqueños que por diferentes razones vienen a Tucumán. Se me ocurre que esa posibilidad de experimentar esa cercanía, parecido y a la vez diferencia es una ventaja. Pará contrastar tal vez, para conversar o para discutir..de hecho tengo ganas de conocer Santiago.

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