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ISSN 2684-0626

 

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Leer en la habitación azul es incómodo: paseo por “El dibujante y el caracol» en “NO DEL TODO”

Por Valentín Cantón |

¿Te acompaño o querés recorrer solo?  me pregunta el escritor cuando entro a su muestra colaborativa con artistas visuales faltando una hora para cerrar las puertas de este espacio llamado CONSULTORIO. Cuando entro después de haber sentido la atracción fugaz de la curiosidad al pasar en plena siesta encima de la moto, por este local vidriado y transparente con dos ambientes separados por una pared. Uno de los ambientes era azul, y el otro creo que blanco con algunos objetos colgados en la pared. No recuerdo bien, iba rápido, solo vi lo que permitió mi veloz y brusca nuca que puede torcerse hacia un costado para chusmiar y luego volver al frente, con la atención puesta en lo que debería esquivar, es decir autos, colectivos y otras cosas que siempre se cruzan. Hay una fugaz imagen que, si quedó, pegada en mi memoria, o al menos recuerdo un chico sentado al fondo de la habitación blanca (supongamos), en un sillón individual verde, tenía mochos frondosos y algo de canas. Miraba hacia arriba, con todo su cuerpo en dirección al techo y el pensamiento. Entonces quise bajarme urgente de la moto e ir corriendo a ver qué pasaba allí dentro. Pero esperé, porque aún tenía pasajeros que llevar en la moto.

Son las ocho de la noche, terminé de trabajar. Ingreso al lugar, todo sigue en la misma posición desde la siesta en que lo vi fugaz y violentamente. Ingreso y dejo de alucinar, someto a este espacio llamado Consultorio antes mis ojos. Ahora si, el varón lánguido y espeso, con pelusas blancas en la mente, se acerca, saluda y me pregunta ¿te acompaño o querés recorrer solo? evitando responder a su pregunta le hago una nueva: ¿qué son estos cuadros? Estamos en la habitación blanca 4×4, tres cuadros de un lado de la pared horizontal y otros tres al frente. Y sin responder a mi pregunta comienza a abrir la boca: bueno, este ciclo se llama “no del todo” y lo dirige Hernán Lucero, a él le interesa hacer curadurías de lectura, entonces invita a un escritor o escritora y a un o una artista visual para trabajar y montar algo juntxs. Damos vueltas por la habitación en silencio mientras suena Dirty projectors de fondo. En los cuadros hay distintos objetos: miniaturas, sillas, mesas, relojes, conchas de mar, y siempre están acompañados por dibujos, ah, esos los hace Churrichimi me dice el escritor. Avanzamos hasta un cuadro en el que hay una mesa colgante y un bob esponja sentado con un crayón en la mano como si estuviera dibujando. ¿Y estos dibujos porque los hizo chimichurri? le pregunto. Se ríe y me muestra su dentadura completa, jaja es churrichimi. Él hizo estos dibujos a partir de escenas de mi libro, porque en este ciclo estoy presentando partes de mi libro, mirá acá tengo una plaqueta, y al toque ya me quiere vender cosas, ¡cómo son los escritores che! Conversamos un poco sobre lo que está escribiendo, y volvemos a conversar sobre la propuesta del cuadro. Marisa le mandó a chat gpt como podíamos hacer una muestra con lo que veníamos pensando y nos tiró todas ideas re malas, entonces decidimos hacerlas igual, como para mostrar lo absurda que puede ser la IA. Me quedo unos minutos en silencio, me hago el de ver el cuadro, pero en realidad estoy pensando con los ojos para adentro. La IA es un receptáculo algorítmico de información, toda lo que tiene son datos que alguna vez tuvimos nosotros, pero el punto creacionista para salir de esta “caja negra” (como llama César Aira a las nuevas tecnologías de las cuales no sabemos cómo están compuestas, sino que solo sabemos de su respuesta a partir de nuestro input). Estoy ante el acto “no-creativo” de chupar ideas de la web y convertirlas en objeto estético, quizás la puesta en escena del arte hoy sea desarmar por entero al lenguaje y volver a armarlo con una nueva premisa. Estoy ante la absurdez chat-gpt y me entusiasma vergonzosamente el hecho de ver la tontería de la IA, cuando sé que ella está compuesta de información humana. Soy yo el absurdo, y quizás esta es una muestra de que podríamos ver tantas cosas absurdas en una exposición y no saber de antemano que la creatividad es una falacia. Lo que opera en este cuadro es el “genio no original” planteado por Perloff, estamos antes un matorral de información, la insistencia está en recopilar y dejar al descubierto el proceso al que nos sometemos y del cual partimos.

Sigamos. Pasaron unos cuantos minutos desde que estoy mirando un cuadro de dos conchas de mar culiando, tuerzo la cabeza y tengo al escritor a mi izquierda, lo miro y coincidimos en que ese es el que más nos gusta.

Pasamos a la sala del lado derecho. Mientras lo hacemos miro hacia atrás y me percato de que todo está a la vista desde afuera, me siento en una vidriera, expuesto. Pasan personas y miran hacia adentro, algunas se detienen en la puerta, pero no entran. Otras señalan partes de la sala mientras sacan fotos con el celular, pero nadie entra. Es un espacio íntimo pero observado, un artefacto explícito, verosímil. Todxs lo pueden ver, pero nadie quiere ingresar.

La habitación es azul y encandila mis ojos. Estamos en el medio de la sala y un caracol nos persigue y choca nuestros pies. El escritor se ríe de nuevo: no te asustes jajaja, ese caracol lo hice yo, y lo montamos en una aspiradora robot.  El caracol con su caparazón amarillo esta encima de una plataforma negra y circular. Además, lleva puesto un banderín, es una hoja en blanco. Estorba y nos golpea, pero pega medio giro y se va hacia una esquina de la sala a buscar una pelusa que la veo desde acá. Vuelvo a levantar la vista y la habitación está repleta de frases. Ninguna lineal, sino superpuestas, parabólicas, y algunas hasta atraviesan el marco de una ventana. Leerlas es un acto incómodo. Algunas se ven y otras no, dependen de la graduación de luz que se proyecte sobre las letras que quiero. Usamos goma arábiga para jugar con lo traslúcido, me cuenta el escritor mientras sigo torciendo mi cuerpo de izquierda a derecha, imaginando que el caracol-robot paso por la pared y dejó babosas las palabras. Piso cada una de las baldosas de la habitación con la intención de poder terminar de leer al menos una frase. Nunca tuve tanta dificultad en leer unas palabras escritas en la pared.

“No sé, pero mirá qué lindo aquel pajarito de plumas violetas, no lo dejes ir, andá a buscarlo y a mí dejame tranquilo, yo cualquier cosa te llamo…”.

“Por eso, la mirada autorizada para esta misión no era otra sino la del eterno apogeo de su sabiduría”.

“Con la libertad flameante de su cuerpo cargado de ocurrencia, escribiría.”.

Leo tres frases seguidas, que son parte del libro que está escribiendo el escritor. Cada una ocupa las cuatro paredes de la sala, es un recorrido 360 el que tuve que hacer para leerlas. El escritor me cuenta que siempre estuvo cerca de las artes visuales, mi primer taller de escritura lo di en galería RUSIA, cuando estaba en barrio sur ¿viste? me di cuenta de esto cuando Juan se acercó en la inauguración el viernes y me preguntó ¿qué onda vos con las artes visuales? Y ahí hicimos un recorrido por las cosas en las que estuve. Y si, hace muchos años que estoy metido.

Mientras el escritor me cuenta que entre varios pintaron las frases y lo divertido que fue hacerlo, yo estoy pensando, nuevamente, en el paso de la sala anterior con cuadros repletos de objetos y dibujos propuestos por IA. Pensando en el paso de la absurdez a la intimidad plena. Estoy ante las palabras exhibidas, nos rodean. Este ciclo se propuso llevar a cabo una aproximación de lo que se debe sentir el escribir un libro, entonces la experiencia lectora cambia. Es un acto no-creativo, este de utilizar lo ya escrito para disponerlo de una nueva manera y desde allí condicionar la experiencia. Acercarse a las palabras se siente como olvidar la razón, se siente como un riesgo incoherente. Me encantaría tener una habitación así, le digo al escritor.

Sigo torciendo mi nuca y girando el cuerpo por esta sala azul repleta de palabras, hablamos de que en San Miguel de Tucumán nos encontramos en el inminente vínculo entre las artes visuales y la literatura, nunca antes visto. Coincidimos en el orgullo por ello y el entusiasmo de que existan más propuestas así.

“¿De verdad querés saber lo que sabés o sólo estás apurado por resolver un conflicto creativo?, le preguntó al caracol la voz de su miedo interior.”

Esta frase era la única centrada en la sala, en el medio de la pared izquierda. La leo y se siente como una cachetada sorpresiva. Plaf!. La miramos al mismo tiempo y nos quedamos unos minutos ahí, en la misma posición, con los ojos al frente, mirando las palabras, sintiendo el miedo que transmiten tenerlas tan cerca y siendo difíciles de entenderlas. ¿Te consideras escritor? le pregunto a quien me acompaña en el recorrido, prefiero que me llamen caracol, lo dice con un suspiro. Mirá el reloj y abre los ojos impresionado: uyy! se hizo re tarde ya, son las diez, uhh vámonos ya, le respondo. Apagamos las luces de Consultorio. Lo ayudo a colocar la reja en la puerta del vidrio exterior y le ofrezco llevarlo en la moto hasta su departamento. Acepta, entonces buscamos la moto estacionada en la cuadra anterior y pasamos nuevamente por Consultorio pero a mayor velocidad, torcemos la cabeza al mismo tiempo para ver lo encandilante del color azul que sale de la sala de palabras, pienso, en ese minúsculo instante que las palabras sirven para salvar las cosas del caos, pienso y giramos nuevamente la cabeza hacia el frente para prestar atención y esquivar todas las cosas que se puedan cruzar delante nuestro.


El dibujante y el caracol en NO DEL TODO. Episodio N°3.

Curaduría: Marisa Rossini

Artistas expositores: Fabricio Jiménez Osorio y Luciano Mónaco

Idea y producción del ciclo: Hernán Ruy Lucero y Eugenia Bulacios Zamora

Espacio: Consultorio | San Lorenzo 634 (SMT)

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