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ISSN 2684-0626

 

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Nacer y morir es un trabajo en soledad: entrevista a Mónica Cazón, acerca de su poemario más reciente «El desorden que dejaste» (Ediciones del Dock, 2026)

Por Mario Flores |

Sangría. Ese espacio en blanco (ese hiato de tiempo al inicio del verso) que está al comienzo del lado izquierdo. Sólo con ese vacío (porque se trata de la escritura de un vacío o que rodea a la idea del vacío palabra) alcanza para que circule el aire entre las idas y vueltas de un extenso poema. En esta entrevista Mónica Cazón utiliza el término “pergamino” y no es casual, ya que la lectura es una suerte de desenrollamiento que, a la vez, cuenta y desentraña. La literatura, que es un constante diálogo con los muertos -con los muertos otros-, será guía práctica para esta escritura que convive con la indeseada de las gentes. Lejos de tratarse de una larga elegía unipersonal, hay que diferenciar la operación del lenguaje en esta pérdida. Pérdida que no acusa una escritura de descarga emocional sino la vivisección de un vivir. No es diario íntimo ni discurso motivacional para deudos, tampoco carta de despedida ni nota necrológica. Justamente hoy, en la literalidad contemporánea que tiende cada vez más exigirle a lo literario que se ocupe de lo «terapéutico», moral o motivacional, lo ético o las desesperaciones digitales del yo, El desorden que dejaste hace oído sordo al ruido que cunde fuera del trance. A modo de gran poema de “la herida en el discurso”, el texto narra el dolor y cómo hace carne, pero también logra atisbar que “el mundo que sigue acabándose / pero continúa”.

Comienzo por el principio, en el prólogo de Paula Vinderman, donde se apunta una idea crucial a la hora de leer poesía: «no estamos, afortunadamente, ante una muestra de poesía catártica», dice. ¿De qué nos valemos para leer -y escribir- poesía sobre algo tan fundamental como la pérdida de la muerte? 

Los griegos creían que una representación dramática a través del teatro producía una liberación de emociones que conducía a la sanación. En la psicología la catarsis es, justamente, el proceso de liberar emociones intensas o reprimidas, al traer recuerdos traumáticos y conflictos inconscientes. Su etimología griega kátharsis (κάθαρσις) significa purificación o limpieza. Realizo una modesta aclaración para entrar en el tema. ¿Por qué no sería catarsis en este u otros casos donde la temática es íntima y hasta privada? Por la mediación que hace el arte. El arte, en este caso la poesía, a través de su lírica, metáforas y otros recursos, convierte la experiencia en un texto inútil para la supuesta “sanación” (algo que en charlas previas con Vinderman, hizo que pudiese comprenderlo). ¿De qué nos valemos para leer y escribir sobre temas universales como la existencia, la vida, la muerte, la enfermedad? Nos valemos de la lectura, el raciocinio, la imaginación y la experiencia. De ninguna manera, en este caso, produjo un restablecimiento emocional, tampoco fue ese el propósito al escribirlo. Leemos a Sylvia Plath utilizando la ironía y el sarcasmo al hablar de la muerte, o a Luis García Montero, marido de Almudena Grandes, de otra manera, dado el caso: Todo cambia, pero nos quedan los recuerdos. Se levantarán edificios, se asfaltarán los arrabales, se urbanizarán los descampados, pero recordarás siempre la geografía de este verano…

En «El desorden que dejaste» el texto se compone por 63 poemas, todos muy breves o, para ser inexacto pero acorde a lo que ocurre cuando su secuencia se plasma, un sólo poema largo que ha elegido estructurarse así. ¿Cómo se trama esta serie de versos que de un lado nombran y cuentan, pero por el otro diseccionan un pensar lo vivo y lo muerto? Todo en minúscula y prescindiendo de signos de puntuación, es también una decisión estética que impele a lo que se encuentra en «la velocidad que no mengua», ¿cómo ha sido leerlo en voz alta en presentaciones? 

El libro se compone de un poema que gira alrededor de un tema que desencadenan otras reflexiones. Por una cuestión de imprenta (no podía editarse como un pergamino), encontramos la forma al dividirlo en fragmentos. Aparentemente cada fragmento funciona como una unidad, pero no lo es. Por eso los signos de puntuación escasean o son inexistentes. La cadencia (ritmo, velocidad o frecuencia) la marca cada verso. Entiendo que leer de corrido puede resultar una dificultad, me pasó con la lectura de László Krasznahorkai, con un estilo literario que utiliza oraciones larguísimas, párrafos extensos y flujos de conciencia sin apenas pausas o puntos, pero este no es el caso. Leerlo en voz alta, como autora, es sencillo. Una vez que el libro se libera de mis manos y pertenece al lector, habría que preguntárselo a ellos.         

Sobre la edición, la fotografía de portada es de Paula María Cazón, tu hija. Trabajar entre familiares, ¿qué particularidades presenta a la hora de concretar un proyecto artístico? La nebulosidad de la imagen logra representar el limbo o trance sin visibilidad que se erige en esta escritura de la pérdida. ¿Qué puede recuperarse a través del ojo de la cámara, y cómo se escribe visualmente aquello que transcurre pero en palabras? 

El diseño de portada de cualquier libro es vital porque funciona como la carta de presentación y el primer gancho visual que capta la atención del lector, vislumbra la naturaleza de la obra y moviliza el mercado. El asunto de la tapa surgió porque las editoriales o alguna de ellas, tienen una portada propia, a veces inamovible, asignada a sus colecciones. Fue cuando solicité al editor una excepción que, en este caso, fue concedida. Existe una historia detrás. La foto pertenece al 30 de junio del 2025, cuando nevó en la capital tucumana. Fueron tomadas en Villa Nougués, en un paseo que, en ese momento, no sabía que sería el último. Ante algo que pertenecía a la intimidad familiar, solicité la intervención de la Lic. Cazón. El paisaje de los cerros tucumanos, la nieve, los tonos y el minimalismo en el diseño de interiores, no es casual. Representa la temática del libro y la rotura o quiebre del eje más sólido de un universo particular. No hizo falta agregar nada, son espacios huérfanos, con cicatrices. Como dice uno de los epígrafes del poeta Evgueni Evtushenko: No son hombres que mueren, mueren mundos.La portada es pretenciosa, la idea también fue destacar las raíces, la tierra, el origen. Como las formas más poderosas de conectar con las personas de manera auténtica y memorable.

Hay un verso importantísimo, que dice «La indiferencia es lo usual en medio de este infierno», a la hora de escenificar lo que se vive en los pasillos de contexto clínico. No sólo poetizar sus olores y desinfectantes, sino mencionar esta indolencia que acompaña la desesperación de los hospitales. ¿Cómo has leído esta aproximación entre una literatura que se recrea en los sitios de la muerte, y la literatura que dice ocuparse en «superar» la muerte? 

La obra, de una u otra manera, tiene la capacidad de mostrar la cruda realidad del sistema sanitario sin adornos ni idealizaciones. El libro no romantiza el contexto de hospital, la atención médica, la enfermedad, las diferentes patologías y tratamientos. Al evitar la romantización, el libro expone cómo las políticas de recortes y la falta de presupuesto se traducen directamente en la escasez de recursos, y en una sobrecarga extrema para el personal de salud, en detrimento de la atención a los enfermos. No imagino un espacio de recreación literaria que pretenda a través de la poesía superar la muerte, el poema la atraviesa. La muerte no se supera, se transita, desgarra, rompe, quiebra. Y para quienes acompañan ese momento que, por cierto, pretenden que sea Una muerte muy dulce (Une mort très douce, como bien lo presenta Simone de Beauvoir en su libro). Nacer y morir es un trabajo en soledad. 

¿Dónde creés que este libro se ubica en el mapa que va formando tu obra? ¿Se podría pensar en el marco de un sistema literario de/en este tiempo?

Reitero que, por la mediación que hace el arte,esta no es una obra de descarga emocional. Aunque si así lo fuera, no es algo que me preocupa. Percibo a la literatura como un refugio de máxima libertad conquistada y ejercida lúdicamente, como miembro de toda una generación de escritores, artistas e intelectuales que cree en un mundo culturalmente globalizado.En cuanto a “El desorden que dejaste”, me incomoda ubicar este libro en el sistema literario y en tiempo presente. El tiempo, justamente, nuestro crítico más feroz y fiel, dirá si sobrevive. Sin embargo, siento una recatada evolución respecto a las obras previas y a mi rol en la literatura del Noroeste Argentino. A diferencia de los primeros peldaños en la poesía con Vida rentada (2012) o la prosa poética de El placard de Muriel (2014), o en Las áreas de Brodmann (2022), este libro profundiza en una lírica de la brevedad y la penumbra. La publicación bajo el sello Ediciones del Dock —una editorial de prestigio para la poesía argentina contemporánea— me compromete aún más. Al igual que la opinión de poetas destacadas y la crítica recibida. Estuve muchos años dedicada a la microficción y a la literatura infantil juvenil, donde se concentraron estudios, ensayos, publicaciones, congresos, posgrado y gestión cultural. Concluyo, al respecto de mi obra poética, que tengo una única certeza, en este mundo de incertezas, regresé a mi primera devoción: la poesía. Y espero continuar por ese camino.


Mónica Cazón es escritora, gestora cultural y Especialista en Lectura y Literatura Infantojuvenil. Se desempeña en la UNT. Fundó y coordinó #MicroLee (ensayos), el ciclo de poesía del MUNT “El mundo es decirlo”, y la Asociación Literaria Lagmanovich”. Entre sus libros se encuentran Retazos de mí (De los cuatro vientos, 2008), Vida rentada (La aguja de Buffon, 2012), El placard de Muriel (Alción, 2014), La previa (Asociación Americana de Lectura, 2016), y Las áreas de Brodmann (2022, Abra Pampa Éditions, edición bilingüe español francés).

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