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ISSN 2684-0626

 

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¿En qué lenguaje escribir?: escribir la distancia

Por Lucas Cosci |

Escribir la distancia es franquear la raja de un lenguaje artificial e impuesto por una hegemonía. En nuestro país se habla una policromía de voces diversas desparramadas en el territorio. Sin embargo, desde la industria cultural se promueve la sumisión de las literaturas del interior al lenguaje dominante del puerto o, en su defecto, el extravío en exotismos que redundan en color local.

¿Cómo se escribe la distancia? No me refiero de manera especial a la distancia geográfica, sino más bien a la lejanía lingüística, esa brecha que se abre en los modos de nombrar el mundo que se disputan el territorio.

¿En qué lenguaje escribir, cuando escribimos desde la distancia del interior, desde ese precipitado simbólico, en particular, desde el noroeste profundo?

En el plano lingüístico nuestro territorio se encuentra a años luz de otras regiones, en especial del centro. Se habla con otros verbos, con otros modos, con otro vocabulario, y hasta con estructuras sintácticas diferentes. Pero sobre todo hay un tono de voz que es propio. En Santiago, por ejemplo, es usual y legítimo decir “muy mucho”, una aberración desde la normativa en otros contextos. O decir “mishkila”. O gerundiar al mango.

¿En qué lenguaje escribir, entonces?

Escribir en estas latitudes es atravesar una tensión entre extremos: el lenguaje dominante del centro (porteño-pampeano), que impone su señorío desde los espacios de irradiación cultural y el lenguaje regional exótico de contextos rurales, que es el lugar al que nos confinan cuando decidimos alejarnos del primero. Dos imposiciones que limitan nuestro dinamismo literario. En cualquiera de estos extremos sentimos una extraña incomodidad y extranjería. El habla nuestra de cada día, la que habitan los seres concretos que caminan las calles de nuestras ciudades, no se desplaza por ese andén.

Existe una distancia que media entre aquellas dos puntas y que es difícil de calcular. Es la distancia del hablante real, el que no es estereotipo de nada. El hablante llano de los repliegues del interior. El que está atravesado de modos y tiempos verbales coloniales, el que pone a rodar un léxico distorsionado por el impacto de lenguas originarias, el que vosea, gerundea, y apela a fórmulas orales extravagantes.

El habla nuestra de cada día no es visible, no salta a la vista, porque la llevamos en nuestro pensamiento. Vibra desde pliegues internos. Quizás es audible, pero hay que desarrollar una capacidad de escucha muy refinada para reconocer ese murmullo. Escuchar las hablas. Prestar oídos al murmullo interior y a las voces vecinales. El lenguaje sucede en el plano de los actos invisibles.

El habla de un sujeto promedio de entornos urbanos o semiurbanos no encaja en moldes. Tampoco salta a la vista. ¿Cómo hacer entonces para que salte? ¿Cómo hacerla presente en nuestras páginas? No se trata de un hablante culto o inculto. Lo que importa son los usos y modos lingüísticos que atraviesan el habla, más allá de diferencias sociales y culturales.

Quizás un escritor de oficio no necesite un manual de instrucciones sobre cómo habla el hombre de tal o cual lugar del interior. Es suficiente con un oído atento que le permita reconocer en cada una de sus voces el modo en que un hablante local nombra el mundo. De nuevo, escuchar.

Pero como no todos tenemos ese oído refinado, quizás convenga tener presente algunas constantes de estas latitudes: el uso de los tiempos verbales compuestos, la influencia del quichua, el fraseo formateado por su cadencia, el voseo, el gerundeo, los arcaísmos e hispanismos y todo un vocabulario propio.

Así y todo, se nos escurre lo más propio: la entonación, la sonoridad, las dicciones, y por qué no, las interdicciones. Es lo más arduo. Para eso el escritor tiene que inventar recursos, palabras y grafías que reproduzcan en la escritura las resonancias que fluyen en el torrente de la oralidad. ¿Cómo registrar los arrastres, los énfasis, los acentos, las cadencias y silencios?

Escribir la distancia es encontrar el punto óptimo de nuestras hablas. Es poder reconstruir un mundo de espontaneidades, de giros naturales, de sonidos atávicos y resonancias cotidianas.

Por supuesto que no es una obligación, ni una regla de composición. Es una elección. Pero es determinante para la originalidad de una obra literaria. Escribir con los pies en la tierra; en el suelo que pisamos. El lenguaje tiene una inscripción territorial.

Inscribir la palabra en la distancia es un desafío pendiente. Todavía oscilamos entre aquellos extremos. Algunos lo han logrado. Quizás no muchos. El desafío sigue siendo escuchar.

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