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ISSN 2684-0626

 

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Lxs editorxs traccionamos como representantes de nuestro catálogo: crónica sobre Feria del Libro de Salta

Por Daniel Ocaranza |

Antes de subir al micro me acerco a despachar el equipaje, dos valijas carry on. El tipo que se ocupa de cargar los bultos mira a todos lados, menos a quienes tiene enfrente. Vigila algo que nos acecha y que solo él puede ver. Saca una de las etiquetas de su mano izquierda, me pregunta a dónde voy y rotula el bulto, levanta la primera maleta y en su gesto noto que ahora es consciente del peso de cada una. Me mira, pero no dice nada, sabemos que ese silencio deberá ser proporcional a la propina.

Suelo pensar que voy a perder el viaje. Sea por el medio que sea, prefiero llegar antes, veinte minutos, mínimo. Reviso los bolsillos y paso lista con el tacto: billetera, DNI, celular y encendedor. Caramelos para el camino. Subo la escalera y recapitulo: hace menos de cuarenta y ocho horas regresaba de Santiago del Estero, a donde partí con el mismo objetivo que ahora me mueve más al norte. Podría ser una gira mágica del rock, pero no. Es el nomadismo esporádico en el que nos embarcamos lxs editorxs de los sellos independientes en algunas épocas del año.

Duermo poco, casi nada. Me cuesta hacerlo en los viajes. En algunos tramos llueve y la neblina va y viene. Cuando se despeja, veo las primeras casas, entramos al Portezuelo y ese corredor me lleva a otra época, a una niñez perdida y a esa familia salteña, parte de la mía, que he perdido ya. En breve desembarco y piso el suelo de La Linda.

Desde que Falta Envido tuvo un catálogo “feriable” (una cantidad de títulos que ameritase el despliegue), la Feria del Libro de Salta es un punto en la cartografía que no omitimos. La presencia se ha ramificado y no solo llegamos para montar un stand. Hay encuentros en pausa con autores, otros editores, lectores que vuelven a buscar las novedades del último año y que nos cuentan cómo fue la última lectura. Escribo esto y pienso en el Profe, lector ávido que retorna. Esta vez llegó con otro docente. Nos presentó: “Ellos me proveen del material para las clases, mirá”, le dijo, y levantó uno de nuestros títulos mostrándoselo a su colega. Yo miraba el cuadro y sonreía.

Somos el stand once, uno después del décimo, pero el primero en el orden espacial cuando se ingresa a la feria; enfrente han montado un puesto de agua, hay mesas con sombrillas. La feria es al aire libre, un despliegue de carpas y sectores que se dispersan y que transforman esa esquina en un paseo que se abre en muchas puertas.

Una tarde, en esas franjas de horas muertas que suele haber, conversamos con Pablo Donzelli de todos los temas que se nos vienen a la cabeza. Nos preguntamos y concluímos: es imposible una feria así en Tucumán, no llegamos, no se puede. Es la única provincia del NOA que no tiene una feria del libro estatal que se reconozca como tal (hubo un intento de capitales privados que, con nombre engañoso y aranceles altos, fracasó, supongo que no le cerraron los números); como contrapeso de esa situación somos la provincia con mayor cantidad de sellos independientes no efímeros en existencia y con producción permanente a lo largo del año. Ensayamos respuestas, nos amargamos y pensamos salidas que puedan sostener al sector. Miramos la Feria de Salta, el espacio, la altura del mes, la circulación; nimiedades fundamentales. Pensamos en Tucumán y su cuadro clínico, en las instancias que hay y en como nada de esto es tenido en cuenta. En el medio de la charla le cuento que esa mañana, mientras preparaba el mate para ir al predio, estando con la tv encendida, vi (y no fue la única vez) un comercial de la Feria, algo que para nuestros pagos es utópico, y no en sentido figurado.

Después del almuerzo el polvo se levanta, la gente llega y camina, recorre, entra al stand. Les contamos quienes somos, qué hacemos, hablamos de nuestros autores, de nuestras autoras. Siendo editores traccionamos como representantes de nuestro catálogo, transitamos todo el proceso del libro, desde que nos llega el manuscrito hasta que se va en la mano de un/a lector/a. Uno llega, viene a buscar un libro que compró el año anterior, lo leyó y lo obsequió, quiere tenerlo de nuevo. Secuencia que se repetirá dos veces más; me digo: quiero que todas las ferias sean así.

El último día es como el último round. Estás cansado, pero sabés que ahí hay que darlo todo. Quienes pasaron mirando nomás los primeros días, ahora se definen. Como decía Vladimiro en su síntesis: explicar, explicar, convencer, convencer. La jornada se acaba, la feria se acaba. Somos los últimos en desarmar, siempre, porque no se termina hasta que se termina. Todos han levantado ya sus cosas y encintan las cajas. En ese instante final una lectora se lleva el último libro, y quien dice uno, dice dos, se va otro título en combo. Estamos hechos, pensamos. Se acerca otra, consulta un precio, nos pide las redes, les escribo, dice y se aleja. Ahora sí, se desarma. Valijas sobre la mesa, guardamos en orden y con paciencia. Antes de dar vuelta el cierre y desplegar el telón, quien nos había consultado hace unos minutos entra al stand, la acompaña el padre: lo llevo ya nomás, sentencia. No te vas a arrepentir, es un librazo, le anticipo y sonrío.

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