Por Gabriel Gómez Saavedra |
La luz llega con su fantasma y el poeta, que se permite mirar con atención al adentrarse en la selva cotidiana, se siente un intérprete de las cosas descifrando los signos y símbolos develados. Signos y símbolos que luego trasiega a fórmulas con las que conjura las palabras que lo liberarán de su mutismo de hombre ciego. Pero cae en una trampa: él, que se ha embanderado como un alquimista infalible, no es más que un huésped al que la luz coloniza para hablar a través suyo. Ya que, nunca un fantasma de tal calibre permitirá ser definido: su nombre está vedado. Cuando creemos haberlo enunciado, llegamos a la conclusión de que sólo logramos describir su comportamiento. Los poemas de Darío Villalba, aquí compartidos, encarnan el ejercicio trabajoso de perseguir la luz detrás de sus huellas sobre la materia. Uno los lee y la interacción de la luz al transmutar una fruta, decidir —como un péndulo terrible— la rítmica del olvido o escribir los nombres que asume el tiempo a través una señal óptica, nos atraviesa para poder hallarnos dentro de nuestras propias cavernas: “La música / que está en el aire / debe pasar por su instrumento: / la arboleda / Recién entonces puedo escucharla / y sin abrir los ojos saber: / está amaneciendo”.
I
De tanto empujar oscuridad
la luz se calienta
Integrándose a otra corriente de aire
logra bajarse del calor
y es retenida por la uva
que la devuelve a su viaje
amasándola con la pulpa
La luz debe tener cuidado:
sumergida en el fruto más de lo debido
puede disolverse
¡Cuánta entrega!
aun sabiendo
que podría quedar atrapada en el interior
se queda el tiempo necesario
para hacer nacer dulzura
y así
la luz entrega a la uva
de qué
ser deseada
II
El trueno
aún no existía:
era un sueño del relámpago
Después de la brevedad
en la que quedamos expuestos por el instantáneo fulgor
llega el trueno con su arte extemporáneo
para contarnos
la quebradura de la luz que nos había fascinado
Triste destino el del trueno:
abusar del énfasis
para decir
aquello que ya sabemos
III
Bajo una red de escombros
permaneció la pintura:
el aire combado de la cueva
entretuvo sus colores
conservando la facilidad con la que se ofrecen
Sobre la pared se sostiene
la ancestral expresión:
así viven las despedidas:
ignorando el atropello del tiempo
En la forma rota
surge un terrible animal resoplando
sobre el aire quieto del dibujo
y si me acerco
percibo los dedos del artista
decididos a contarnos la fiereza de la bestia
Alrededor del animal
la claridad se tensa
como la cuerda de un instrumento tocado siglos atrás
que aún hoy
sigue sonando
V
La llama de la vela
pierde equilibrio
pero incapaz de desobedecer a la envoltura que la contiene
interrumpe su caída
El balanceo de la luz
tantea el cenicero para que huya de su forma
y ya en su fatalidad de objeto indefinido
descansa de ser siempre la misma cosa
Hasta que
la luz alzada de la llama quieta
permite ver la totalidad del cenicero:
en un juego sutil
lo olvida y lo recuerda
y lo olvida otra vez
El cenicero juega
en la memoria de la luz
VII
La música
que está en el aire
debe pasar por su instrumento:
la arboleda
Recién entonces puedo escucharla
y sin abrir los ojos saber:
está amaneciendo
Desprendiéndose del cielo
una guirnalda de luz cae entre las ramas
y logra llegada:
el paisaje gana contornos
Sin abrir los ojos
veo que amanece
y siento claridad
Solo la música
que está en el aire
al pasar por la arboleda
sabe decir luz
Darío Villalba nació en 1975 en Salta. Publicó los libros Lo que sé del fuego, Consideraciones, En clave de circo, Animales obligatorios, Tratado de arquería y Confesiones de un jardinero.
Entre otras distinciones, obtuvo el Primer Premio de Poesía para Autores Inéditos en el Concurso Provincial organizado por la Secretaría de Cultura de la Provincia de Salta (2.007), el Premio Accésit en la Categoría Autores Éditos en el Concurso Provincial organizado por la Secretaría de Cultura de la Provincia de Salta (2.009), el Primer Premio en el Salón del Poema Ilustrado organizado por la Secretaría de Cultura de la Provincia de Salta y el Círculo de Médicos (2011), el Primer Premio en el Concurso Provincial organizado por la Unión Salteña de Escritores, el Primer Premio Hispanoamericano de Poesía Gabriela Mistral (Chile, 2020) y el Primer Premio de los LXII Juegos Forales Iberoamericanos (Ciudad del Carmen, México, 2020).

Concepción, prov. de Tucumán, 1980. Publicó la plaqueta Huecos (Ediciones Del Té, 2010), y los libros Escorial (Editorial Huesos de Jibia, 2013), Siesta (Ediciones Último Reino, 2018) y Era (Falta Envido Ediciones, 2021). Entre otras distinciones, ganó el Premio Municipal de Literatura San Miguel de Tucumán – Género Poesía (Región N.O.A.) y fue seleccionado por el Fondo Nacional de las Artes como becario del programa Pertenencia: puesta en valor de la diversidad cultural argentina.



